Los jóvenes líderes de la diáspora: Xaviera González prepara a la cuarta generación de asturchilenos y tiene una hija que aprendió el himno de Asturias antes que el de Chile
La profesora de baile de la colectividad asturiana en Viña del Mar, una nieta de emigrantes asturianos fascinada por la tierra de sus antepasados, busca formas nuevas para rejuvenecer la asturianía reorientando la actividad de los centros hacia propuestas "más familiares"

Xaviera González y su hija Cayetana, vestidas de asturianas, en el Estadio Español de Viña del Mar.
Cayetana tiene cuatro años y nació en Viña del Mar, en la costa chilena, aunque su primer regalo fue una gaita de juguete y aprendió a cantar el himno de Asturias antes que el de Chile. Ni sus padres ni sus abuelos han nacido ya en España, pero con ella ha venido al mundo la cuarta generación de los asturchilenos de su familia… O eso espera su madre, Xaviera González, que era más pequeña que Cayetana cuando ingresó en el grupo de baile de la colectividad asturiana en Viña del Mar y es a los 32 años la entusiasta profesora de danza del Centro Asturiano. También la nieta orgullosa del esfuerzo de cuatro abuelos emigrantes que coincidieron en este lugar de Sudamérica partiendo unos de Loroñe, en Colunga, y otros de Viego, en Ponga, y La Felguera. Los abuelos paternos tuvieron una fábrica de colchones y muebles, los maternos regentaron una tienda de ropa y los padres se conocieron en el Estadio Español, el espacio donde siguen sanando la nostalgia las colectividades de emigrantes de todo el país y que, aquí también, “impulsaron los asturianos”.
La asturianía de Xaviera, maquilladora profesional, es el hilo invisible que la conecta con una bisabuela que vivió hasta los 99 años. Ella había emigrado a los diecisiete, había vuelto a España y regresado a Chile y contaba historias. Era “el relato vivo” de una tierra que su bisnieta “encontraba fascinante. A mucha gente le pasa, creo yo, que tiene ese deseo innato de saber de dónde venimos, especialmente cuando es de un lugar tan lejano”.
Aquel impulso para trepar por el árbol genealógico cuajó en el Centro Asturiano a través del folclore. Entró con tres años en el grupo de bailes españoles, seducida por la danza y el entusiasmo de aquella gente a la que “le importaba mucho demostrar de dónde venía. No les bastaba el relato, no era sólo decir ‘vengo de Asturias’, necesitaban enseñarlo: ‘Vengo de Asturias y esto es lo que como, y esta es la música que interpreto y bailo… Todo eso siempre estuvo muy presente en mí”, remata.
Luego vino la Escuela de Asturianía, los viajes a la región y una invitación a desfilar por las calles de Oviedo un Día de América en Asturias que no puede olvidar. “He estado siete veces, las siete he ido a Covadonga y no hay visita a Covadonga en la que no haya llorado…” La pregunta que también se han hecho en el Centro Asturiano de Valparaíso-Viña del Mar es cómo se transmite esa sensación tan personal e indescriptible a medida que pasa lo que, como en todas, ha pasado en su familia, el tiempo. Qué queda cuando se van muriendo los emigrantes originales, cuando algunos de sus hijos y nietos pierden la conexión y los que permanecen en Chile son sobre todo asturianos de tercera y cuarta generación a los que la tierra de sus antepasados les queda cada vez más lejos.

Xaviera González, con el palacio de Buckingham detrás, durante un viaje a Londres. / X. G.
Tiene Xaviera un nombre curioso. Pensó que era español hasta que se enteró de que el femenino de Javier no se usa en España y es muy popular en Chile. “Pero acá hay mucha Javiera, con J”, aclara. “Mi madre quiso salirse de lo común y me lo puso con X, así que podemos decir que, si bien el masculino proviene de España, este femenino lo inventó mi madre…” Hasta ahora, señala, allí “se ha intentado mantener viva la tradición siempre a través del folclore”, pero como el baile “no le gusta a todo el mundo como a mí, o como no todos se sienten inclinados a aprender a tocar la gaita”, se buscan formas nuevas de retener a los que cada vez más, constata, se están acercando al centro tirando del hilo de la nostalgia y buscando reconectar con su familia.
“En lugar de tratar de que la gente empiece a bailar o se incorpore a nuestra banda”, se les ha ocurrido reorientar la actividad hacia propuestas “más familiares”. “Quizá organizar espichas y abrirlas a familias, o centrarse en cosas que los papás puedan compartir con los hijos, actividades a través de las que se pueda evocar un recuerdo que sea grato y bonito para los padres y a la vez sea capaz de integrar Asturias en los niños para que también ellos empiecen a sentirse parte de esta comunidad que es tan linda”. Quien habla de espichas, habla también de pintar huevos por Pascua o de todo lo que se les vaya ocurriendo para hacer crecer la asturianía en el interior de los que inevitablemente van sintiendo que esta tierra está cada vez más lejos.
Es ese, subraya, “el gran desafío” del rejuvenecimiento de la diáspora, conseguir que quieran estar y que no se vea la pertenencia como una obligación ni el centro como el lugar al que los padres llevan a sus hijos a la fuerza. Por si sirve de algo su experiencia, Xaviera cuenta lo que responde cuando sus amigas chilenas le dicen “no sé qué haces ahí”. “Nunca sentí que fuera un sacrificio” ni fue por agradar a nadie. Al contrario. “A mí los asturianos me han abierto las puertas de muchísimas experiencias” y además de viajar siete veces a Asturias “he conocido Argentina, Uruguay, partes de Chile que ni imaginaba… Si eso se puede transmitir, vamos a intentarlo”. De momento, para que cunda el ejemplo, hay una pequeña chilena de cuatro años que ya tiene un traje de asturiana a su medida y a la que su madre lleva a todos los ensayos del grupo de baile del Centro Asturiano. Sin presiones, Cayetana “es nuestra futura directora de banda”, bromea su madre.
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