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"El manzano" de Francisco Bizarro, un premiado cuento de Navidad sobre los emigrantes asturianos que habla "del amor a las raíces"

"Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA publica íntegramente el relato ganador del I certamen literario "María Luisa Castellanos", en la modalidad de narrativa

"El manzano", vencedor en el certamen de la dirección general de Emigración, retrata con ternura y hondura la búsqueda del arraigo a la tierra perdida por los emigrantes que tuvieron que dejar su casa natal

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Francisco Bizarro

Francisco Javier Bizarro (Barcelona, 1980) se alzó recientemente con el primer premio, en la modalidad de narrativa, del I certamen literario "María Luisa Castellanos", creado por la dirección general de Emigración para distinguir obras relativas a los movimientos migratorios. Bizarro es también hijo de la emigración. Actualmente reside en Mallorca, pero nació en Barcelona, a donde llegó su familia procedente de Extremadura. Cuenta Bizarro que él, como tantos hijos de la emigración, también heredó esa nostalgia por la tierra de origen y que precisamente en el cuento ganador, titulado "El manzano", trató de plasmar esa "historia de amor a las raíces y al lugar de origen de nuestros antepasados". Bizarro lleva desde 2005 trabajando como guionista de televisión y ha publicado diversos poemarios, obras teatrales y, junto a su hermano José Antonio varios álbumes ilustrados. A continuación, "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA, publica íntegramente el relato "El manzano" a modo de cuento de Navidad para sus lectores y cedido por la dirección general de Emigración.

Me fui de Asturias siendo un crío, con las manos sucias de barro y la barriga vacía de leche. Mi padre me apretó la muñeca hasta dejarme marca y me subió a un barco con las entrañas sudadas de óxido y salmuera.

Atrás quedó la casa, el pozo y la piedra grande donde me sentaba a mojar pan duro con agua, siempre con Llara Prendes a mi lado, diez años y una risa que nacía en los ojos y se derramaba por la cara antes de encontrar la boca. Adelante, un país que hablaba el mismo idioma, pero mojado por otro mar que cambiaba el sabor de las palabras. Un cielo tendido, plano y sin grietas, que no dejaba lugar para soñar con montañas. Las nubes pasaban sin detenerse, como forasteras sin interés en lo que dejaban atrás, y la lluvia caía por puro capricho suyo, ignorando la sed de los hombres, cayendo cuando menos la esperaban y ausentándose cuando más se la llamaba.

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Sesenta y tantos años después, regresé con la espalda hecha un mapa de dolores, una azada oxidada y un manzano joven, de apenas un metro, para cumplir una promesa que me perseguía hace décadas. Me la encajó mi madre y la acepté más por callarla que por creerla, sin la mínima intención de cumplirla. Pero la palabra que le di se fue pudriendo en mí hasta que no dejó sitio para nada más.

Lo escribió en un papel arrancado de un sobre, con la letra apretada como si quisiera encerrar dentro todas las raíces que yo no iba a tener. Decía que debía plantar un árbol en la casa donde nacimos, para que hable por mí cuando ya no esté. Patrañas, pensé entonces, cosas de cándidos que aún creen que la tierra escucha.

El autobús me escupió en la estación de Cangas de Onís con un bufido sucio. Afuera, la niebla estaba ahí, espesa y baja, como me habían dicho que era. No la recordaba; apenas si recordaba nada. La niebla que yo traía en la cabeza era la que otros pintaban en las sobremesas de la casa de los asturianos expatriados, entre sorbo y sorbo, donde me hablaban De montes que nunca se dejaban ver enteros. Yo no sabía si creerlos, pero ahora la tenía delante, echada sobre el suelo como un perro flaco que no se aparta.

Caminé sin prisa, respirando ese aire húmedo que se pega y se mete en los huesos. Cada paso era un zarpazo en la memoria, aunque yo no supiera si aquello que volvía eran recuerdos míos o historias prestadas de mis muertos.

Las fachadas tenían la pintura corrida, como si hubieran llorado a escondidas, y las ventanas dejaban escapar un olor a caldo y leña que me buscaba desde dentro.

