La historia del pianista asturiano más prometedor que ensaya ocho horas al día y sueña con conquistar el mundo
Carlos Forcelledo, de Muros de Nalón, atesora varios premios internacionales y está a punto de finalizar sus estudios en Valencia: "Quiero ser un gran concertista"

El pianista Carlos Forcelledo, durante su concierto en la sala de cámara del Auditorio / David Cabo
Carlos Forcelledo (Gijón, 2004) es un joven pianista asturiano que se abre camino a pasos agigantados y que, desde Valencia, a poco de finalizar sus estudios en la Escuela de Música de Alto Rendimiento, tiene claras sus prioridades.
“¿Mi sueño? Quiero ser concertista, un gran concertista. Tampoco descarto dar clases. En definitiva, lo que quiero es vivir de la música”, cuenta Forcelledo, nacido en Gijón pero criado y educado durante buena parte de su infancia en Muros de Nalón, por su abuelo, Enrique García. En la pequeña localidad del Bajo Nalón le llaman “el maestro” y también “el pianista”.
El joven talento, de voz humilde y pausada, atesora ya seis premios internacionales —UK International Music Competition, Fantastic Technique Special Prize, Beethoven International Music Competition, Virtuosic Performance Special Award, Classical Music Artist Award y European Classical Music Visionary Award—, además de sendos recitales en la Universidad de Cambridge (Reino Unido) y en el Auditorio de Oviedo. Lo hizo con solo 19 años.
“Aquel día en Oviedo fue el más importante para mí. Fue, por así decirlo, mi presentación en sociedad, con el auditorio prácticamente lleno. El público se puso en pie y esa sensación es impagable”, recuerda.
Hoy, Forcelledo apura su último curso en Valencia. Le queda apenas una asignatura para concluir sus estudios y presentar el Trabajo Fin de Grado. Mientras tanto, prepara recitales, conciertos y nuevos proyectos con una disciplina germánica, clave para entender cómo es la vida de un joven que quiere dedicarse al piano.

Carlos Forcelledo, apoyado sobre un piano en el Conservatorio. | L. Murias / Oriol López
“Me levanto, voy al gimnasio y toco ocho horas al día por mi cuenta. Tengo clase una vez a la semana. Así, todos los días”, explica el asturiano, que vive en un pequeño apartamento de Valencia. Su repertorio es principalmente de música clásica, aunque también disfruta improvisando piezas de jazz.
En su mundo hay una gran competencia. “La vida del pianista es distinta a la de otros músicos. En una orquesta puede haber de 13 a 14 violines, pero solo un pianista. La soledad del pianista es real, pero me gusta mucho lo que hago”, cuenta.
Forcelledo pone un ejemplo muy gráfico sobre el esfuerzo que exige su vocación: “Ensayar y estudiar ocho horas al día puede resumirse en un concierto de cincuenta minutos. Estudiar nueve horas se resume en dos minutos, cuando el público se levanta y aplaude”.
Y eso que Forcelledo no iba para pianista. Su primera ilusión musical fue la viola. Con la intención de tocar ese instrumento se apuntó, con solo cuatro años, a la Academia Tchaikovsky, en Gijón. La profesora le dijo entonces que debía comenzar con el piano para aprender las nociones básicas. Ya nunca lo dejó.
Su siguiente maestro fue Pablo Herrero, que le daba clases en Muros. “Me enseñó el jazz y me abrió el conocimiento en muchos ámbitos de la música.” Le dio clase durante diez años, preparándolo para acceder al Conservatorio Profesional de Música del Occidente del Principado, en Luarca (Valdés), donde ingresó con una nota de 9,58.
A lo largo de su formación ha recibido también clases magistrales de pianistas como Martín García García, Carmen Martínez-Pierret, Rubén Talón, Pasquale Lannone, MinJung Baek, Alberto Rosado, Ronan O’Hora, Noelia Rodiles, Martín Acevedo o Cristóbal Soler, además de grandes nombres del jazz como Guillaume de Chassy, César Latorre, Laura Simó o Xaime Arias.
Forcelledo se encuentra ahora en un punto clave de su carrera. Echa de menos Asturias y no descarta regresar algún día para impartir clases, pero su horizonte inmediato está más lejos. “Me gustaría ver mundo, tocar por el mundo”, dice. “Viajar, seguir aprendiendo, conocer otros músicos, otras culturas… pero siempre con la idea de volver. Asturias es mi casa.”
El joven pianista sabe que la suya es una carrera de fondo, hecha de constancia y paciencia. “Hay que ganar muchos concursos, viajar mucho, y apenas queda tiempo para socializar o hacer vida. Pero tengo la suerte de dedicarme a algo que me apasiona. Cuando el público se levanta y aplaude, todo el esfuerzo vale la pena.”
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