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Marusa Gutiérrez, la belleza y la inteligencia asturmexicana que brilló en el Día de América

El empresario asturmexicano Antonio Suárez recuerda en sus memorias el día que conoció a la que sería su esposa, María Luisa Gutiérrez, recientemente fallecida: fue un fogonazo, desde aquel primer encuentro en el Florida Park de Madrid él la siguió a donde ella fuera

Marusa Gutiérrez y Antonio Suárez, en el acto de entrega del premio "Asturiano del mes" de LA NUEVA ESPAÑA concedido a este último.

Marusa Gutiérrez y Antonio Suárez, en el acto de entrega del premio "Asturiano del mes" de LA NUEVA ESPAÑA concedido a este último. / NACHO OREJAS

Santiago González Romero

Santiago González Romero

El pasado sábado falleció en Ciudad de México María Luisa (Marusa) Gutiérrez, esposa del empresario pesquero asturmexicano Antonio Suárez y mujer muy apreciada por la sociedad azteca. Su figura fue documentada por Santiago González Romero, director del Archivo de Indianos de Colombres, en el libro "Valor, tesón y amor de un asturmexicano", un detallado análisis de la trayectoria de Antonio Suárez. Las páginas dedicadas a Marusa Gutiérrez cobran estos días plena actualidad, motivo por el que se reproducen aquí.

Un año providencial es 1965. En el mes de julio, Antonio Suárez conoce en Madrid a la que será su esposa, María Luisa Gutiérrez. Marusa. Antonio compartía salidas en Madrid con Sabino Fernández, un amigo de origen asturiano propietario de un garaje y taller de reparación de vehículos. Era hijo de Manuel Fernández Sanz, poeta muy conocido en los círculos y tertulias literarias madrileñas al que apodaban "Manolito el Pollero". Manolito exhibía un tipo orondo, lucía un pequeño bigote y fumaba en pipa. Había heredado una pollería y huevería fundada por sus bisabuelos en la calle de Tetuán de Madrid. Desprendido y muy pródigo en las invitaciones a los contertulios, repetía con humor y fina sorna a los escritores y poetas con los que alternaba, que él era el único que vivía de la pluma. Se trataba de un hombre bondadoso y cultísimo, educado en Francia en acreditados Lycées, buen amigo de la noche, de Camilo José Cela, Álvaro Pombo, Gerardo Diego y otros célebres escritores y poetas. Pero su vida despilfarradora y bohemia, entre comilona y comilona, de exceso en exceso, prolongando el día con la noche, acabó dando al traste con la empresa familiar.

Manolito y su familia pasaban los veranos en el pueblo de Cornellana y mantenían una gran amistad con la familia de Marusa, que también acudía con frecuencia a esta localidad asturiana del municipio de Salas de la que era oriundo su padre. Sabino llamó por teléfono una tarde a Antonio para decirle que se encontraban en Madrid unas amigas mexicanas de la familia. Se trataba de Alicia Labra, hija de un exgobernador del Estado de México, a la que acompañaría el propio Sabino y las hermanas María Elena, con su novio, y Marusa, que estaba sin pareja. Para que esta última no se sintiese incómoda, le anima a acompañarles a cenar en el Florida Park. Este local, por entonces, era una emblemática sala de fiestas. Estaba situado en el céntrico Parque del Retiro y se había convertido en el sitio de moda por excelencia durante el verano, donde todo el mundo intentaba dejarse ver.

Antonio, por su modo de ser y su espíritu alegre, no pasaba largo tiempo alejado de las sonrisas femeninas. Y así, sostenía relaciones que no avanzaban más del mes y que enseguida cortaba con el menor pretexto, evitando noviazgos formales y manteniendo la libertad de poder flirtear en cualquier ocasión que se presentase. Desde luego, en ningún momento se había planteado, ni por asomo, comprometerse, es más, sólo de pensarlo le daban escalofríos. Habiendo llegado el día anterior de Pamplona, de los Sanfermines y, aunque nunca renunciaba a la compañía femenina, debido al cansancio acumulado, contestó que no le apetecía. Sabino insistió hasta lograr que aceptase. No se arrepentiría.

