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José Manuel, el emigrante a la fuerza que no necesitaba irse, que ahora tiene el corazón dividido y se estableció en esta ciudad argentina porque le recordaba a Gijón

El gijonés García Vecino, que se expatrió arrastrado por su padre en los cincuenta, cuando tenía trabajo y un futuro en su tierra, dirige la reconducción de la asturianía desde el Centro Asturiano de Mar del Plata: “Tenemos que enfocar nuestra actividad a los jóvenes; si no, podemos ir hacia la extinción”

José Manuel García Vecino, entre las "letronas" del puerto deportivo de Gijón.

José Manuel García Vecino, entre las "letronas" del puerto deportivo de Gijón.

En el barco, José Manuel miraba a su alrededor, veía las caras de los compatriotas que iban a buscarse la vida en América y no entendía nada. “¿Qué hago yo aquí?” Era 1958, tenía dieciséis años y acababa de entrar a trabajar en las oficinas de Siemens en Gijón. Su padre tenía una tienda de ultramarinos en la calle Uría y les iba bien… “¿Qué hago yo aquí?” La respuesta para esa pregunta impulsa por dentro la historia de un emigrante a la fuerza que no quiso irse ni lo necesitaba, que después de una vida entera de 67 años en América sigue diciendo con acento argentino que Gijón es mi lugar en el mundo”, pero también que ama profundamente Argentina, “mi segunda patria…” Todo fue muy distinto a lo que imaginaba, pero no se arrepiente. A los 83 años, José Manuel García Vecino ha salido adelante por caminos que no imaginaba, trabajó en ventas y montó un par de empresas, se casó con una argentina, tuvo dos hijos y preside el Centro Asturiano de Mar del Plata, la ciudad costera a la que iba de vacaciones desde Buenos Aires y en la que se quedó a vivir “porque era muy similar a Gijón” y allí se le activaba la nostalgia.

Aquel barco se llevaba al joven José Manuel a Buenos Aires por una muy intrincada combinación de factores, hijos todos ellos de la España fracturada de los años cincuenta. El padre, natural de Murias (Candamo), era un emigrante doble que hacía las américas por segunda vez. Había levantado la tienda del centro de Gijón, que llevaba el nombre de su concejo natal, con el dinero que había ahorrado durante diez años en Cuba y un tiempo después el negocio funcionaba, pero él se iba. Esta vez con la familia y por motivos políticos, a buscar en Argentina la libertad que se echaba en falta en la España de la posguerra. La mecha de la marcha la encendió de forma insospechada “el novio de una prima mía que era subcampeón de España de boxeo”, cuenta García Vecino. “Le habían contratado para tres combates en Buenos Aires y volvió impresionado de lo bien que se vivía allí”.

“Pues nos vamos a Argentina”. Detrás de la reacción de su padre, había mucho más que un simple deseo de prosperidad económica. Era republicano, “le habían fusilado a un hermano” y esa herida mal cicatrizada se volvió a abrir cuando el pariente boxeador vino contando maravillas de la Argentina de Perón. Su hermano fue la víctima de una de tantas historias desafortunadas y trágicas de la posguerra civil cuando un día entró en la iglesia de su pueblo de Candamo y “se vistió de cura. Como broma se paseó así por el pueblo, pero lo denunciaron y acabó en el paredón…” Fue ese recuerdo el que empujó a su padre a emigrar por segunda vez, arrastrando a su pesar a José Manuel con un disgusto lleno de perplejidad... Pero si él estaba muy a gusto en casa y tenía trabajo allí. "Era un señorito".

“En nuestro edificio vivía un alemán que era gerente de Siemens, una empresa que ya entonces era proveedora de equipos de Duro Felguera y otras compañías de nivel”, cuenta, “y me prometió trabajo allí cuando terminara el bachillerato. Así fue. Terminé un viernes y el lunes estaba trabajando en Siemens, en ventas, en una oficina frente al muelle. Estaba muy contento, aquello me gustaba y yo amaba mi lugar, ¿viste?, pero mi papá tomó esa decisión y yo me negué, pero en aquella época, a los dieciséis años uno no tenía poder de decisión para oponerse y cambiar la historia”, así que de pronto se encontró en un barco lleno de emigrantes de aquellos a los que impulsaba la miseria, mirando a su alrededor y preguntándose “¿qué hago yo aquí?”

José Manuel García Vecino, durante el pasado Congreso Mundial de Asturianía, en Villaviciosa.

José Manuel García Vecino, durante el pasado Congreso Mundial de Asturianía, en Villaviciosa. / J. M. G.

El padre abrió en la zona norte de Buenos Aires el mismo negocio con el que había ganado dinero en Gijón y allí también funcionó, con José Manuel trabajando en la tienda hasta que se casó con una argentina y entró a trabajar en departamentos de ventas. Vendió seguros de salud, trabajó en una distribuidora mayorista de cigarrillos y fundó su propia empresa de distribución de artículos para kioscos. Como muchos porteños, los veranos los pasaba en Mar del Plata, “la ciudad turística de Argentina por excelencia”, y cada vez que iba la nostalgia le daba unas punzadas en el corazón. La playa se le parecía a San Lorenzo y siempre pensaba “algún día voy a venir a vivir aquí”. En 1980 se decidió, puso una cafetería en el centro, luego enlazó con otras actividades y apaciguó para siempre la melancolía en esta ciudad mucho más grande que la suya, pero de fisonomía similar.

Porque Gijón “es mi lugar en el mundo”, repite García Vecino, tan integrado en la sociedad marplatense y tan comprometido con su origen que lleva ocho años como presidente del Centro Asturiano de Mar del Plata. Por un lado, “cada vez que voy camino por las calles de Gijón y soy feliz, porque me encanta”; por otro, “Argentina me acogió con los brazos abiertos, es mi segunda patria”. En Mar del Plata, el emprendedor gijonés dirige una colectividad que va a cumplir 112 años de historia, que mantiene 520 socios, “aunque activos son muchos menos”, y que él ha visto cambiar y, sobre todo, envejecer.

José Manuel tiene dos hijos, él vive en Buenos Aires y su padre lo ha hecho hincha del Sporting, pero no ha estado nunca en Asturias; ella reside en París y la ha visitado dos veces… El gran asunto de la asturianía del siglo XXI, asiente García Vecino, es la fórmula para mantener ligados a la tierra a los que ya son casi mayoritariamente hijos o nietos de los emigrantes originales … “La gente ha envejecido, la colectividad asturiana está vieja, está grande”, afirma el presidente del Centro Asturiano de Mar del Plata, que estuvo el mes pasado en las discusiones que orientaron por ahí el cuarto Congreso Mundial de Asturianía, celebrado este noviembre en Villaviciosa.

En su bolera, por ejemplo, ya no juega casi nadie, “así que estamos tratando de ver cómo podemos enfocar nuestras actividades hacia algo que realmente guste y atraiga a los jóvenes. Yo converso mucho con ellos, quiero ver si hacemos una renovación de actividades, porque ellos tienen otra visión de las cosas, distinta a la nuestra…” Hay que reconducir los centros, sobre todo los de Latinoamérica, “porque si no, para mí, los centros pueden ir hacia la extinción”. “El problema principal”, aventura, “quizá haya sido culpa del asturiano nativo, que no le inculcó a los hijos la asturianía como debería”.

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