Las calles me miraban como se mira a un desconocido que no tiene nada que hacer allí. Eran estrechas, empedradas, húmedas como si no hubieran visto el sol en semanas. Yo, un viejo de casi ochenta años, caminaba por ellas como quien recorre un escenario después de la 3 función, con los decorados en pie pero sin actores. El eco de mis pasos parecía preguntar qué demonios hacía allí, y yo no tenía respuesta que no oliera a mentira.

Las esquinas guardaban conversaciones que no eran mías; los balcones, macetas con flores que no sabían mi nombre. Sentía que la ciudad me pesaba encima con un traje ajeno que me habían colgado a la fuerza sobre los hombros.

En la plaza, junto a la fuente, un hombre me indicó con el mentón el camino a la calle de la Fuente Vieja. Tenía los ojos claros, lavados por la lluvia, y una voz que olía a hierba recién cortada. Le agradecí con un gesto, pero mientras se alejaba su andar firme me dejó un hueco frío en el estómago. Él pertenecía a esta tierra como las piedras que pisaba, pero yo era apenas un visitante con papeles viejos, un intruso que venía a reclamar un rincón que ya no me reconocía.

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Comprendí que aquello que me habían repetido durante años, que un asturiano lo es siempre, aunque viva lejos, era una mentira piadosa, una manta de palabras para tapar el frío del destierro. No éramos de la misma raza, aunque lleváramos la misma sangre. Él hablaba desde dentro; yo, desde un recuerdo prestado.

Sentí que traicionaba a mis padres con cada palabra que pronunciaba. El acento me delataba, como una cicatriz mal cerrada que asoma por encima de la ropa. No era algo que pudiera esconder: estaba en la forma de abrir la boca, en el golpe final de cada frase, en el silencio que quedaba después. Era la prueba de que había vivido demasiado tiempo lejos, de que la tierra se me había caído de la lengua a pedazos hasta dejarla hueca. Y, por mucho que buscara, ya no quedaba sitio para él.

El manzano y la azada me pesaban como una condena. Los apoyé contra la pared de un chigre, en una esquina húmeda donde el musgo trepaba hasta las ventanas, y entré. Dentro, el aire estaba espeso de sidra y grasa vieja. Un brasero cansado intentaba calentar la sala, y el humo se mezclaba con el olor a fabada que burbujeaba en una pota ennegrecida.

Me senté junto a la ventana, con las manos frías sobre el mantel de hule. Me trajeron pan prieto, chorizo que soltaba un hilo rojo en el plato, y una taza de caldo. Comí sin hambre, masticando lento, mientras el calor del caldo me empujaba recuerdos que no eran de aquí, sino de Uruguay: largas sobremesas en casas de paredes encaladas, fotos torcidas de hórreos y prados colgadas sobre el aparador, gaitas sonando en discos que giraban lentos, y hombres que cerraban los ojos para hablar de una tierra que ya no existía más que en la memoria de otros.

En aquel chigre comprendí que lo mío había sido siempre un decorado: olor de fabada en cazuelas que nunca vieron Asturias, sidra caliente en vasos que no tintaban igual, canciones 4 aprendidas por repetición y no por sangre. Allí me llamaban asturiano porque les servía. Aquí, el aire mismo parecía decirme que no lo era.

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Salí con el manzano al hombro. Busqué las calles donde, decían, había crecido. No estaban. En su lugar había otras, más lisas, barridas de todo rastro. El aire era el mismo que me habían contado, pero no tenía mi olor.

Seguí el número hasta una verja pintada de verde. Detrás, un prado llano, sin cicatrices. No había pozo, ni piedra, ni sombra de la casa que me dibujaron mis padres en la memoria. Todo lo que creía recordar era un andamio de voces ajenas. Me quedé quieto, mirando esa tierra que me había visto nacer y que ahora no me reconocía.

El manzano, colgado en mi brazo, parecía más liviano. No por costumbre, sino porque empezaba a ser un gesto vacío. Plantarlo allí sería como hablar a un muerto que no sabe quién eres.

