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Las memorias del abuelo José Estrada entre la guerra y la revolución: Pepito de Valmurián, un asturiano de la Patagonia que siempre pidió justicia y libertad

José Estrada Fernández (1916-2008) nació en Comodoro Rivadavia por causa de la emigración de sus padres, pero vivió su juventud en Asturias entre Octubre del 34 y la Guerra Civil, significándose como dirigente socialista en el entorno de su pueblo, Valmurián (Mieres)

El abuelo Pepito de Valmurián dejó sus memorias escritas a sus nietos, hoy residentes en la Patagonia argentina, un minucioso relato al que ha accedido LA NUEVA ESPAÑA y donde brilla su estilo literario y la incansable defensa de su principios en el "mundo agitado y con pocas perspectivas" que le tocó vivir

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6f7210b0 6a83 4f6d b0c9 f4936477e3bd / Familia Estrada

Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

¿Qué iban a hacer con aquella gallina que, probablemente, viajaba mareadísima en el maletero del coche? Imposible llevarla hasta la Argentina. ¿Qué hacer con aquel extravagante regalo que les había hecho un vecino de Valmurián (Mieres) al verlos de regreso al pueblo 46 años después? Los identificó al instante. Eran ellos. José Estrada, un socialista al que llamaban Pepito, su mujer Carolina y su hija María de los Ángeles. La última vez que el hombre de Valmurián había visto a la nena tenía tres años. No podía creérselo. Habían vuelto. De la emoción se lanzó al gallinero y les entregó una pita. Era 1998.

Hoy nadie sabe qué fue de aquella pita. Hoy es diciembre del año 2025 y Ricardo Daniel González Estrada está contando a LA NUEVA ESPAÑA, a través de una videollamada, la historia de su familia materna asturiana, de sus abuelos José y Carolina, de su madre María de los Ángeles. Ricardo vive en Comodoro Ribavadavia, la ciudad del petróleo en la Patagonia argentina. Está muy implicado en el Centro Asturiano que hay esta ciudad de unos 200.000 habitantes, a 1.700 kilómetros al sur de Buenos Aires. Vive de una empresa familiar que ha conseguido echar arriba junto con otros dos hermanos, un negocio de ferretería y fontanería. Tienen una fábrica de tanques de agua y de premoldeado de cemento. Han prosperado a fuerza de trabajar. Pese a la eterna crisis que sacude a la Argentina, “gracias a Dios vivimos bien”, dice. Gracias a que progresaron, su madre, hoy ya fallecida, pudo cumplir “el sueño” que tenían los abuelos Pepito y Carolina: volver a Valmurián.

Habían vivido, y sufrido, mucho en Valmurián. Especialmente José Estrada, el abuelo, ex dirigente socialista, que había luchado en la Revolución de Octubre del 34 y luego en la Guerra Civil, donde fue severamente herido en combate contra las columnas gallegas de los sublevados, que acudían a romper el cerco republicano a Oviedo. Tras la Guerra y la derrota, Estrada tenía sobrados motivos para dejar España. Uno de los últimos días que estuvo en Valmurián fue aquel en el que, en la estación de La Pereda (Mieres), vio bajarse a un hombre con gabardina y escopeta al hombro. Era el capitán de la Guardia Civil que venía a cazarlo. Y cómo el guardia no le ponía cara, Estrada aún tuvo la sangre fría de indicar a su propio verdugo por dónde se iba a Valmurián cuando éste, completamente despistado, le preguntó.

“Mi abuelo escribía en una agenda, al final del día, todo lo que había pasado. Y nos dejó a un libro dedicado a los nietos donde contaba su vida”, dice Ricardo González Estrada. Al punto y como primera frase de la larga historia que va a relatar, añade: “Porque mi abuelo, en realidad no era asturiano…”

(Lo que sigue es un resumen de “Mis vivencias. Desde el Chenque al Monte Llagos”, el libro que Pepito de Valmurián dejó a sus nietos como el legado de un hombre que nació “en un mundo agitado y con pocas perspectivas”. Un tiempo que le marcó, como dice en el prólogo: “En la juventud, el que sufre y ve padecer a sus hermanos adopta una ideología redentora. Yo, después de profunda reflexión, opté por la que creo que es la esencia de la libertad, la democracia, la solidaridad y la justicia. La mantengo inalterable, aunque comprendo que las ideologías, lamentablemente, llevan el camino del ocaso. Los principios son inmutables. Esa es mi convicción que avala un conducta sana y natural”)

