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El análisis oviedista de la futbolista Laura Díaz: Una odisea en el Tartiere

El equipo sigue una progresión obsesiva, repetitiva, hacia el abismo: cada semana sin victoria, cada mes sin gol en casa, cada empate no aleja el descenso sino que lo acerca inexorablemente

Un momento del encuentro entre el Real Oviedo y el Mallorca

Un momento del encuentro entre el Real Oviedo y el Mallorca / Miki López / LNE

Laura Díaz González

Laura Díaz González

La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Bruselas. Vuelve el Oviedo a Primera y vuelven las crónicas de Laura a "Asturias Exterior" pero esta vez desde la capital belga. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, contará cómo es medirse con los mejores del fútbol español.

Desde el viernes, Bruselas me devuelve una pregunta que no puedo dejar de formular: ¿cómo escribir sobre lo incomprensible? Llevo cuatro días entre café y gris europeo reflexionando sobre ese 0-0 contra el Mallorca, hasta que el lunes por la noche, tirada en la cama, con la lluvia repiqueteando en el cristal y una película clásica de fondo, todo encajó. El cine tiene un lenguaje para las tragedias que el análisis político no posee. Y el Oviedo, atrapado en su propia pesadilla, reclama ser contado así: a través de los ojos de los grandes: Kubrick, Buñuel, Tarkovsky...

Decía Stanley Kubrick que el cine es la experiencia de contemplar la verdad revelada en fragmentos visuales. La noche del viernes en el Carlos Tartiere, el Real Oviedo presentó una película de ciencia ficción sin diálogos, sin dirección: 8.937 días de la tragedia de Saint Moix proyectados en noventa minutos sin catarsis.

Veinticuatro años. El último encuentro entre Oviedo y Mallorca databa del 17 de junio de 2001, aquella noche donde Samuel Eto'o y Luis Aragonés escribieron el final de una era de trece temporadas de Oviedo en la élite. Mallorca ganó 4-2. Fue el descenso. Ahora, en 2025, el Oviedo volvía a enfrentarse en la élite contra el mismo rival, pero esta vez en el Tartiere, supuestamente nuestra fortaleza, pero como advertió Zvyagintsevz por más que vuelvas a casa, la casa ha cambiado, tú has cambiado, y lo que esperabas encontrar simplemente no existe...

El partido contra el Mallorca fue, fundamentalmente, un ejercicio de falsedad. Un 0-0 que resultó tan engañoso como el final de "Psycho" de Hitchcock, todo parecía tener una explicación racional hasta que el crédito final revelaba que nada de lo que habías visto tenía sentido. El Tartiere estalló durante noventa minutos, 23.333 espectadores hambrientos de un gol que nunca llegó. El equipo oviedista dominó, generó ocasiones de todos los colores, pero el balón simplemente se rehusó a entrar en la portería, como si obedeciera a una ley física distinta a la del fútbol convencional.

Esto era "El Tercer Hombre" de Carol Reed. La atmósfera saturada de Viena, ese realismo oscuro donde todo se mueve pero nada cambia, nada avanza. Santi Cazorla, ese poeta del balón que podría haber sido un personaje de ficción literaria, orquestaba una sinfonía de movimientos que terminaba en silencio. Salomón Rondón acechaba en el área con la determinación de un cazador en una película de Kurosawa, pero las balas no salían de la recámara. Santiago Colombatto rompía líneas, Hassan entraba en el minuto 66 "como el perfecto revulsivo" y aún así, el marcador permanecía inmutable, paralizado, como una fotografía: 0-0.

Este es el sello distintivo de la temporada del Oviedo bajo Luis Carrión, el técnico que se ha convertido en "el peor técnico de LaLiga en cuanto a resultados," un título que parece hecho a la medida de quien apenas mantiene a un equipo en vida mediante resurrecciones semanales.

La estructura narrativa es la de "Réquiem por un Sueño" de Darren Aronofsky. Una progresión obsesiva, repetitiva, hacia el abismo. Cada semana sin victoria, cada mes sin gol en casa, cada empate que no aleja el descenso sino que lo acerca inexorablemente. El equipo generó ocasiones en el Tartiere, y esa imposibilidad de convertir la oportunidad en resultado es la sustancia de la tragedia. No es un fallo puntual: es un patrón sistémico que atañe al corazón del proyecto. Solo siete goles a favor en quince partidos. La aritmética de la muerte lenta.

Luego llegaron los últimos dieciocho minutos, ese descenso a la paranoia que caracteriza al cine surrealista de Luis Buñuel. El Oviedo, desesperado, volcado hacia adelante, buscando ese gol que significara algo, lo que fuera. Con la entrada de Hassan el equipo se comportaba como si hubiera encontrado la llave del arca perdida. Pero la obsesión tiene un precio en Buñuel, y el precio se cobró en tarjetas rojas.

La temporada del Oviedo en su conjunto es "La Noche Americana" de François Truffaut: un caos bienintencionado, lleno de actores con talento pero sin dirección clara. El regreso a Primera División desde Segunda debería haber sido un acto de redención cinematográfica. Pero el cambio de producción, el traslado a la élite, ha devastado el guión. Solo siete goles a favor. La ofensiva está rota. Luis Carrión, con sus justificaciones sobre "mejoría en el juego" que nadie ve reflejada en el marcador, es como un director que sigue insistiendo en que la película es un clásico mientras la audiencia corre hacia la salida.

Epílogo: La pregunta sin respuesta

"Nunca llovió que no escampara," dijo Aragonés en 2001. Pero esa fue una película de esperanza, una de esas narrativas donde el sufrimiento lleva a una redención futura. En "2001: Odisea en el Tartiere”, aunque el final aún no está escrito, el Oviedo sigue estando en puestos de descenso y la ofensiva sigue siendo anémica.

Quedan veintisiete jornadas. Hay tiempo. Pero en el cine de Kubrick, el tiempo no salva nada. Solo amplifica el absurdo.

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