No tenía ni fuerzas ni ganas de discutir con mi conciencia. Era una penitencia y había que cumplirla. Plantar el árbol y escapar sin rezos ni nostalgias. Crucé la verja con el manzano como quien lleva un palo para su propio entierro. La hierba alta me arañó las pantorrillas; el barro me mordió los pies y no me soltó. La casa era un animal destripado: paredes abiertas, vigas podridas, piedras negras de humedad.

Clavé la azada, hierro mellado, frío como el lomo de un cuchillo, hasta romper la raíz de algo viejo. Me agachaba para colocar el árbol cuando una sombra se me echó encima. Era joven, ancho de hombros y con las manos abiertas como si fueran a arrancarme de allí. Venía a buen paso, la mirada dura, y traía en los ojos ese brillo rápido que precede al grito. La boca se le abrió, pero la voz se le quedó atravesada en la garganta en cuanto vio la curva vencida de mi espalda, el temblor torpe con que hundía la azada en la tierra.

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No dijo nada, pero en su forma de mirarme supe que aquello no era suyo de corazón, sino de papel y notario. Yo, que había venido a plantar por promesa, le estaba ocupando un solar que no reconocía ni en sueños. Él, que había heredado las llaves y la escritura, me miraba como a un forastero que mete las manos en una tumba ajena. Nos quedamos quietos, él de pie, yo doblado sobre el hoyo, respirando el mismo aire que nos separaba. Entre los dos no había un puente, sino un hueco lleno de barro y años.

 —¿Qué hace aquí, hombre? —la voz del joven salió seca, sin saludo.

 —Planto… un árbol.

 —¿Un árbol? ¿En esta finca? Esto ye mío.

—Aquí estaba mi casa de guaje —dije, intentando vestir las palabras con el mejor castellano neutro que me saliera, remendado a golpes de acento asturiano aprendido de oídas. Creía estar disfrazando el timbre uruguayo, pero sabía que no engañaría ni al perro más sordo del concejo.

—Pues ahora no queda más que cuatro piedras. No sé quién ye usted.

—Me fui… hace mucho.

—Mucho o poco, da igual. Aquí cada cachu de tierra tiene dueño, y esta finca ye mía. —Es… por una promesa.

—Caráu… ¿y qué culpa tengo yo de sus promeses? Además, se le nota que nun ye d’aquí.

Agaché la cabeza. Juro que intentaba forzar las palabras para que sonaran rectas, secas, como las de aquel muchacho, pero las sílabas se me arrastraron igual, tibias, con el aire blando del otro lado del mar.

—Marcha, home, antes de que me enfade. Esa tierra ya nun tien su ñeru aquí. No levanté la cabeza. No iba a gastar saliva en explicarle que lo que hacía no era por gusto, sino por deuda. La azada volvió a morder, y el barro se me pegó a las botas como si quisiera arrastrarme con él. —¿Ta oyendo? —insistió—. Váyase antes de que tenga que echarlu.

Seguí cavando. Cada palada me dolía en la espalda como un cuchillazo, pero no iba a parar. Aquello no era una elección; era una condena que traía desde el otro lado del mar, y que tenía que cumplir, aunque me dejara seco.

—Esto nun ye cementeriu —bufó—. Ye una finca.

“Y yo vine a enterrarme en ella”, pensé, pero no lo dije. No pensaba discutir con un crío que no sabía lo que pesa una promesa.

—Voy llamar a la Guardia Civil —dijo, alzando la voz—. Esto ye allanamiento de morada, ¿sabe? Van multalu bien multau.

La azada volvió a hundirse. La hoja chocó contra una piedra y me subió un latigazo por la espalda. No me detuve.

—Usted ta malu de la cabeza —añadió—. Váyase pa la so tierra, home.

—Esta es también mi tierra —solté, sin mirarle y sin dejar de abrir la herida en el suelo.

Le vi dar un paso atrás. La rabia se le puso en la cara como una máscara.