Una imagen de juventud de José Estrada Fernández

Una imagen de juventud de José Estrada Fernández / Familia Estrada

1916, nacimiento en la Patagonia

José Estrada nace el 25 de octubre de 1916 en Comodoro Rivadavia, en la Patagonia argentina. Es hijo de los emigrantes Celestino Estrada Álvarez, de Loredo, y de María Fernández Fernández, de Valmurián, ambos pueblos en el concejo de Mieres. José nació solo 15 años después de la fundación de la ciudad de Comodoro Ribadavia. Entonces era “una incipiente población con casas dispersas a orillas del mar en el Golfo de San Jorge”. Pero la extracción del petróleo y el negocio de la lana, floreciente durante la I Guerra Mundial, “atraían a gente de todas las nacionalidades”. El padre de Pepito administraba un campo de ovejas propiedad de su hermana, pero por un “desentendimiento familiar”, deciden volver a su tierra natal en 1919.

Encuentro con Valmurián

Ya al otro lado del mar, en Asturias, el matrimonio y dos hijos, María de la Paz y José, se instala en casa de los abuelos paternos, en Valmurián, concejo de Mieres. El padre no se integra bien en Asturias. Está, recuerda José en sus memorias, “poseído por ese misterioso influjo de la Patagonia, adquirido en sus catorce años de residencia en la zona de Río Gallegos administrando campos”.

Así que el padre de José Estrada decide regresar a la Argentina. Celestino deja atrás a sus dos hijos y a su mujer embarazada de un tercero, Carlota. Regresa a visitarlos en 1921. Su hijo José tiene “vagos recuerdos” de él. El padre no tarda en volver a la Patagonia. Le da tiempo, no obstante, a “encargar” un nuevo hijo, Jesús.

Aquel emigrante no volvió nunca a Asturias. Dos años después, Celestino Estrada muere de tuberculosis en Chile, a donde le recomendaron ir por tener un clima más cálido. "En su soledad, con el dolor de la ausencia de los seres queridos, fallece en un hotel de la capital chilena en 1925. Tengo nueve años y ya me doy cuenta de nuestra lastimosa situación. Sin muchas perspectivas tenemos que seguir en Valmurián”, escribe José Estrada en sus memorias.

El descubrimiento de la lectura

El abuelo de José Estrada, jubilado de Fábrica de Mieres con poca pensión, se convierte en el cabeza de familia. Viven de vender la leche y algún ternero. Y de la huerta. José se inicia en sus primeras letras. Tiene la escuela en Baíña, a “tres kilómetros por caminos escarpados”. Luego pasa a la escuela de otro pueblo, Aguilar, donde hay maestro titulado. Descubre su pasión por los libros, que le acompañará toda la vida.

Escribe: “Siendo todavía muy chico tenía una notable predisposición para la lectura. Mi abuela materna –a los abuelos paternos no los conocí- era analfabeta, pero tenía no obstante la condición de ser una persona con un sentido filosófico impresionante. Estaba suscrita a un diario muy popular de Oviedo que tenía por nombre ‘El Carbayón’, que viene a ser en Asturias el roble, y su adquisición tenía la finalidad de que yo le leyera las noticias de las que era una apasionada. Como lo que se estudia se oye o se aprende a tan tierna edad no se olvida nunca, recuerdo la lectura del viaje cruzando el Atlántico del Plus Ultra con Ramón Franco, Ruiz de Alda, Durán y el mecánico Pablo Rada. Su llegada triunfal y el apoteósico recibimiento que les fue dispensado por la ciudad de Buenos Aires el diez de febrero de 1926”.

En diciembre de 1931 fallece el abuelo de José Estrada. Queda la abuela Carlota, la madre de José y tres hermanos pequeños. Y él como cabeza de familia. “A mí me cabía la responsabilidad de hacerme cargo de la dirección los trabajos del campo”, escribe.

