Una visión asturiana de la "elegante xenofobia" que recorre Japón, "un cruce del zen y la licantropía"
El asturchileno Arturo Escandón, catedrático en la Universidad de Nagoya, analiza la marea de odio al extranjero que recorre Japón y que vuelve a convertir al hombre en un lobo para el hombre

La mierense Gisele Fernández, profesora asturiana en Kioto, huele unos cerezos en flor en esta ciudad japonesa. / A.E.
Arturo Escandón es catedrático en Educación de Lenguas Extranjeras en la Universidad de Nanzan, en Nagoya (Japón). En "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA firma la serie de artículos "Japón en madreñes", en los que da su visión de la sociedad japonesa y trazando curiosos paralelismos entre el "país del sol naciente" y este "paraíso natural" del norte de España. Escandón nació en Santiago de Chile, en el seno de una familia asturiana. Por lo que se define como "asturiano, español y chileno". Se afincó en Japón a principios de los años 90 y desde entonces comenzó a viajar con mucha frecuencia a Asturias, a donde acude cada verano junto a su pareja, la asturiana Gisele Fernández, también profesora universitaria en Japón.
Las elecciones parlamentarias de julio de 2025 levantaron una marejada de xenofobia en Japón. Partidos de nuevo cuño tales como Sanseito obtuvieron victorias electorales bajo el lema «Japón primero», es decir, Japón para los japoneses, no para los extranjeros. Se trata de un sucedáneo tardío de las políticas migratorias que Trump viene implementando en Estados Unidos y que produjeron que el Partido Liberal Demócrata —que lleva gobernando casi ininterrumpidamente por casi siete décadas— se escorara a la derecha y reemplazara a su líder por Sanae Takaichi, la primera mujer en conducir el Ejecutivo japonés.
Desde su ascenso en octubre de 2025, Takaichi viene dando un golpe de efecto tras otro con mano de hierro: políticas de inmigración ilegal cero, revisión de los requisitos para obtener visados de residencia, aumento de los años necesarios para solicitar la nacionalidad, endurecimiento del cobro de las cotizaciones a la seguridad social, y denegación de la construcción de cementerios mahometanos, entre otros tantos anuncios.
La ciudadanía japonesa está mosqueada. Al alza del precio del arroz, una inflación galopante y la depreciación del yen frente al dólar y al euro, se suma la sensación de una verdadera invasión extranjera. Los trenes que conducen a la masa de trabajadores a sus puestos de trabajo, ya de por sí atestados de gente, se colapsan aún más con la llegada de los bárbaros de ultramar que vienen a hacer añicos las normas de la civilización japonesa.
El éxito de la política cocinada por el Partido Liberal Demócrata que favorece el turismo extranjero en Japón, y que atrae cada año a unos 200.000 españoles al país, ha venido acompañado de una verdadera horda de ciudadanos chinos que están comprando los pisos de Tokio como si fueran décimos de la Lotería de Navidad. Incluso circulan en redes sociales historias de una conspiración china para hacerse con mapas de agua estratégicas.
El «amestau» de desinformación es extraordinario. La inmigración ilegal —que es mínima— se mezcla con el turismo, y este con la fiebre de adquisiciones de viviendas por parte de ciudadanos chinos, y esta con las menos de 20 mil personas que solicitan asilo al año —España recibió unas 160 mil en 2024—, y todo esto con la falta de un sistema unificado que permita a las autoridades controlar las imposiciones fiscales, las cotizaciones a la seguridad social y el estatus migratorio. Japón, país de refinada ambigüedad, acaba de implantar algo parecido al NIF, pero su uso no es obligatorio.
La prensa apenas trata el tema de la explotación de extranjeros bajo un programa de entrenamiento técnico orientado a la capacitación profesional, pero que en la práctica ha funcionado como mecanismo de importación de mano de obra barata, con escasa protección laboral, en sectores como la manufactura, la construcción, la agricultura y el cuidado de ancianos.
Los abusos contra este medio millón de trabajadores incluye salarios por debajo de lo legal, horas extra no remuneradas, restricciones para cambiar de empleador, endeudamiento con voraces intermediarios en países de origen y altas tasas de abandono, lo cual equivale a la «fuga» de los trabajadores. ¿Qué derechos tienen? Muy pocos. Solo pueden permanecer un máximo de cinco años en el país. No es nada fácil que consigan el arraigo. Tampoco tienen derecho a traer a su cónyuge o hijos durante la duración del programa.
Vergüenza ajena y propia me da al escribir estas líneas, que llevo viviendo en Japón más de tres décadas. A ver, el país es una máquina de extracción de trabajo prácticamente esclavo, pero la población, en lugar de agradecer o defender al esforzado trabajador foráneo, acaba linchándolo en la plaza. Y para más inri, las páginas y publicaciones en redes sociales que dan a beber el cóctel del Japón maravilloso para los turistas pasados y venideros, junto con este amestau que da cuenta de las invasiones bárbaras, recibe miles de «me gusta» y corazoncitos a favor de cualquier medida que signifique un golpe más en el mentón del abofeteado trabajador extranjero.
Extraño perfil psiquiátrico es el de este internauta agresivo que se desquita contra los débiles, reafirma su capacidad de consumo, se enorgullece de su éxito, al tiempo que busca fotografiar los efímeros pétalos de una flor de cerezo esparcidos por el viento de la primavera nipona con la cámara de su teléfono inteligente, como si fuera un ejercicio de meditación zen. Adoran el arte y la cultura japonesas.
Solemos decir que Japón viene del futuro. No lo sé. Solo sé que habría que cuidar más que nunca a Asturias y a España, para que eviten ser arrastradas por estos tsunamis sociales y políticos que siempre nos devuelven a un pasado donde el hombre es el lobo del hombre. Mirad a vuestro alrededor: las condiciones están dadas para que una noche de luna nos transformemos en lobos. La bella licantropía zen. Todo pende de un hilo.
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