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El secreto de Agustín, el niño que pastoreaba ovejas en Asturias y lleva más de 60 años de éxito haciendo helados en Buenos Aires: “Soy un afortunado”

Las heladerías de Agustín Arnaldo, con tres locales en la zona norte de la capital argentina, reciben el reconocimiento del gremio de heladeros artesanos del país por su larga trayectoria

El fundador abandonó Belmonte con su madre a los nueve años, trabajó en Argentina desde los once y a los 86 afirma que “el capital más importante que tiene un negocio son sus clientes”

Agustín Arnaldo, en una de sus heladerías, con un cucurucho de helado.

Agustín Arnaldo, en una de sus heladerías, con un cucurucho de helado. / A. A.

Antes de cumplir nueve años, Agustín Arnaldo llevaba 54 ovejas al monte y al volver recogía leña para encender el fuego en una casa “sin gas ni agua, ni caliente ni fría”, y con apenas una lámpara para alumbrarse. En Cuevas, una aldea de 38 viviendas al sur del concejo de Belmonte de Miranda, con escuela pero sin comercio, su madre y él sorteaban las miserias de la posguerra civil gracias a aquellas ovejas y a “ocho vacas. También teníamos cerdos, gallinas y un burro”. La España de las cartillas de racionamiento, casi recién terminada la guerra, “era otra España”, recuerda sin nostalgias Agustín, cumplidos 86 años que no aparenta. A los nueve, el niño sólo había salido del pueblo dos veces, una para ir a la capital del concejo y la otra “caminando con mi madre y una señora hasta el santuario de la Virgen del Acebo…” La tercera, la definitiva, les condujo a cruzar España hasta el puerto de Cádiz para tomar un barco a Argentina…

Su madre, soltera, “quiso darme un porvenir y decidió emprender aquella aventura” hacia lo desconocido que guio a Agustín por caminos insospechados hasta estos 86 años de vida revirada con un final feliz muy dulce. Porque el destino, o el azar y la necesidad, y el espíritu emprendedor, el arrojo y la capacidad de trabajo del emigrante español de los años cuarenta llevaron a Agustín Arnaldo a hacerse heladero y a fundar y mantener tres heladerías en la zona norte de Buenos Aires. Al cumplir sesenta años de actividad, el negocio en el que sigue trabajando el patriarca, ahora junto a sus hijos y ya con su nieto, acaba de recibir un premio de la Asociación de Fabricantes Artesanales de Helados y Afines de Argentina.

Huyó de la escasez, de la pobreza y la incertidumbre y tuvo que trabajar muy duro desde los once años, pero “me considero un afortunado”, resume el empresario. Piensa entre otras razones en su esposa, a la que conoció el primer día que fue al Centro Lucense de Buenos Aires, y en sus tres hijos, pero también en que “siempre tuve trabajo”. En Argentina, “los emigrantes españoles éramos reconocidos como buenos trabajadores”, pero la fama hubo que ganársela. O trabajársela.

Agustín recuerda con exactitud el día de hace 77 años que él y María, su madre, pusieron los pies en Argentina. El 11 de diciembre de 1948 desembarcaron del “Cabo de Buena Esperanza”, el buque que había repatriado los restos del músico Manuel de Falla tras su fallecimiento en la Córdoba argentina. Siguiendo un procedimiento muy habitual en la emigración española del momento, los había reclamado a Buenos Aires un hermano de la madre, Antonio, que los alojó en los primeros tiempos de su estancia en el país.

Agustín Arnaldo, junto a su madre, María.

Agustín Arnaldo, junto a su madre, María. / A. A.

En 1949 se trasladaron a la localidad de Adrogué, al sur de Buenos Aires, “a trabajar en una casa particular con vivienda y comida para los dos”, y en 1950 al barrio de San Telmo, donde María encontró un empleo en el bar “de unos paisanos, el “Anchor inn bar”, y Agustín empezó a trabajar a los once años, al tiempo que estudiaba. “Primero en farmacias, luego en una tintorería, a los quince como cadete en una oficina y a los diecisiete como ayudante de contable o ‘tenedor de libros’”. “En la empresa me dieron el empleo”, recuerda, “por ser español”.

Aprendió mecanografía y “contabilidad superior”, hizo un curso de “comercialización” y en 1957 los ahorros reunidos a base de esfuerzo y privaciones permitieron a la familia comprar un despacho de pan con vivienda en Vicente López, al norte de la ciudad, muy cerca de la sede deportiva del Centro Asturiano de Buenos Aires. María atendía la tienda mientras Agustín seguía trabajando en la oficina hasta que en 1959 se le encendió una bombilla. “El empresario con el que trabajaba me informó de que el negocio era compatible con la elaboración y venta de helados y acudí a una empresa que fabricaba máquinas para hacer helados y daba cursos de elaboración. Me hice heladero”.

Empezaron poco a poco, casi a tientas, en una localización poco propicia, una zona residencial con poco movimiento entre semana, y la decisión de traspasarlo, en 1965, hizo despegar el negocio. Alquilaron un local de 32 metros cuadrados y un sótano para la elaboración a la entrada de una galería comercial en Munro, “uno de los Centros industriales más importantes de la provincia de Buenos Aires”, y el progreso fue evidente, porque trece años después, en 1978, compraron en la misma calle, la avenida Vélez Sarsfield, una propiedad de más de cuatrocientos metros cuadrados que sigue siendo el buque insignia de lo que ya es una cadena de heladerías, porque abrió otras dos en la zona norte bonaerense, en las localidades de Olivos, desde 1994, y Martínez, a partir del año 2000.

Colas ante la heladería Arnaldo en la "Noche de las heladerías" en Buenos Aires

Los clientes que no se queman

Desde los años noventa ya se llama “Arnaldo” este negocio que empezó siendo “Sorrento” y obviamente nada fue sencillo. Agustín extrae de todas las dificultades aleccionadoras el incendio que sufrieron en los noventa y que les obligó a cerrar durante 38 días. “Una tarde, cuando estaba cerrando el local, me encontré en la puerta con un cliente que me vio triste y me dijo una frase que recordaré para siempre: ‘No se haga problema, a usted se le quemó el negocio, pero los clientes no se quemaron’. Gracias a Dios, así fue…”

¿Y el secreto de su éxito? Quizá saber cultivar esa fidelidad de la clientela, “saber que el capital más importante que tiene un negocio son sus clientes”, responde Arnaldo. En lo más práctico, quizá haya influido una apuesta por la elaboración “con productos naturales” que han venido a dar a una carta con más de cincuenta sabores. “Los que más se consumen son los de ‘chocolate Dubai’, pistacho y el clásico invento argentino del dulce de leche granizado”. El apellido sigue en el rótulo gracias a la persistencia del fundador, que se sigue ocupando de tareas administrativas, y a su capacidad para transmitir la ilusión a sus hijos, María del Carmen Soledad, Luis Agustín y Omar, y a su nieto Juan Ignacio.

Agustín Arnaldo, 86 años, exhibe con orgullo el diploma que el Centro Asturiano de Buenos Aires le entregó en 2023 en reconocimiento a sus cincuenta años como socio de la institución y no volvió a su tierra hasta 1970, más de veinte años después de la partida, pero desde los noventa viaja “prácticamente todos los años” a visitar a la familia y a algún amigo emigrante que pudo encontrar el camino de vuelta a casa.

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