Ana Rodríguez Fischer, una vida entre el aula, la memoria y la literatura: "En Asturias he escrito gran parte de mis novelas"
Nacida en Vegadeo, profesora universitaria durante 45 años, investigadora y novelista premiada, la autora repasa su vocación, su formación en la Barcelona de los setenta y una Asturias que nunca dejó de habitar

Ana Rodríguez Fischer.
Ana Rodríguez Fischer (Barcelona) La escritora asturiana Ana Rodríguez Fischer (Vegadeo, 1957) retomó recientemente en "Notre Dame de la alegría" la figura de la pintora surrealista Maruja Mallo, lucense criada en Avilés y protagonista en 1995 de "Objetos extraviados", novela que treinta años después amplía y completa. Catedrática de Literatura Española en la Universidad de Barcelona, Rodríguez Fischer ganó con "Antes de que llegue el olvido" el premio "Café Gijón"
La trayectoria de Ana Rodríguez Fischer tiene "una doble vertiente: la docencia y la investigación. Ambas me resultan igualmente gratas o gozosas –como diría Carmen Martín Gaite–, y las dos se relacionan y enriquecen mutuamente. La docencia me ha permitido estar en contacto con los jóvenes a lo largo de 45 años, y me ha proporcionado alegrías y satisfacciones de muy distinto tipo, dado que el trato humano es insustituible y no se está perdiendo tanto como se dice, pese a las restricciones de horarios y calendarios".
La investigación le ha ido abriendo "campos más desconocidos o ignorados o desenfocados y mal entendidos, desde el punto de vista del canon o la historia de la literatura española, de modo que he podido desarrollar una faceta más creativa y libre. Quiero aclarar que muchos de estos trabajos han surgido precisamente de la exploración y actualización a que me obligaba la docencia; al constatar lagunas o simples disparates de enfoque, me dediqué a los rescates de autores u obras ignoradas. De la investigación se han beneficiado también mis novelas".
Lo menos gratificante, y con diferencia, "es la burocratización exigida, y también cierta distorsión a la hora de establecer la dinámica académica, que se parece demasiado a una estructura de poder, en la que las ‘disposiciones’ emanan de rectorado y vicerrectorados y decanatos, en lugar de hacerlo desde los departamentos (el profesorado), que es donde se pulsa, se vive y se conoce la realidad de lo que es una Universidad".
La vocación literaria no nació en una teoría, sino en una voz. "De los cuentos e historias que nos contaba mi padre, que era un infatigable narrador, y hasta diría que fabulador, con una memoria prodigiosa sobre gentes y acontecimientos o anécdotas de Vegadeo y su entorno". También la genealogía materna dejó una huella profunda. "Mi madre nació en Seares, de modo que la historia de ‘la Searila’ y el poema forman parte de mi ADN".
Vino después la lectura "y el extraordinario mundo que nos descubría. Y sin duda la favoreció también una infancia repleta de tiempo y espacio que poblar con la imaginación: no teníamos tantos cacharros (pantallas), los juguetes nos exigían actuar o intervenir, manipularlos, hablarles..., y los juegos también exigían una buena dosis de ingenio e imaginación; especialmente los que se desarrollaban en los espacios abiertos".
Marchó de Asturias "de niña, con 9 años, con mi familia. Recuerdo que, cuando supe que marchábamos a Barcelona, me tranquilicé: seguiría estando cerca del mar, aunque luego descubriría que el Mediterráneo era algo muy distinto. De aquella mi Barcelona primerísima, tengo un inagotable abanico de impresiones y recuerdos. La más deslumbrante y enriquecedora sin duda fue el conocimiento de tantísimas gentes que procedían de lugares muy diversos de España (tanto en el barrio como, sobre todo, entre mis compañeras del instituto), con la increíble variedad de hablas, costumbres y formas de vida en sus múltiples aspectos".
También recuerda "el espacio abierto y libérrimo que era entonces el barrio, donde podíamos jugar con toda libertad sábados y domingos… Recuerdo también vagamente cierta sensación de fealdad, asociada al centro de la ciudad, donde todo era monocromo, de grandes dimensiones y formas geométricas, con sus edificios grises, o al puerto, de aguas aceitosas y malolientes, incluidas las callejas y rincones del Casco Antiguo y el Barrio Gótico, ahora tan transformados. La Naturaleza no aparecía por ningún lado". Después, en los 70, "cuando ya era adolescente o jovencita, Barcelona fue una explosión de vida y cultura, además de fiesta y celebración, o rebeldía y contestación o protesta u oposición, ya en el plano del activismo político".
Su mundo se ensanchó "no solo por conocer en el instituto donde estudié a chicas de mil puntos de España, sino también porque era un microcosmos muy especial; estaba dirigido por Angeleta Ferrer –hija de la gran pedagoga catalana Rosa Sensat– y allí iban a parar profesores que llegaron a ser punteros en sus disciplinas, precisamente por su heterodoxia. Así que Barcelona me aportó una formación intelectual de primera categoría, y también una experiencia personal muy rica en aquellos años, la década de los setenta".
Los recuerdos asturianos de Ana Rodríguez Fischer son "muchísimos, y además pueden rastrearse en algunas de mis novelas. Por ejemplo, en la primera de ellas, que, aunque tiene como protagonista a la pintora Maruja Mallo, la infancia de la artista está construida a partir de recuerdos y sensaciones estrictamente personales, tanto en lo que se refiere al paisaje (ella nació en Vivero, y la Mariña lucense me era muy próxima, y después pasó varios años en Avilés), como a los trabajos y faenas, ciertos oficios, las herramientas, los materiales, los frutos de la tierra, los mercados y ferias, las fiestas y verbenas o romerías… Todos esos elementos tan característicos de la obra de Maruja Mallo están imaginados o rescatados a partir de mi memoria personal. También en ‘El pulso del azar’ juegan un papel relevante Asturias durante la Guerra Civil y el Octubre Rojo".
Nunca perdió el contacto con Asturias; "es más, llevo casi 40 años yendo cada verano, y últimamente paso temporadas más largas. Aquí he escrito gran parte de mis novelas y mis otros libros durante esos periodos. Y más importante, aquí vuelven siempre mis hijos tanto como pueden. Quizá lo que más echo de menos son los inviernos, cuando íbamos a buscar musgo para montar el nacimiento y esas cosas".
Hay procesos que observa con preocupación: "En los últimos años, hemos asistido a la ebullición desaforada del nacionalismo catalán (alimentado por sectores sociales e intereses muy particulares), con las consecuencias bien conocidas por todos. No me gusta ver cómo ese virus se engorda, creo que artificiosamente, en Asturias, y cómo favorece también a sectores minoritarios. Desde el punto de vista cultural, es sumamente empobrecedor; ciertas programaciones de la televisión autonómica me producen sonrojo: son una regresión al tipismo y folclorismo más superficial del siglo XIX".
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