Fernando Beltrán, el niño que inventó Lloviedo para no perder Asturias
De Asturias a Madrid de menta, de la poesía al nombre de las cosas: memoria, lluvia y versos que fundan un territorio propio donde une "la poética de las palabras y la ingeniería de las palabras"

Fernando Beltrán. / LNE
Fernando Beltrán (Madrid), Oviedo, 1956. Autor de poemarios como "Aquelarre en Madrid", "Ojos de agua", "El gallo de Bagdad", "Amor ciego", "Bar adentro", "La Semana Fantástica", "Los días" u "Hotel Vivir". Profesor en varias instituciones académicas, creador del estudio creativo "El nombre de las cosas" y fundador del "Aula de las Metáforas", por la que han pasado Ángel González, Antonio Gamoneda, Amancio Prada, Aute, Leonard Cohen, Serrat...
Cuando su madre le dijo al niño Fernando Beltrán que se mudaban a otra ciudad, se enfadó muchísimo. Recuerda el poeta y nombrador que "el día que partimos corrí al Campo San Francisco y me abracé a un árbol. Tuvieron que arrancarme de Oviedo mientras ella intentaba convencerme de que en Madrid sería feliz. Y tardé en ser feliz, pero poco, en sucumbir cuando vi a mi padre esperándonos junto a un inmenso taxi negro donde cabía toda la familia. Jugada sabia de mi padre ajedrecista para endulzar el impacto. Y encima el taxista me dio un caramelo, y un Madrid de menta se instaló ya sin remedio cuando mi padre, sentado junto al conductor, se giró y nos dijo que abriéramos bien los ojos. ¡Hasta hoy!".
La sorpresa llegó "años después, cuando, mal estudiante y tras escuchar mil veces ‘nunca llegarás a nada’, aquel quinceañero a la intemperie se sintió abrigado de pronto al escribir un poema. Un poema al que siguió otro y otro, hasta comprobar que me habían arrancado de Asturias, pero me había llevado conmigo la infancia hecha metáforas, porque en mis poemas aparecían siempre la lluvia, los charcos, los paraguas, el vaho de aquella ventana donde escribí con el dedo mi primera palabra. Cuando regresé a Oviedo ya por mi cuenta, tras irme de casa de mis padres por no querer estudiar Derecho, alguien me dijo que la ciudad tan mitificada por mí no existía… Me indigné, pero luego pensé que quizás fuese verdad, y por eso inventé Lloviedo. Y esa ciudad ya no podían quitármela. Era mi Macondo particular. Y en él sigo".
Su inmersión definitiva "en el océano Madrid, braceado latido a latido, fue con ‘Aquelarre en Madrid’, el libro con el que gané el accésit al premio ‘Adonáis’. Los ‘Adonáis’ significaban entonces todo para un joven poeta. Y máxime cuando empezaron a decir que era un referente generacional de la Movida. El éxito me pilló por sorpresa… Con él encontré esa cursilería llamada una voz propia. Una catarsis escrita a corazón quitado durante once días vagando por la ciudad, día y noche. Un libro cuyo primer verso era: ‘Madrid, veinte gritos al sur cuando el destierro’… Asturias seguía ahí".
Quizá por eso, "o para curarme del aquelarre, el siguiente poemario fue ‘Ojos de agua’, mi infancia en Lloviedo, con unos versos iniciales. Luego vinieron muchos libros más: el nacimiento de las hijas, la muerte de los padres, la vida misma. Cientos de poemas, escritos en mejores o peores circunstancias: caricias, bufandas, errores y heridas. Vida escrita de la que al final quizás queden solo seis o siete poemas, los que a veces me piden que lea, y entre ellos siempre ‘La gabardina de mi padre’, del libro ‘Hotel Vivir’. En fin, Asturias, Asturias, Asturias… O ‘asturiano’ y ‘padrileño’, como me definió una de mis hijas cuando era pequeña y me dijo que acababa de saber por qué hablaba siempre de Asturias y a la vez tanto de Madrid: ‘Ahora lo entiendo, es que tú eres asturiano y padrileño’. No se puede decir mejor".
Poeta y nombrador. Poeta de oficio, nombrador de profesión. "De la poesía se vive, pero no se come, y tras mil ocupaciones –actor, guionista, administrativo, vendedor de libros…– inventé un quehacer que treinta años después acaba de reconocer la RAE como un nuevo oficio: nombrador, nombradora. Una profesión a mi medida, cumpliendo lo que decía Nicanor Parra: el poeta no cumple su promesa si no cambia el nombre de las cosas. Quise unir la poética de las palabras y la ingeniería de las palabras. Y aplicar mi idea de que una imagen vale más que mil palabras, pero nunca más que una sola palabra. Están en equilibrio. Aunque fue difícil convencer a los clientes de que tan importante era la identidad visual como la identidad verbal. Una larga travesía del desierto. Y ahora, quién lo iba a decir, doy charlas por el mundo explicando lo hecho…".
Más de setecientos nombres de empresas, productos, conceptos, ideas, libros, exposiciones… "muchos por amor al arte, para ayudar a un amigo, colaborar con una oenegé… También para sugerir que un nombre no funciona, que sería mejor otro, como cuando el Parque Biológico de Madrid cambió a Faunia y se llenó tras siete años de estar vacío. O cuando inventé Amena, que iba a llamarse Retevisión Móvil… Uff. El otro día unas señoras me abordaron en Madrid diciéndome: ‘¿No te acuerdas de nosotras? Creaste nuestra marca…’. Y no me acordaba".
Y todo "sin dejar un solo día de escribir poesía… Mis libretas lo atestiguan. Son cientos… Ahora me han propuesto donarlas a una importante institución cultural. Estoy pensándolo. Hay mucha intimidad escrita entre versos y nombres, y me da pudor. ¡Abismos y bellezas!".
Su vinculación actual con Asturias se apoya "en tres pilares principales; diríamos que es una casa con tres alturas, porque las tres me impulsan al vuelo… Lloviedo, ciudad natal, mi Macondo, mi punto de partida: cuando la lluvia cae, Lloviedo crece… Novellana, un lugar que me acogió con inmenso abrigo y donde ‘escrivivir’ con calma se me hace muy fácil; y Grado, de donde soy hijo adoptivo y fundé el Aula de las Metáforas. Un espacio para la poesía y la imaginación. ¡Un sueño hecho realidad!".
La mayor alegría de ser asturiano en el exterior es "esa piña que formamos los asturianos fuera de Asturias, esa llave tan fácil cuando encuentras a otro y se abren todas las puertas, como si os conocierais de toda la vida… ‘Esto vuestro es increíble’, me dijo una vez un amigo catalán contemplando uno de esos encuentros… El otro orgullo es la buena fama que tenemos: todo el mundo dice que Asturias es una maravilla, que los asturianos les caen bien, que somos buena gente… y ese tipo de cosas que te encantan y te sonrojan a la vez, porque imagino que tendremos de todo, como en todas partes".
Dos dolores: "La diáspora de nuestra juventud, buscándose la vida fuera de Asturias. Es muy duro verlo y escucharlo decir con tanta impotencia. Y respecto a los que volvemos cada poco, un grito unánime: que alguien solucione de una vez el desastre del Huerna en estos últimos años. Obras interminables durante kilómetros, al margen del argayu, incluso en pleno verano, un solo carril, horas de demora y, encima, al final, para mayor humillación, pagar el peaje completo… ¡Desesperante!".
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