Siguiendo al Oviedo desde Bulgaria y aferrada a una radio casi sin conexión: ¿La vida pirata es la vida mejor?
Crónica casi desesperada de un partido en el que los azules, que jugaron con diez hombres contra el Rayo Vallecano, demostraron que son un equipo que no se rinde y que tiene un portero que para lo imposible

Escandell para el penalti que tiró, y falló, Isi Palazón. / Miki López / LNE
La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Bruselas. Vuelve el Oviedo a Primera y vuelven las crónicas de Laura a "Asturias Exterior" pero esta vez desde la capital belga. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, contará cómo es medirse con los mejores del fútbol español.
Hace un año estaba en Filipinas cuando la conexión se fue. Recuerdo perfectamente ese momento: en un autobús en el medio de la nada, con un ventilador que hacía más ruido que la emisora que intentaba captar y viendo cómo la pantalla se quedaba en blanco mientras el Oviedo jugaba sin que yo pudiera verlo. Solo tenía la radio. Solo tenía esos auriculares defectuosos que había comprado en un mercadillo asiático y la voz del mítico Miguel Fernandi. Ese recuerdo volvió el domingo pasado, cuando nuevamente me encontré en el medio de la nada, esta vez en Bulgaria, sin conexión de vídeo, y una emisora que apenas llegaba.
La habitación era más fría que el autobús filipino, el tipo de frío que solo existe en hoteles baratos de Europa del Este donde la calefacción funciona a impulsos irregulares. Pero los auriculares seguían siendo los mismos, defectuosos en el lado izquierdo, y la sensación de estar a miles de kilómetros de distancia mientras tu equipo juega sin que puedas verlo no había cambiado. Extrañamente, eso me tranquilizó. Como si ya supiera qué esperar de una radio que cuenta historias de equipos pequeños lidiando con destinos crueles.
Lo primero que escuché fue el ruido del estadio. No los goles, no los aplausos organizados en movimientos de gradas. Solo ese ruido sordo de la gente que está ahí sin saber si creer o si el universo (o nuestro oviedín del alma) nos jugarán otra mala pasada. El Tartiere suena diferente cuando lo escuchas desde lejos. Suena como una angustia colectiva comprimida en una frecuencia, como esperanza que alguien intenta matar (en nuestro caso normalmente el árbitro) a cada minuto que pasa. Fernandi empezó con esos tonos controlados que usan en la radio cuando tienen que describir lo que ven: "Oviedo que domina", "Rayo que espera", "Primera parte donde el equipo asturiano tiene el balón". Durante 45 minutos, eso fue exactamente lo que pasó. Cazorla demostrando porque le apodan “el mago”. Rondón buscando siempre el espacio, Chaira intentando sorprender desde fuera del área con esos disparos de futbolista joven que todavía cree que el fútbol es caótico. Y luego llegó ese grito súbito que los locutores de radio lanzan cuando creen que todo va a cambiar: "¡Gol del Oviedo!" Estaba sola en la habitación y me levanté de la cama sin pensar. Un segundo después, cuando la euforia aún estaba en el aire: "Fuera de juego". Me volví a sentar. Eso es lo que hace el VAR. Te obliga a vivir los goles dos veces: primero como ilusión pura, luego como castigo inevitable.
El segundo tiempo empezó y todo cambió de una manera que no se puede describir solo con palabras. El narrador seguía hablando exactamente al mismo volumen, con la misma cadencia profesional, pero algo en su voz se tensó. Pasó por esa transformación que hace la radio cuando sabe que la tragedia está a punto de llegar. "Expulsión directa a Chaira", sentenció. Esa frase no fue una noticia. Fue el fin de una película que acababa de empezar bien, el acto donde todo lo que prometía el primer tiempo se desmorona en cuestión de segundos. Desde una habitación en Bulgaria, rodeado de silencio extranjero, eso no es solo una información. Es el fin del mundo en versión radiofónica. El equipo pequeño se volvía más pequeño aún, y la radio lo describía casi como alguien contando un accidente en tiempo real. "Ahora es el Rayo quien presiona", "El Oviedo se encierra en defensa", "Cazorla hacia atrás", "Todos atrás". La radio no tiene tiempo para la belleza ni para los matices cuando hay que contar una batalla defensiva. Solo cuenta lo que pasa. Y lo que pasaba era que el Oviedo se ahogaba lentamente, minuto a minuto, con diez hombres enfrentándose a un equipo que apunta a estar arriba en la tabla.
Pero luego pasó algo que ninguna experiencia previa podría haberme preparado para sentir. En el minuto 67, penalti. Isi Palazón, caminando hacia la línea de punto de castigo con la seguridad de quien ha lanzado cientos de estos. El narrador hizo una pausa extraña, esa pausa que se hace cuando todos los oyentes en casa contienen la respiración porque saben que algo verdaderamente importante está a punto de suceder. El silencio en la emisora fue más elocuente que cualquier grito. Luego, sin drama innecesario, sin gritos cinematográficos, solo con la precisión de alguien que ha visto esto cientos de veces: "¡Lo para Escandell!". Desde los Balcanes, en una habitación donde apenas podía escuchar bien porque la conexión seguía temblando, esa mano extendida en el Tartiere fue lo único que me mantuvo pegada a los auriculares como si fueran la cuerda de salvamento de un náufrago.
El partido siguió su curso inexorable. Más presión del Rayo. Más defensa desesperada del Oviedo. La conexión empezó a fallar en paralelo al control del partido. Escuchaba fragmentos: "Oviedo... aguanta", "Vallecano... último ataque", "Final... cero a cero". La radio no necesitaba más palabras porque ya lo había dicho todo en los 90 minutos anteriores. Cuando todo terminó, me quedé en silencio un rato largo, el tipo de silencio que sigue a algo que no es una victoria pero tampoco es una derrota. Un punto en casa, jugando con diez hombres contra el Rayo Vallecano.
Hace un año, desde Filipinas, escuché una victoria que nos llevó momentáneamente al liderato. Esta noche, desde Bulgaria, escuché un empate que significa todo lo contrario, pero que de alguna forma se siente casi igual de importante. Quizá debería haber seguido intentando ver el partido en directo. Pero desde allí, desde esa habitación fría a miles de kilómetros de distancia, creo que escucharlo fue mejor. Porque la radio no miente. Solo cuenta lo que hay: un equipo pequeño que no se rinde, un portero que detiene lo imposible, y 90 minutos para que el Oviedo siga agarrándose a un clavo ardiendo. Eso es suficiente. Especialmente desde Bulgaria. Especialmente cuando hace un año, desde Filipinas, escuchaste lo opuesto.
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