—¿Ah, sí? —dijo—. Pos agora mesmo voi llamar pa que lu saquen d’equí a patades.

Se dio media vuelta, escupiendo palabras que no alcancé a entender, y echó a andar hacia la carretera. Yo seguí cavando. Cada palada era un golpe contra el tiempo, contra el mar, contra todos los años que me habían robado de aquí. No iba a parar aunque vinieran con esposas. Esa tierra me debía un árbol, y yo pensaba cobrármelo.

Tuve que parar varias veces. El dolor me mordía las lumbares y subía hasta la nuca como una culebra caliente. Me quedaba encorvado sobre la azada, respirando hondo, esperando que el latigazo aflojara antes de volver a hundir el hierro.

En la cabeza todavía me rondaba la voz de aquel rapacín de gesto serio, que hablaba como quien recita un inventario, sin sospechar que la tierra no se hereda en notaría, sino en las uñas. “Váyase pa la so tierra”, me había dicho. Y yo me repetía que mi tierra era esa, la misma que estaba abriendo a golpes, la misma que me llenaba las manos de callos. Que nadie, nunca más, me diría que no era de aquí.

Las manos me sangraban un poco por el roce del mango, y cada vez que la azada tropezaba con una piedra, el golpe me subía hasta el cráneo. Apreté los dientes. A esa tierra se le arranca el sitio igual que a la vida: a fuerza de empujar cuando ya no quedan fuerzas.

No había terminado de abrir el hoyo cuando sentí pasos en la grava. El portón oxidado se abrió de un empujón y llegó el joven de antes, con un hombre con gabardina que llevaba un maletín como si cargara un ataúd de mano.

El muchacho venía encendido, con la cara apretada y el dedo acusador como una estaca. El de la gabardina no decía nada; abría y cerraba el maletín, buscando el momento de clavar el pico.

Cuando pudo dijo lo suyo, frases largas como rosarios, pero a mí me llegaban apagadas, como si las filtrara la tierra. Yo seguía con la azada, hierro frío y mellado, sintiendo cómo la humedad me calaba hasta las rodillas.

Cada golpe era una respuesta. Es mío. Más que suyo. Más que de nadie.

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El silencio se espesó. El chaval tragó saliva, dio media vuelta y dijo que iba a denunciarme. Seguí cavando. El dolor me mordía la espalda en dos puntos viejos, donde las hernias hacían nido. Paraba un momento, respiraba hondo, y volvía a la carga. En la cabeza me retumbaba la voz del muchacho. A mi tierra, había dicho. Que nadie me volviera a soltar eso. Nunca más.

El abogado salió fuera a hablar por teléfono y el joven me quitó la azada de muy malas maneras. Cuando me la arrancó, sentí que me arrancaba también la poca fuerza que me 7 quedaba. Entonces, sin pensar, me agaché y seguí cavando con las manos, hundiendo los dedos en la tierra húmeda, caliente como un animal que respira. El barro se me metía por las uñas y me raspaba la piel, pero seguí. No por testarudez, sino por rabia, por algo más viejo que yo, por la promesa que me había estado royendo los huesos desde hacía más de 20 años.

No sé si fueron lágrimas o sudor lo que me nubló la vista, pero cuando me di cuenta estaba respirando a golpes, con la cara llena de barro, las manos arañadas, y el joven mirándome como si hubiera visto un loco de los que asustan de verdad.

Los pasos llegaron antes que las voces. Pesados, seguros, de botas que ya han pisado todos los charcos de la comarca. La Guardia Civil apareció en la verja, con las gorras ladeadas y el gesto de quien acude más a un velorio que a un altercado.

Uno mascaba saliva, el otro se rascaba el cuello. Miraron el hoyo, el manzano, mis manos hundidas en la tierra, y al muchacho que los había llamado.