Aquella noche estaba anunciada la actuación del cantante Paul Anka, que gozaba de fama internacional, y el Florida Park estaba repleto de gente. El anfitrión del encuentro, Sabino, había realizado personalmente las reservas a su nombre; de modo que, al encontrarse ya en el acceso al Florida, una vez hechas las presentaciones, Antonio cedió cortésmente el paso a Sabino y sus acompañantes accediendo él en último lugar. Llamó su atención que Sabino comenzaba a discutir con el recepcionista a causa de que por alguna omisión u error no figuraba la reserva solicitada. Antonio, que por lo demás era cliente asiduo, se acercó para ver lo que sucedía cuando, en ese mismo momento, el maître se da cuenta de su presencia y se acerca presuroso para saludarle. El maître, sin necesidad de explicación alguna, de inmediato zanja el asunto ordenando poner una mesa para Antonio y sus acompañantes, nada menos que en primera fila.

Marusa Gutiérrez y Antonio Suárez acceden al teatro Campoamor de Oviedo para la ceremonia de entrega de los premios «Príncipe de Asturias», el 24 de octubre de 2014.  | LNE

Marusa Gutiérrez y Antonio Suárez acceden al teatro Campoamor de Oviedo para la ceremonia de entrega de los premios «Príncipe de Asturias», el 24 de octubre de 2014. | LNE

Cuando le presentaron a Marusa, con la primera mirada sintió un fogonazo. ¡La mexicana es guapísima! En el rostro ovalado sobresalen los pómulos de suave curva, nariz ligeramente respingada, una boca bien formada de labios densos y unos ojos negros como tizones que hablan, ríen y atrapan cuando miran. Es alta, estilizada y se movía con reveladora delicadeza. En cuanto conversó con ella, la fascinación fue completa al descubrir una mujer francamente interesante, culta, simpática y amena, elegante sin afectación y con una naturalidad que la hacía totalmente diferente a cuantas chicas había conocido.

Marusa, sorprendida primero con las respetuosas atenciones dispensadas a Antonio por el Florida Park, también quedó cautivada con las historias insólitas y divertidas que Antonio contaba de sus viajes y las experiencias que había tenido en unas y otras latitudes. Nada parecido a las pretendidas agudezas o esas mil frases vacuas que los jóvenes dicen para impresionar y parecer interesantes. El repertorio de Antonio era sorprendente para un chico de su edad y él, que ya sentía un vuelco en el corazón, estaba dispuesto a explotarlo al límite de sus posibilidades. En la sonrisa radiante de Marusa cuando conversaban se adivinaba el mejor de los presagios.

Si Marusa tuviese que señalar algún rasgo especial del que hubiese quedado prendida, no dejaría de referirse a la espontaneidad y el aire agudo, tan propio del carácter asturiano, pero, sobre todo, destacaría la viveza de sus ojos verdes y la intensidad desafiante de la mirada que permitía intuir una arrolladora personalidad, naturaleza soñadora y la fuerza de su voluntad.

Al finalizar la velada, Sabino pidió la cuenta y se encontró con la sorpresa de que habían sido invitados por un empresario presente en la sala que se llamaba Emilio Pardo, propietario de la importante agencia de publicidad que se ocupaba de las campañas promocionales de la compañía de Antonio.

Después de aquella noche, al día siguiente, y durante el resto del verano, la invitó a salir y la siguió por España. De Madrid a Asturias, de Asturias a Barcelona y de nuevo a Asturias. La madre de Marusa se llamaba Consuelo Ruiz Barbotau, hija de mexicano y de francesa, cuyo segundo apellido, Dumas, derivaba de relación de parentesco con el gran escritor francés. El padre, Juan Antonio Gutiérrez Velázquez, asturiano natural de Villazón, en el municipio de Salas, había fallecido dos años antes. Emigrado muy joven a México, disponía de buena preparación debido a que su madre había sido la maestra del concejo. Le habían precedido sus dos hermanos mayores que ya eran propietarios de un ingenio azucarero en Oaxaca nombrado "La Iberia". Juan Antonio medía cerca de 1,90 de estatura y tenía notable porte y elegancia natural, mereciendo el apelativo de "El Caballero", cuando se referían a él.

La familia de Consuelo estaba acreditada como una de las más distinguidas de la sociedad oaxaqueña. Su cuñado había sido gobernador del estado. La madre de Consuelo y los tíos maternos –que eran ingenieros de caminos– habían emigrado de Francia a México contratados por el Gobierno del general Porfirio Díaz en una etapa, finales del siglo XIX, de gran expansión de los ferrocarriles, obras públicas y desarrollo de la llamada agricultura científica en aquel país. Eran huérfanos y cuidaban de su otra hermana, la abuela de Marusa.

