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Julieta Toribio, actriz y artista visual asturiana: "Desde pequeña escuchas que el asturiano es ‘de incultos’, como si fuera algo de lo que avergonzarse"

Criada entre Oviedo y Llanes, trenza teatro y artes visuales en una misma pulsión que nace del cuerpo, la memoria y lo intangible, y reivindica la escritura como refugio y la nostalgia como materia prima de su trabajo

Julieta Toribio.   | POL REBAQUE

Julieta Toribio. | POL REBAQUE

Tino Pertierra

Tino Pertierra

Julieta Toribio (Barcelona) Julieta Toribio es actriz y artista. Estudió Arquitectura antes de decidir dedicarse a su verdadera vocación: las artes escénicas. Se formó en interpretación en Madrid y continuó su formación en París, en la École Internationale de Théâtre Jacques Lecoq, donde se especializó en teatro físico y creación corporal. Ha trabajado en teatro, en proyectos como #LaIra, , en producciones cinematográficas y recientemente en televisión. Su último trabajo, la serie "Furia", se estrenó en HBO el pasado verano

Julieta Toribio es actriz y artista visual. Y esquiva cualquier frontera entre ambas orillas. "Para mí no existe un límite entre una cosa y la otra, siento resistencia a compartimentar lo que hago, ya que vivo este binomio como una única realidad".

En ambas disciplinas trabaja "desde el cuerpo, con la voz, con las manos. Esta aparente dualidad me ha traído grandes alegrías; por ejemplo, tuve la suerte de actuar en los Teatros del Canal, en Madrid, con una obra cuya escenografía había diseñado yo junto a una compañera del máster de escenografía. Fue algo precioso". La gratificación, explica Julieta Toribio, no depende tanto de los logros visibles como del ejercicio íntimo de crear: "Soy muy feliz con lo que hago. Mi cuerpo de trabajo es todo lo que me sucede, hay una conexión entre lo que hago y lo que soy que vivo como un regalo. Uso los proyectos para estudiar lo que me pasa en cada momento, para materializar mis inquietudes… Disfruto mucho de ese estado de curiosidad constante".

No es extraño que repita la palabra "proceso", casi como un mantra. "Disfruto profundamente del proceso, más allá del resultado final. Y como actriz también disfruto especialmente de los ensayos y de toda la fase previa de creación del personaje. Hay un entusiasmo especial en los procesos". La parte menos gratificante es "aprender a vivir en la incertidumbre. Ser artista es un acto de fe más allá del esfuerzo y la disciplina".

No tiene recuerdos en los que su deseo "fuera otro que dedicarme a esto". La casa familiar estaba llena de cine, música y libros. Luego vino aquel regalo que encendió una mecha: "Cuando tenía unos 7 años, mi padre me regaló un libro de Terenci Moix titulado ‘Mis inmortales del cine’. A raíz de ese regalo empezamos a ver juntos aquellas películas, y ese amor por el cine fue creciendo".

Pintaba, esculpía, soñaba. Pero también tuvo miedo. "Estudié Arquitectura antes de lanzarme a esta piscina porque me daba miedo apostar por aquello que realmente deseaba. Ahora lo que me da miedo es otra vida que no sea esta". No reniega del rodeo, lo agradece. "No juzgo a la Julieta de 18 años que tomó aquella decisión… también me trajo hasta aquí".

Entre los recuerdos que se quedan grabados en la memoria está su primer viaje como estudiante fuera de Asturias. No por el viaje en sí, sino por una certeza que llegó sin aviso. "Recuerdo un viaje a París con el instituto. Visitamos el Museo Rodin y me quedé prendada. Yo tengo la sensación de que aquello plantó una suerte de semilla en mí". Una intuición que se cumplió años después: "Hace cuatro años formé parte de una exposición colectiva en La Monnaie, al lado del Louvre. Unos días después decidí llamar a la escuela de Teatro Físico de Jacques Lecoq". Ese doble impulso marcó un antes y un después.

Desde la distancia, tiene claro qué recomendar a quien viva en Asturias y sienta la vocación artística: "Que viaje. Dentro de las posibilidades de cada una, es importante abrirse a otras culturas, a otras maneras de ser y estar, de vivir. El primer paso como artistas es observar".

Sus mejores recuerdos son de los veranos en Llanes "con mis amigas y mi familia… Despertar viendo el mar, el fresco al caer la tarde, estar en sudadera en la playa comiendo pipas, las meriendas de cumpleaños de mi hermana… Más que un olor o sabor, es una sensación nostálgica que para mí le pertenece solo al verano".

También conoce la parte oscura del camino. "La enfermedad neurodegenerativa de mi padre me hizo parar", explica sin rodeos. "Fue una época donde estuve muy triste, hasta el punto de no saber cómo accionar". A pesar de los proyectos que siguieron llegando, hubo otros que no pudo asumir: "Mi salud mental no me lo permitía. Avancé muy poco a poco". De esa fragilidad nació algo inesperado: "Descubrí otras formas de comunicación más allá de la palabra y se me abrió la puerta a un universo más místico o espiritual… aunque hubiera preferido ahorrarme este aprendizaje". Ese duelo, doloroso y lento, acabó moldeando su trabajo: "He desarrollado una nueva metodología muy centrada en la escritura y en el uso de materiales que cambian con el tiempo. La textura de la nostalgia, lo mutable… son temas centrales en mi práctica". Ahora que su padre ya no está, dice, se acerca a esos textos "con sigilo", convencida de que guardan "memorias ocultas que vale la pena recordar por los dos".

Asturias se ve "como el paraíso que es". Especialmente por su gente: "Nuestra apertura. Que la gente venga y se sienta bienvenida, eso es algo precioso que tenemos aquí". Pero también observa carencias: "Deberíamos valorar y cuidar más el patrimonio inmaterial".

Y sobre la cultura, es tajante: "Aunque la agenda cultural se haya enriquecido, aún queda camino. Hay poco interés hacia lo disruptivo o hacia narrativas más plurales. No debemos tener una visión conservadora del arte ni subestimar al público asturiano. Además, no hace falta entenderlo todo; a veces uno no entiende, pero comprende".

Otra asignatura pendiente: la lengua. "Desde pequeña escuchas que el asturiano es ‘de incultos’, como si fuera algo de lo que avergonzarse. Me entristece que el asturiano sea una cuestión tan politizada y denostada. La lengua no debería ser un asunto político".

En su recorrido ha tenido faros que la han acompañado. Cita primero a Noemí Rodríguez, directora, actriz y dramaturga: "Ha sido un referente para mí… Ella me enseñó a vivir que el deseo y el miedo están muy cerca". También menciona a su amigo y actor Mario Tardón, y, en el plano íntimo, a quienes nunca fallan: "Mi familia ha sido mi guía y sostén. Me han enseñado a trabajar duro, a tener paciencia, a vivir".

"Este último año he sido muy crítica conmigo misma", confiesa Julieta Toribio, pero hay un contrapeso luminoso: "Tengo una familia y unas amigas fantásticas a las que admiro profundamente, y esa admiración es recíproca. Esto me ayuda, porque me permite hacer el ejercicio de mirarme también a través de sus ojos, con más ternura". Una ternura que parece también un método, un refugio y quizás incluso una forma de estar en el mundo. Como sus procesos: lentos, pacientes, minuciosos. Y, sobre todo, llenos de vida.

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