Tiene 81 años, gana pruebas de atletismo, estuvo detenido tras el golpe de Estado de Pinochet...la increíble historia de un asturiano en Chile
“Los primeros años fueron muy duros”, recuerda Víctor Gundemaro García Fernández, mierense de 1944, cuya biografía recorre la emigración, la dictadura chilena y una jubilación activa
Arquitecto de profesión, trabajó hasta 2015 ocupándose de la logística de los buques que llegaban a Punta Arenas, puerta de entrada a la Antártida

Por la izquierda, Manuel Carrillo, Víctor Gundemaro García, Luis Moya y Pedro Avalos
Puede parecer un chiste, pero Víctor Gundemaro García Fernández, nacido el 26 de abril de 1944 en Mieres, en el barrio de La Villa, aunque según su DNI “existió” por primera vez el 19 de mayo, día en el que fue bautizado, pasó varios años sin conocer su verdadero nombre.
“Nunca supe que me llamaba Víctor hasta que me vine a Chile y tuve que hacer los trámites. Todos me conocían por Gundemaro, que fue un rey y también un jugador del Sporting”, recuerda.
Este asturiano cuenta hoy su vida desde Viña del Mar (Chile), ciudad en la que reside desde hace pocos años, entre carrera y carrera, puesto que a sus 81 años hace deporte todos los días. En Mieres sigue siendo Gundemaro; en Chile es Víctor.
Conserva un inconfundible acento del Principado, mezclado con un toque chileno. Se le escapa constantemente un "acá”, pero también ese deje tan característico de la Cuenca Minera, que fue el punto de partida de una inmensa peripecia vital que ahora puede relatar con calma y sosiego.
Víctor, hijo de un transportista y de una ama de casa, procede de una familia con larga tradición emigrante. Su abuelo materna ya había estado en Chile; su abuelo en paterno a Estados Unidos. Pero la persona clave fue Andrés, su tío materno, que se marchó a Santiago de Chile en 1939, tras la guerra civil.
Andrés fue una figura clave en la historia personal de su sobrino: hizo fortuna en la construcción y fue ayudando poco a poco a que distintos miembros de la familia pudiesenc cruzar el charco. Lo hizo su hermano, Vicente, el otro tío de Víctor, que se fue en 1945. Ambos echaron a andar Fernández Coma Hermanos, una potente empresa de construcción.
Víctor hizo ese mismo camino en 1957 y su hermano, de nombre también Vicente, que sigue en Chile, lo había hecho en 1952. El mierense tiene otra dos hermanas, Marisa y Toya, que se quedaron en Asturias.
“Los primeros años fueron muy duros, durísimos”, rememora el asturiano. Llegó a Santiago de Chile con trece años y fue internado en un colegio de los salesianos.
Estuvo ocho años sin volver a ver a sus padres y a sus hermanas. Lo pasó mal, aunque recuerda perfectamente una conversación que le cambió la forma de afrontar la vida.
“Yo decía: ‘¡Cómo echo de menos mi tierra, mi comida, mis fiestas! Como Asturias y como España no hay nada’. Un día un compañero me dijo: ‘¿Por qué no te vas? ¿Alguien te obliga a estar aquí?’. No me volví a quejar”.
Víctor salió del internado con 17 años. Durante los veranos trabajaba colaborando en alguna de las obras de la empresa de su tío y decidió formarse. Estudió Arquitectura, sacando la carrera año a año, y entró a trabajar en el Ministerio de la Vivienda del Gobierno presidido por el socialista Salvador Allende, concretamente en la Corporación de Mejoramiento Urbano (Cormu). Su labor consistía en inspeccionar obras en marcha y verificar que todo cumpliese la normativa.
El golpe de estado de Pinochet
En 1971 se casó con una hija de gallegos, Dolores Pavón, de la que más tarde se separaría. Tuvieron tres hijos. Todo cambió en 1973, cuando el general Augusto Pinochet dio un golpe de Estado e instauró una dictadura militar. Víctor nunca había estado especialmente marcado políticamente, pero el 17 de septiembre, apenas seis días después del golpe, unos hombres armados con metralletas entraron en su casa y se lo llevaron detenido.
Aquella experiencia fue “terrorífica”. Su mujer, muy asustada, rogó a los policiías que tuvieran cuidado de no apuntar a su hija pequeña. Víctor pasó varios días encerrado en un cuartel de la Policía, sin entender qué estaba ocurriendo.