Marusa era la penúltima de seis hermanos y todos los años acudían a veranear a Cornellana, en el concejo de Salas. El padre siempre había querido que viniesen a Asturias y, como es habitual entre los asturianos.

["Me siguió todo el verano. Antonio, nos impresionaba a todos porque era conocedor de muchísima gente y de amplio mundo. Nos reíamos muchísimo con sus aventuras y sobresalía, pues sus vivencias no se parecían a las de otros chicos y sorprendía tanta experiencia a su edad. De Antonio tengo que destacar su gran capacidad de trabajo. Es de mucho salir. Siempre salimos muchísimo, hasta las tantas, pero, a primera hora, él nunca fallaba a trabajar. Divertirse sí, pero trabajar mucho" (Testimonios en entrevista abierta con Marusa. Madrid, 1 de junio de 2016)].

Emigrados en México, el padre de Marusa había procurado que sus hijos estudiasen fuera del país, enviando a los dos varones a España. Y a las hijas, Marusa, Consuelo y María Elena, a Estados Unidos (Texas) y Suiza. La menor de los hermanos, María Eugenia, que tenía 16 años cuando falleció su padre, estudió en México ingeniería química y ejerció durante muchos años como profesora de la UNAM.

Marusa tenía muchas amigas en Asturias. Algunas, como ella, de familias reconocidas de emigrantes que venían de México, pero también de Venezuela, Colombia, Estados Unidos y otros países. Los veranos eran inolvidables. Acudían a menudo a Oviedo donde frecuentaban los elegantes cafés de moda o el Club de Tenis y, cuando las ocasiones se presentaban, acudían a las romerías de los pueblos.

Marusa tenía previsto participar, en el mes de septiembre de aquel 1965, en la celebración de las fiestas de San Mateo, patrono de la ciudad de Oviedo. Para la ocasión resultó elegida "reina de América en Asturias" con la misión de presidir, desde una deslumbrante carroza, el multitudinario desfile conmemorativo que tenía lugar en la capital ovetense, organizado en homenaje a la emigración asturiana a América.

A Oviedo la siguió Antonio. Por su protagonismo como reina de América en Asturias, los periódicos regionales recogían todas sus apariciones: bien en el palco de honor del Teatro Campoamor o en las recepciones municipales, donde era recibida por el Alcalde, Antonio Rico, la corporación municipal y agasajada en unos yotros lugares de la ciudad.

Además de los atributos ya mencionados, le precedía la fama de ser millonaria, lo que originaba en Asturias un molesto cortejo de admiradores. Ella, indiferente a los halagos, comentaba entusiasmada a sus sorprendidas amigas, que continuamente la incitaban hacia unos o hacia otros, que ya tenía un pretendiente asturiano que era un torbellino y siempre hablaba con orgullo de su pueblo en Sobrescobio. Las otras, atónitas, le preguntaban: "Pero, ¿dónde queda eso?", como si fuera el fin del mundo, y constantemente le presentaban buenos partidos asturianos, aunque cada vez que veía que alguien la pretendía, siempre daba una educada negativa.

Pero en aquella dura lid ganó Antonio que, con ironía asturiana, dice que "Siempre estará a su lado, trabajando duro, para que viva por encima de su fama". Como las madres siempre procuran cuidar de las hijas y no dejan deinteresarse de las "intenciones" de quienes las rondan –si es algo efímero o va en serio, y qué futuro les puede deparar la relación–, la madre de Marusa se interesó sobre Antonio a través de Prudencio Fernández-Pello, que había sido gran amigo de su difunto marido. Prudencio era persona muy distinguida en Asturias. Entre otros cargos, ocupó la presidencia del Banco de Asturias y la Cámara de Comercio de Oviedo y era director general de la compañía Hidroeléctrica del Cantábrico, responsabilidad desde la que impulsó la construcción de importantes saltos de agua en Asturias.

Prudencio dio excelentes referencias de Antonio, constatando que se trataba de un joven muy trabajador, emprendedor y con futuro. Quizás, por ponerle una pega, le advirtió que quién no le gustaba era algún amigo demasiado alocado, refiriéndose al queridísimo Antonio Cores. Marusa y Antonio, después de un noviazgo que transcurre entre Asturias y México, contraen matrimonio en Oaxaca el 17 de mayo de 1970. El 30 mayo de 1972 nació su hija Fernanda.

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