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No traían armas en la mano, solo la desgana en la cara. Miraron el hoyo, miraron mis manos embarradas, miraron al muchacho que les había llamado, y lo que les salió fue un suspiro. Detrás de ellos, la noticia había corrido a gritos por las paredes húmedas del barrio, empezó a juntarse gente. Salían a la calle en zapatillas, cruzándose los brazos bajo los delantales, con la mirada afilada y el cuello estirado como gallinas curiosas. Algunos niños, con las rodillas peladas, se colaban entre las piernas de sus madres para ver mejor. Preguntaban en voz alta: “¿Qué pasa?”, y la respuesta siempre era la misma: “Na… cosas de tierras”.

El ruido corrió por la calle más rápido que las botas de la Guardia Civil. Una ventana golpeó el marco y se abrió de golpe; otra, más arriba, se entreabrió apenas lo justo para que asomara un ojo.

Las puertas empezaron a ceder, primero una, después otra, y la calle se llenó de cuerpos que venían a ver la fiesta. Mujeres con la escoba en la mano, hombres con el cigarro colgando de la comisura, chiquillos descalzos que bajaban la cuesta como ratas al olor del queso. Las voces se enredaban en el aire frío:

—Dicen que anda un viejo cavando en la finca de Primitivo…

—¿Y quién ye?

—Uno que vino de fuera.

—¿Fuera dónde?

—Fuera.

—Pero cavar, ¿pa qué?

—Pa enterrar algo.

—O pa sacarlo.

—Sea lo que sea, bien no ye.

Un crío con mocos hasta el labio aseguró que yo estaba buscando oro. Una mujer, con el mandil manchado de harina, dijo que más parecía un chalado que otra cosa. Un hombre contestó que los locos no plantan árboles, pero la frase se perdió entre los comentarios y risas ahogadas.

El corrillo crecía, cada vez más cerca de la verja, apretándose para ver mejor. Un gato se enroscó en los pies de un guardia, que lo apartó sin mirar.

La Guardia Civil, el dueño y el abogado se quedaron clavados, como si esperaran que yo me detuviera. Pero no lo hice. Las uñas me dolían, la tierra se me colaba entre los dedos, las rodillas hundidas en el barro. Sentía el calor terroso subir por los brazos.

Ellos me miraban, yo no levantaba la cabeza. La azada estaba lejos, arrancada de mis manos, pero seguía cavando a pulso.

El joven respiraba rápido, el abogado jugaba con el cierre del maletín, los guardias cruzaban miradas breves, sin decidir si intervenir o dejar que aquello siguiera su curso. La gente murmuraba, cada vez más alto. Alguno soltó una carcajada corta, otro se santiguó, y una mujer, con los brazos cruzados, dijo que aquello no acabaría bien. El aire se apretaba en la calle, denso, cargado de ojos que querían ver sangre o milagro. Y yo, con las manos negras hasta la muñeca, no oía nada más que mi propia respiración y el latido hondo de la tierra. Entonces, desde el fondo del corro, una voz fina, cascada por los años, pero viva como un resorte, cortó el murmullo.

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—¿Y esi… nun ye Xuanín el fíu de Eulalia?

Me quedé quieto, con los dedos enterrados en el barro. Nadie me llamaba así desde que tenía diez años, salvo mi madre, y ella llevaba décadas bajo tierra. Alcé la cabeza y la vi: pelo blanco recogido en un moño apretado, los ojos claros de siempre, un pañuelo de cuadros al cuello. La reconocí en un relámpago: Llara. Llara la de la fuente, Llara de la piedra grande, la única amiga que me quedaba de aquel mundo.

—Eres tú…—dijo, y no fue pregunta—. Esi manzano ye pa la to madre, ¿verdá?

El joven, el abogado y los guardias me miraron, pero ya no importaban. Lo que tenía delante no era un pleito ni un delito: era una voz que me devolvía un nombre que creía perdido.

 —Llara… —me salió hondo, áspero, como si me arrancara algo del pecho—. Si lo planto, yo sigo siendo de aquí.

 El muchacho cortó el aire como una cuchillada.

—Esa tierra ye mía, ¿me oyen? Aquí no se cava nada. Ni manzano, ni patata, ni un agujeru pa enterrar un perro.