Pese a que tiene que tirar del grupo familiar, José sigue leyendo todo lo que puede. De la que va repartir la leche a Ablaña, un vecino que había estado emigrado a Argentina le manda comprar los periódicos que llegan a media mañana en el expreso procedente de Madrid, “El Sol” y “El Heraldo”, editados en la capital. Pero antes de dárselos al vecino “me enteraba de su contenido”.

La gran esperanza republicana

La II República llega cuando José Estrada tiene 15 años. “Participé en los festejos. Es impresionante la repercusión que produce en la conciencia ciudadana”, anota en sus memorias. Para José es un momento de despertar intelectual. Con jóvenes de otros pueblos forma una biblioteca pública a la que denominan “Sociedad Cultural de El Padrún”. Así recuerda aquellos momentos de despertar ciudadano: “Se celebraban lecturas comentadas y debates de ideas en un ambiente de comprensión edificante. Los hombres de la República hicieron por la cultura y la educación en dos años más que en cincuenta el régimen anterior. Lamentablemente la confabulación de los extremismos de izquierda y derecha, el caciquismo los terratenientes y sus acólitos truncaron aquella gestión tan prometedora para nosotros en el año 1933”.

Llega la Revolución: la decepción de la masa incontrolada

Con 18 años le toca la revolución de octubre de 1934. “Me había afiliado a la Juventud Socialista de La Pereda, que llevaba el nombre de Manuel Llaneza, fundador del poderoso sindicato minero y alcalde socialista de Mieres. Pertenecía a la Comisión Directiva y me habían designado secretario de organización”. Cuando José escribe sus memorias, superados “con creces” los 85 años, considera que “la revolución se desató por un error de enfoque”.

Así recuerda aquellos días: “El día 4 de octubre de 1934 nos ordenan desde Oviedo que al amanecer del día siguiente estuviéramos preparados. Se había declarado la huelga general. El día 5 (de octubre) se inició la revolución. El objetivo que teníamos señalado era la toma del cuartel de la Guardia Civil de El Caño de la Salud próximo a Mieres. La acción por sorpresa fue rápida, unos cuantos cartuchos de dinamita lanzados sobre el techo del cuartel quebró la moral de los guardias, que se entregaron sin resistencia, siendo bien tratados. Había pocas armas, pero la dinamita hábilmente manejada por los mineros causaba terror. Proseguimos hasta Mieres. Las fuerzas del cuerpo de asalto se habían rendido, así como los cuarteles de la Guardia Civil en todo el contorno de Turón, Ujo, Pola de Lena y Aller. Las instrucciones recibidas eran las de comportarse correctamente con los habitantes de las zonas ocupadas. Estaba en nuestro ánimo mostrarnos organizados y disciplinados, cortando de raíz intentos de pillaje. No obstante, en una situación similar en la que se desatan las pasiones son inevitables los abusos. Pese a una enconada de defensa que hicimos de casa Martínez, el comercio más importante de Mieres, no nos fue posible impedir el saqueo. Son los individuos incontrolados o manejados quienes desprestigian a las revoluciones bien intencionadas como la nuestra. He visto con horror cómo en la plaza del Ayuntamiento un salvaje ultimaba a un guardia de asalto que se había entregado mansamente. Fue detenido, pero el hecho ya estaba consumado. Hubo también venganzas personales. En la vecina localidad de Turón, fueron asesinados seis religiosos. Esta experiencia dejó en mi espíritu la impronta de considerar como fundamental para consolidar la paz social la educación de los pueblos y el respeto a las ideologías y las creencias”.

José Estrada rideado de sus bisnietos, en su casa de Comodoro Rivadavia.

José Estrada rideado de sus bisnietos, en su casa de Comodoro Rivadavia. / Familia Estrada

La represión y quema de libros

La revuelta socialista en Asturias fracasa, los mineros quedaron “solos y sin ayuda”. Y así relata lo que vino después: “Los mineros, en la persona del dirigente Belarmino Tomás, pactaron la rendición con el General López Ochoa, en condiciones que no fueron cumplidas por los vencedores. La represión fue brutal. Por su crueldad fue famoso el comandante de la Guardia Civil Lisardo Doval, que llevó a cabo un sangriento ajuste de cuentas. Hubo venganzas y actos de inhumanidad injustos. Las numerosas bibliotecas obreras fueron destruidas. La nuestra que teníamos en El Padrún, que tanto sacrificio nos había costado, corrió la misma suerte. Los guardias de asalto hicieron una hoguera con todos los libros sin excepción. La cultura atemoriza a las castas dominantes”, recuerda José Estrada, cuyo compromiso político continuaría. De hecho, en 1936, firmaría colaboraciones en el diario “Avance”, ya a las puertas de la Guerra Civil.

