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El centro asturiano que dio clase gratis a miles de alumnos y otras historias desconocidas de la casa regional más antigua del mundo

El periodista y escritor Honorio Feito recibió en Madrid el “Urogallo especial con mención honorífica” con un repaso a los orígenes filantrópicos y humanitarios de la institución que aglutina a los asturianos en la capital

Desde la izquierda, Andrés Menéndez, presidente adjunto del Centro Asturiano de Madrid, Honorio Feito, Valentín Martínez Otero y Francisco Ramos Oliver.

Desde la izquierda, Andrés Menéndez, presidente adjunto del Centro Asturiano de Madrid, Honorio Feito, Valentín Martínez Otero y Francisco Ramos Oliver.

Cuando todo esto empezaba, en los años finales del siglo XIX, el llamado “Centro de Asturianos” de Madrid se parecía poco a lo que ha terminado siendo, un club social para el ocio y el sustento cultural de la nutrida colonia de naturales del Principado asentados en la capital. Al principio, esta que fue la primera casa regional abierta en España y la segunda del mundo –tras el Centro Gallego de La Habana–, y que ha sobrevivido hasta convertirse en la más antigua del planeta, hacía falta para hacer frente a otras necesidades más apremiantes.

Nació para ser casa de socorro, y casi hospital de beneficencia, y dio escuela gratis a miles de asturianos o hijos de asturianos… El periodista y escritor Honorio Feito Rodríguez, valdesano de Merás residente en la capital, recibió el “Urogallo especial con mención honorífica” que le concedió en 2025 el Centro Asturiano volviendo por un instante al Madrid complicado de la década de 1880. Agradeció la distinción con una clase de historia que se extendió en un detallado relato sobre los orígenes de una institución que ha cumplido 144 años.

El discurso de aceptación y gratitud de Feito en el acto de entrega del galardón se detuvo en la vertiente benéfica, clave en la génesis de una sociedad que encontró su razón de ser en la atención a la necesidad de sus paisanos, y en la “institución gratuita de enseñanza”, la dimensión educativa que el centro construyó para que tuvieran instrucción a los que no disponían de medios para acceder a ella.

El periodista se dio un paseo por aquel Madrid de 1885 en el que el Centro lo presidía Ramón de Campoamor, “el poeta más famoso del siglo XIX”, y hacía frente a las urgencias de los más débiles proporcionándoles asistencia sanitaria gratuita en sus instalaciones. “El prestigioso médico Ángel Lago González pasaba consulta diaria y gratuita en el domicilio social del Centro Asturiano entre las dos y las tres de la tarde”, y de su mano se empezó a fraguar el propósito de contar con “un hospital de beneficencia", finalmente no consumado "por falta de apoyo oficial”, expuso el premiado.

También fue Campoamor, añadió Feito, el gran impulsor de la sección de enseñanza, que echó a andar en el mes de octubre de 1885 –estaría activa hasta 1936– y que el boletín del Centro anunciaba en su número de agosto. “La matrícula estará abierta”, decía, “durante el mes de septiembre en la Secretaría del Centro (Travesía de Trujillos, 2 pral.) y es indispensable acreditar en la misma, para poder asistir a las clases, ser asturiano o hijo de padre o madre asturiana, con residencia en Madrid”. Se daba caligrafía, aritmética y cálculo mercantil, francés, inglés y alemán, mecanografía, dibujo, piano y pintura… La escuela, a la que ya asistían más de quinientos alumnos en el curso 1887-1888, permaneció abierta hasta el estallido de la Guerra Civil, en 1936, y se contaron por miles los alumnos que pasaron por sus aulas.

El homenaje del Centro Asturiano a Feito, y el de Feito a los precursores y a los socios de los 144 años de historia de la institución, partió de una introducción a cargo del presidente de la entidad, Valentín Martínez Otero, y contó con una glosa del premiado, que escogió para su semblanza al general Francisco Ramos Oliver, director de la Fundación Museo del Ejército y presidente de la Asociación de Amigos del Museo del Ejército y de la Historia y la Cultura Militar. El discurso del galardonado guardó también un reconocimiento para los “antepasados vaqueiros” que delata su apellido. Desde el relato de la discriminación que sufrieron los pastores trashumantes llegó hasta la lista larga de “vaqueiros ‘cum laude’” que han alcanzado el éxito a este lado de la historia, y hasta la conclusión de que “no se puede entender el desarrollo del comercio madrileño sin la presencia de los asturianos, y, lógicamente, de los vaqueiros”.

Al premiado, periodista y escritor muy inclinado al estudio de la historia, autor de estudios biográficos de asturianos ilustres o del “Diccionario de la historia de España”, lo dejó retratado su glosador como “un humanista interesado y preocupado por todo lo que le rodea” y como un hombre “sencillo, divertido e irónico, buen conversador y que se defiende en la tonada”. También como un “amante de la buena mesa, de su tierra asturiana y de su familia, entusiasta de su trabajo, que escudriña el pasado y el presente con vocación de futuro, pues está convencido de que la historia es la maestra de la vida y de la libertad, de que buena parte de los problemas de convivencia que nos afligen se solucionarían con un mejor conocimiento de nuestro pasado, de nosotros mismos, único bagaje que tenemos para dirigirnos a un futuro desconocido pero siempre esperanzador”.

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