“Me preguntaban por unas armas y yo no tenía ni idea. Al parecer, cerca de donde trabajaba había un lugar donde Allende hacía reuniones, pero yo no sabía nada”.
Los interrogatorios se prolongaron durante días. “Utilizaban las técnicas policiales que se ven en las películas. Un tipo me interrogaba, de repente sonaba el teléfono, discutía con su mujer y volvía más enfadado”. No temió por su vida, pero el impacto psicológico fue enorme. Finalmente fue liberado. Regresó a su oficina y descubrió que su jefe ya no era su jefe: un militar había tomado el control.
“Nos reunió a los extranjeros, puso una pistola encima de la mesa y dijo: ‘De aquí en adelante se habla así’. Mandó anotar en una lista a todos los que quisieran salir del país”. Víctor decidió no marcharse de Chile, aunque su mujer sí lo valoró. Pidió el traslado laboral a Punta Arenas, ciudad situada en el extremo sur de Sudamérica, a orillas del estrecho de Magallanes, cuyo puerto es estratégico por ser una de las principales puertas de entrada a la Antártida y base logística de buques y expediciones científicas. Se trata de una ciudad donde había una gran colonia de asturianos.

Víctor García, tras una prueba deportiva / LNE
Se trasladó manteniendo su trabajo, dentro de un servicio que fue fusionado. Era 1976 y permaneció allí hasta 1981. También trabajó por cuenta propia como arquitecto, pero a comienzos de 1982, debido a una grave crisis económica que afectó al pais, empezó a trabajar en la Dirección General de Deportes, también vinculado a la arquitectura. Se encargaba de recibir proyectos, analizarlos y puntuarlos. Allí estuvo seis años, hasta 1988, cuando su vida dio un giro profesional decisivo.
“No me convencía mi sueldo. Quería salir de ese trabajo y hacerlo por mi cuenta”. Así comenzó una nueva etapa: la logística de los grandes buques que llegaban al puerto de Punta Arenas. Trabajó primero para barcos de Pesca Cisne y más tarde para Pescanova, entre otros, como proveedor de naves. Su labor consistía en conseguir todo lo necesario para los navíos: desde comida para la tripulación hasta repuestos urgentes. Era el hombre clave de la logística.
Si el teléfono sonaba a las tres de la madrugada, Víctor respondía. Sin descanso, de lunes a domingo. Atendió a todo tipo de barcos, incluido el Juan Sebastián de Elcano, lo que le permitió conocer al ovetense Sabino Fernández Campo, entonces jefe de la Casa Real, así como al rey Juan Carlos, entre otras personalidades.
“Había competencia, pero mi secreto era simple: nunca me negué a atender a un barco. Si llamaban un día de fiesta, allí estaba. Por eso, al final, solo me llamaban a mí”, rememora. Víctor se jubiló en 2015, tras haber visto de todo en el puerto de Punta Arenas.
Nueva vida en Viña del Mar
El asturiano, que volvió a casarse en 2012 con Ana María Florenzano, vive desde hace tres años en Viña del Mar, ciudad costera situada al noroeste de Santiago. Se trasladó para estar más cerca de sus hijos y de sus nietos, cuatro en total: tres en Chile y uno en Alemania.
Lleva una vida tranquila, aunque admite que echa de menos Punta Arenas. El deporte ocupa un lugar fundamental en su día a día. A sus 81 años, sigue entrenando diariamente. Siempre destacó corriendo y continúa haciéndolo. Un día va al gimnasio y otro sale a trotar.
“Nunca había ido al gimnasio hasta que llegué a Viña, pero me cambió la vida. Fortalecí los músculos y tengo menos dolores. No tengo quien me dirija, voy a mi ritmo”.
Hace solo unas semanas celebró un título de atletismo de toda Sudámerica defendiendo a Chile, dentro del club de la Universidad Católica. Junto a sus compañeros batió el récord del 4x400 metros, en la categoría de 80 a 84 años. Víctor firmó el mejor tiempo: 400 metros en 1 minuto y 29 segundos, arrebatando el título a los brasileños. Su médico le permite correr, pero sin superar las 140 pulsaciones, algo que respetó en esa prueba.
Víctor observa Asturias desde la distancia. Ya no conserva casa familiar allí, pero intenta viajar prácticamente todos los años. Estuvo el pasado agosto. La ve bien, aunque asume que su vida, definitivamente, ya está en Chile.
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