Hubo un silencio breve, el de cuando todos esperan que alguien dé un paso atrás. Pero no fui yo quien lo dio; Llara dio un paso adelante y se agachó a mi lado, las rodillas crujiéndole como un carro viejo. Clavó las manos en la tierra y empezó a abrir el hueco conmigo.

—¡Qué hace, mujer! —gritó el joven, con la voz rota de incredulidad.

—Lo que toca —dijo ella—.

Detrás, una escoba cayó al suelo. Una mujer de bata se acercó, escarbando con las uñas. Un viejo se inclinó y apartó piedras. En un minuto éramos media docena doblados sobre el barro, respirando fuerte, abriendo sitio para aquel manzano.

El abogado movía la cabeza como si aquello le diera náuseas; los guardias, sin saber qué reglamento aplicar, miraban el trabajo con la calma de quien ve llover.

El joven, rojo hasta las orejas, gritaba que aquello era un atropello, que llamarían al juez, que se arrepentirían todos. Pero el hoyo se ensanchaba, la raíz esperaba, y las manos seguían entrando y saliendo de la tierra con una fe que ya no era mía, sino de todos.

Plantamos el manzano. La raíz quedó encajada en su sitio, la tierra apretada encima como un juramento viejo. Alguien trajo un cubo de agua y lo volcó despacio, dejando que el barro tragara sin prisa. Cuando terminamos, un aplauso estalló en la calle, corto, seco, como el golpe de un remo contra el agua.

No sé en qué momento asomaron los de la prensa, pero allí estaban: miradas hambrientas, libretas abiertas, el clic de las cámaras cazando barro y arrugas. No me hablaron, o quizá lo hicieron y no lo oí; yo ya estaba dentro de la tierra, atado a ella por las uñas.

El manzano quedó plantado. Recto, tembloroso, con esa fragilidad de lo recién nacido. Llara me puso la mano en el hombro; no dijo nada, pero el peso de su palma bastó para sellar el acto. La calle, empapada de gente, olía a humedad y a algo más viejo: a herencia, a deuda saldada, a tierra que por fin me admitía.

Los guardias, quietos, parecían figurantes en una escena que no les pertenecía. El joven miraba el árbol con la misma cara con que se mira un intruso al que no se puede echar. El abogado cerró el maletín y se guardó las manos en los bolsillos, como si aquel asunto ya no fuera materia suya.

Cuando me volví para irme, la gente abrió paso sin hablar. En los ojos vi un reconocimiento que no pedí y que, sin embargo, me anclaba. El aire me sabía distinto, como si de pronto respirara dentro y no desde fuera.

Esa noche, en el tren, encontré un periódico olvidado en el asiento. Entre anuncios de ferreterías y defunciones, un recuadro mostraba la foto: el árbol, las manos embarradas, las caras apretadas alrededor. El titular, breve como un tajo: “Un manzano contra el olvido”.

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Lo leí una vez, y otra, hasta que las letras empezaron a temblar como si también ellas tuvieran frío. Afuera, las montañas se apagaban contra la ventanilla, deshaciéndose en sombras, y adentro sentí que algo, muy dentro, encontraba su sitio como una semilla que al fin toca la humedad. Supe entonces que, aunque mis huesos volvieran al otro lado del mar, yo ya no partiría jamás.

Porque el exilio no acaba en los muelles ni en las despedidas, sino en el instante en que la tierra vuelve a reconocernos, cuando una raíz se hunde y el aire nos pronuncia como si nunca nos hubiera olvidado. Plantar aquel manzano fue escribir mi nombre con barro, con sudor, con las uñas. Fue reconciliarme con una casa que ya no existe y con unos padres que solo viven en la memoria de la tierra.

Comprendí, en ese vagón que avanzaba como un animal herido, que no era yo quien llevaba el árbol, sino el árbol el que me había cargado a mí. Y mientras el tren se perdía en la noche, sentí que al fin había regresado. No a la casa, no al pueblo, no a las piedras derruidas, sino a la raíz secreta que ata a un hombre a su sitio. El exilio había terminado. La tierra, por fin, me llamaba hijo.

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