Miguel Barrero, director de la Semana Negra, de Mieres a Madrid: "Asturias debe leerse mejor a sí misma"
El escritor hace un recorrido vital guiado por libros, maestros y la búsqueda de una mirada crítica hacia la historia con episodios que merecen ser contados sin mitos ni simplificaciones

Miguel Barrero, en Madrid. / LNE
Miguel Barrero (Oviedo, 1980) es escritor, periodista y gestor cultural. Autor de narraciones, ensayos y crónicas, ha recibido varios premios y fue elegido en 2019 como una de las voces destacadas de la nueva narrativa española. Entre 2019 y 2023 dirigió la Fundación Municipal de Cultura de Gijón y en la actualidad está al frente de la Semana Negra
Escribir y vivir es lo mismo para Miguel Barrero: "Entre el periodismo, la literatura y la gestión cultural, mi trabajo consiste, básicamente, en escribir, así que lo más gratificante es ir engarzando las palabras de forma que cobren el sentido que tú aspiras a darles; en consecuencia, lo menos es que tal cosa no ocurra, que el empeño resulte más complejo de lo que uno previó al principio o que el resultado final quede demasiado distante del propósito inicial. Dirigir la Semana Negra también es, en cierto modo, una forma de escribir, así que la tesitura es parecida, pero en ese caso la conformidad o la disconformidad plena se dan cuando al fin la criatura cobra forma y queda expuesta ante otros".
Creció en una casa en la que "mis padres, grandes lectores, habían ido tejiendo una biblioteca amplia y muy completa. Nunca llamamos a ese cuarto ‘la biblioteca’, sino ‘la habitación de los libros’, como si se tratase de seres con vida propia que cohabitaban con nosotros. Eran unos compañeros de piso muy amables y muy generosos. Me aficioné a leer y, al cabo de los años, me puse a escribir. Fue algo natural, no hubo revelaciones ni epifanías".
Con 18 años se fue a estudiar a Salamanca, "cuando irse de casa era algo mucho más radical. Ahora estamos tan hiperconectados que, por lejos que te vayas, parece que nunca te acabas de ir del todo, pero, entonces (hablo de 1998), los trescientos kilómetros que separan la plaza de Requexu de la plaza Mayor de Salamanca eran un abismo. Los teléfonos móviles e internet estaban en pañales: me comunicaba con mis amigos de Mieres por carta y llamaba a casa desde una cabina telefónica que había en un extremo del antiguo barrio chino. Me impresionó mucho, y creo que me marcó, en cierto modo, la soledad brutal de aquellos primeros días en los que no conocía a nadie y vagaba por la ciudad como alma en pena, consciente de que todo lo que hasta entonces había conformado mi mundo quedaba demasiado lejos. Tampoco es que me traumatizara, pero sí recuerdo que fueron momentos duros".
Ahora, en otoño, se acuerda a menudo "del olor de las castañas asadas que vendían en el puesto que se ponía delante del Aniceto Sela, en Mieres, o de cuando recorría media ciudad abrigado hasta las cejas de camino al instituto. Me visitan con frecuencia los veraneos de la infancia en Lastres o algunos ratos felices junto a mis abuelos. Y aunque no soy demasiado terruñero ni propendo mucho a la nostalgia, debo reconocer que el pasado 27 de septiembre tuve un momento de debilidad y me puse a subir en Street View la cuesta de los Mártires, por la que hace más de veinte años que no paso".
En general, cree que Asturias "debe ser consciente de sí misma, para lo bueno y para lo malo. No estoy seguro de que sepamos leernos siempre con la debida perspicacia. Muchas veces se nos hincha la autoestima con menudencias y relegamos cuestiones relevantes que, en determinadas circunstancias, podríamos emplear de espejo, más en estos tiempos tan propensos al bulo y a las tergiversaciones. El mejor ejemplo lo tenemos en la historia: se nos llena la boca con Pelayo y Covadonga, que no deja de ser un mito, o con nuestra supuesta inexpugnabilidad frente a los musulmanes, que es falsa, y no tenemos tan en cuenta que, a partir de Alfonso I, se fue tejiendo en Asturias un esquema político que con el tiempo desembocaría en la conformación, en León, del primer parlamento de Europa. O que fuimos, de la mano de Feijoo y de Jovellanos, el gran foco español del pensamiento ilustrado que a la larga engendraría los ideales de progreso y justicia social que tanto se cuestionan hoy. Un ideal del que también bebieron Rafael del Riego o Agustín de Argüelles, que aquí, en Madrid da nombre a todo un barrio".
O que en Oviedo escribió Clarín "la mejor novela española del siglo XIX. O que en las Cuencas se articuló un movimiento obrero tan potente que fue capaz de hacerle una huelga al franquismo y, además, ganarla en gran medida. O que tenemos la suerte de contar con dos lenguas propias, el asturiano y el gallego-asturiano, que han generado una literatura y un ecosistema cultural que no tienen nada que envidiar a los de otras comunidades plurilingües".
Tuvo la suerte de tratar "desde muy pronto con personas que me mostraron y me abrieron caminos. En el periodismo, lo más importante del oficio me lo enseñaron José Luis Argüelles y Luis Gancedo en la vieja delegación que tenía LA NUEVA ESPAÑA en Mieres, frente al Palau. Argüelles, además, me encargó un cuento navideño por entregas que fue lo primero que publiqué con cierta seriedad. Justo el otro día me envió mi madre fotos de los recortes, que ella guarda en casa. En Gijón tuve la fortuna de tratar a Álvaro Díaz Huici, Juan Carlos Gea, Ricardo Menéndez Salmón, Pablo Rivero, Luis Fernández Roces, Ramón Lluís Bande, Jaime Priede o José Antonio Mases, y no sé si hoy sería el escritor que soy de no haberme tropezado con ellos".
Algo más tarde conoció a Miguel Munárriz y a Palmira Márquez, "con los que estoy muy en contacto. Luego están Ángel de la Calle, con quien trabajé codo con codo y de quien aprendí mucho, y que me hizo además el regalo de la Semana Negra, y Francisco García Pérez, que sigue siendo quien mejor me pone los puntos sobre las íes. Y otros dos muy importantes y, tristemente, ausentes: el gran Juan Cueto, el mayor intelectual que he conocido en el sentido más global (o ‘glocal’) del término, y con quien tuve el honor de organizar un libro a medias, y mi querido Xuan Bello, que me ayudó a perfeccionar mi muy rudimentario asturiano y vino a enseñarme que no puede haber futuro sin memoria".
En Madrid está "muy bien. Tengo aquí a gente muy querida y, con todos sus defectos, es una ciudad acogedora. No hay queja. Estoy a tiro de piedra del Museo del Prado y la Biblioteca Nacional, doy largos paseos por Lavapiés o por los Austrias, me pierdo por el Retiro o Madrid Río y me gusta refrescar de vez en cuando el asombro que sentí cuando, con 20 años, me vi bajo los rascacielos de la plaza de España y recorrí por vez primera la Gran Vía, que ahora el turismo ha vuelto intransitable. Con Ayuso y con Almeida no tengo trato".
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