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Todas las vidas del ingeniero que quiere saldar la “deuda moral” del emigrante: “Asturias tiene lo más difícil de conseguir, la materia gris, pero nos falta creérnoslo”

El gijonés Andrés Abad, ejecutivo tecnológico residente en Ginebra y especialista en inteligencia artificial con experiencia en el CERN, la ONU, la OMS o la alianza de las vacunas Gavi, creó un think tank para canalizar el retorno de conocimiento de la diáspora que terminó cerrando por las dificultades para conseguir “la tracción suficiente entre la gente local”

Andrés Abad, durante su participación en el evento principal de la ONU sobre inteligencia artificial (AI for Good).

Andrés Abad, durante su participación en el evento principal de la ONU sobre inteligencia artificial (AI for Good).

Sin necesidad de salir de Ginebra, una ciudad que tiene menos población que Oviedo y es la capital de un cantón suizo con la mitad de habitantes que Asturias, Andrés Abad Rodríguez ha trabajado desde 2007, entre otros destinos de sonora reputación, en las entrañas tecnológicas del laboratorio de física de partículas del CERN, en la Organización Mundial de la Salud, Naciones Unidas, la multinacional de productos capilares Wella, Cruz Roja o últimamente Gavi, la alianza mundial para las vacunas, donde ejerció como jefe de tecnología y operaciones hasta que los recortes de la administración Trump en cooperación al desarrollo determinaron un recorte de personal.

Abad es ingeniero informático, gijonés nacido por accidente en Las Palmas, ejecutivo tecnológico especialista en transformación digital de empresas e inteligencia artificial, y ha comprobado que el mundo tiene muy pocos lugares con este nivel de dinamismo económico, este ecosistema empresarial de oportunidades laborales y esta sensación de que “las cosas se mueven” y siempre “hay esperanza y futuro”. Sabe que no le podrían igualar una carrera como ésta en casi ninguna otra esquina del planeta y confirma que desde aquí, obviamente, es casi impensable el retorno. El físico, porque en todo este tiempo, en su retrovisor, Asturias no ha dejado de emitir señales.

Los asturianos, reflexiona, “tenemos una cosa rara, que no veo en los emigrantes de otras regiones, un impulso por devolver lo que hemos recibido. Tenemos esa especie de deuda moral con nuestra tierra” que en su caso se manifestó con un empujón para crear el think tank “Astai Forum”. Era un espacio de reflexión y motor de ideas que quiso conectar el talento del interior y el exterior de la región para compartir conocimientos, traducirlos en proyectos y explorar “cómo Asturias se puede beneficiar de la inteligencia artificial en el corto, medio y largo plazo”.

Aquella tentativa de intersección entre las Asturias de dentro y de fuera fue su forma de materializar el impulso por “devolver lo que he aprendido e intentar ayudar a la tierra que me dio una educación, un lugar para crecer y la sanidad pública que me curó de un cáncer antes de dejar la región…”

La iniciativa se desvaneció el pasado diciembre, pero las ganas no. Detuvo la actividad del foro después de comprobar que era “complicado conseguir la tracción de la gente local”, tal vez que le costaba “explicar lo que quería y tener influencia” después de casi veinte años en Suiza. Le costó, pero la experiencia deja discusiones y proyectos interesantes, afirma, y sobre todo un poso esencial sobre todo lo que Asturias tiene y puede conseguir y no lo sabe. “Porque tenemos lo más importante, que es la materia gris”, señala. “Puedes comprar ordenadores, electricidad, turbinas, pero la materia gris es lo más difícil de atraer”.

Y aquí, añade mirando a lo que más conoce, en formación de talento “no tenemos que envidiar a nada a Oxford, a Cambridge o Harvard. En todas partes hay gente muy buena, pero el ingeniero medio asturiano y español es muy bueno. Nos falta creérnoslo, entender que no somos menos que nadie”, quizá cambiar muchas mentalidades, pero ya está aquí el talento y esa voluntad generalizada de los que se han ido de aportar gratis lo que han aprendido.

En el sedimento que ha dejado el think tank quedan, entre otros asuntos concretos a seguir, algunas conclusiones sobre las capacidades de Asturias para atraer “equipos de IT”, que se encargan de gestionar las infraestructuras tecnológicas de las empresas, o muchas conversaciones sobre la utilidad de la inteligencia artificial para la implantación del “gemelo digital en la Administración”, ese asistente que ayudaría al funcionario a agilizar tareas complejas o a analizar grandes volúmenes de información…

La semilla está plantada. Las ganas de colaborar y devolver lo aprendido siguen ahí después de una carrera larga de dieciocho años fuera de España que empezó como tantas otras, una oportunidad para trabajar en el CERN seis meses que se convirtieron en siete años. “Con un inglés casi básico y sin francés”, Andrés Abad superó unos comienzos “complicados” para trabajar primero en el sistema de control de gases del acelerador de partículas y después, con el tiempo, ascender hasta responsabilizarse del equipo que gestionaba el software para el análisis de los datos de la gran instalación ginebrina, la más importante del mundo en su género.

Recapitulando, “entré en el CERN la semana antes de que pusiesen la última etapa del acelerador y salí cuando habían descubierto el bosón de Higgs”, con la satisfacción de haber puesto una “piedrecita” y de haber oído decir a la directora general que “el servicio que yo lideraba había sido una de las partes críticas en la cadena del descubrimiento”.

Andrés Abad, con la medalla que ganó en el Campenato de Suiza de judo para veteranos.

Andrés Abad, con la medalla que ganó en el Campenato de Suiza de judo para veteranos. / A. A.

Era 2014 y en el horizonte del ingeniero gijonés apareció la Organización Mundial de la Salud (OMS). Tuvo que abrirse paso en la gestión de todo el sistema web de la institución, “con un cuarto de millón de páginas” y un retraso tecnológico que tuvo que dedicarse a actualizar. Justo entonces había empezado a estudiar un máster en Administración de Empresas a distancia, a empaparse de conocimientos de marketing y finanzas, y a reestructurar su mente.

Un día levantó la mano para sugerir la implantación de un “hub de innovación” en la organización. Sería algo así como una fábrica de ideas en la que la OMS fuera “un nexo entre la necesidad y la solución”, por ejemplo proponiendo el uso de los trajes especiales que fabrica la NASA como red antimosquitos contra la malaria, o el uso de drones para entregar medicinas en caso de desastres.

Hubo quien se rio, pero el hub salió adelante y “fue la semillita de muchas de las iniciativas de innovación que hay ahora en la OMS”, pero la inquietud de Andrés le llevó a cambiar de organización internacional y emprender, a partir de 2019, una etapa nueva en la Agencia de las Naciones Unidas para la Propiedad Intelectual. La tarea de mejorar el sistema de conferencias y eventos le proporcionó su primer contacto con la inteligencia artificial y abrió una puerta para vivir el estallido de la pandemia trabajando en el Centro de Computación Internacional de la ONU, una suerte de “consultoría de informática para la ONU, el Banco Mundial, la Corte Suprema Internacional y otras organizaciones internacionales”. Llegó para ser gestor de proyectos, pero terminó teniendo que organizar a marchas forzadas “un programa de diplomacia digital” para facilitar el trabajo de esas agencias y la toma de decisiones de alto nivel, tan necesarias en aquellos momentos de crisis mundial.

Le surgió la oportunidad de dar el salto al sector privado en Wella, donde dirigió no sin dificultades el centro de excelencia digital y creó una oficina de proyectos digitales, pero un cambio de propiedad y el rechazo de un traslado a Lisboa le enviaron a buscar nuevos horizontes. Empezó a dar clases sobre inteligencia artificial y transformación digital en una universidad de Ginebra, lideró la oficina de gestión de proyectos de Cruz Roja y entonces apareció Gavi, la asociación de entidades públicas y privadas para mejorar el acceso a las vacunas en los países en desarrollo que fue galardonada con el premio “Princesa de Asturias” de Cooperación Internacional en 2020.

Como jefe Tecnología y Operaciones, Andrés Abad se puso a partir de agosto de 2024 al frente de un equipo de 185 personas, pero este diciembre, como consecuencia entre otras circunstancias de los recortes en cooperación al desarrollo de la administración Trump, la organización se vio obligada a reducir drásticamente su personal. Intentaron minimizar los impactos en las áreas que tratan directamente con los países, se centraron en los servicios generales y el ingeniero gijonés fue uno de los damnificados…

Ha vuelto a estudiar, en un curso de liderazgo empresarial en Oxford y otro de inteligencia artificial y computación cuántica, colabora como consejero en la junta directiva de la Fundación Quantum AI, una organización sin ánimo de lucro para apoyar la investigación y la educación en ciencia y nuevas tecnologías, y siempre que ha podido ha seguido practicando el judo. La pasión que nació a los siete años en Gijón y siguió en el equipo de la Universidad de Oviedo se ha prolongado en Suiza, donde ganó en 2019 el campeonato de Ginebra de veteranos y en diciembre acabó tercero en el certamen nacional.

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