Una contienda fratricida

Aquel sábado 18 de julio de 1936 se le quedó bien en la memoria, tal y como refleja José Estrada en su autobiografía. Se celebraba fiesta en el pueblo de su padre, en Loredo. “Yo había trabajado todo el día y después de cenar me fui al festival. Apenas llegar me informan de que se cumplieron las conjeturas: los militares se levantaron en armas contra el gobierno legítimamente constituido”.

El gobierno argentino ordena repatriar a todos sus nacionales. El cónsul general en Gijón cita a José Estrada. Le ofrece volver a su país natal. Por sus venas corría sangre asturiana por los cuatro costados, pero legalmente él había nacido en la Patagonia y, por tanto, era argentino. El problema está en que toda la familia de Pepito Estrada (madre y tres hermanos más, uno de ellos mujer) es nacionalidad española. Todos menos él. José Estrada declina salvarse a sí mismo. “Le agradecí la invitación (al cónsul) manifestándole que desistía por considerar que sería un cobarde si no corría la misma suerte que mi familia”. El representante de la República de la Argentina le felicita.

Tiempos de guerra

En aquellos años en los que España se preparaba para abrirse en canal, Estrada se recuerda como un joven “de temperamento tranquilo”. Formaba parte de una “juventud idealizada” que defendía a la República “con un entusiasmo que llegaba hasta el paroxismo”. Él ya está afiliado al PSOE. Lo nombran integrante del Comité de Guerra de El Padrún. “Nuestra misión consistía en evitar posibles infiltraciones o sabotajes en los transportes con tropas y asegurar el abastecimiento de víveres a la población civil”, escribe.

En noviembre de 1936, Pepito el de Valmurián se incorpora al Batallón número 32 “Méjico”, llamado así “por la ayuda que este país prestaba a la causa republicana”. Estrada piensa que quedarse en la retaguardia es una cobardía y eso que “como argentino nadie me obligaba” (a entrar en combate).

Bautismo de fuego

Pronto probará la dureza de la batalla. “Nuestro bautismo de fuego fue un desastre”. Acuden a cortar el paso de las columnas gallegas de Franco que vienen a auxiliar a Aranda y romper el cerco de Oviedo. “Al amanecer del 28 de noviembre atacamos con decisión las posiciones enemigas del monte de los Pinos, en las inmediaciones de Grado, usando granadas de mano”. Frente a ellos “moros y legionarios” que “convirtieron aquel escenario en un infierno”. Los heridos en la parte republicana fueron cuantiosos. Estrada cae en combate. “Yo sufrí heridas en las cuatro extremidades: en un brazo y una pierna por las balas Dum Dum, prohibidas por la Convención de Ginebra, las que me causaron graves desgarros. Balas de fusil Mauser me causaron las otras heridas”.

Debe su vida a un familiar. En pleno combate, le salva Celestino Rodríguez, hermanastro de sus primos Marcelino y Arsenio. Más adelante, ambos volverán a encontrarse y también ellos emigrarán a la Argentina. Celestino logra sacar a Pepito del campo de batalla: “Bañado en sangre y entre una impresionante balacera pudo sacarme del fragor del combate, llevarme en el coche del comandante hasta el hospital de urgencias instalado en Trubia, a pocos kilómetros del frente”. Llegó casi desangrado, pero le salvaron la vida.

Muerto y resucitado

Ingresa en el hospital de sangre de Mieres, “establecido en la antigua escuela de ayudantes facultativos de Minas”. Padece “curas terribles”. A su familia le dan un susto de muerte cuando acuden a visitarlo y les informan de que está muerto. Hay incluso un ataúd con su nombre en el cementerio municipal. Abren la tapa para identificarlo. No es él. Es el cadáver de otra persona. Lo encuentran, por fin, en el hospital. “Pero estaba casi moribundo”, escribe Pepito. El muerto era realmente un teniente que había estado ingresado en la cama contigua.

Tras una estancia recuperándose en Gijón, en febrero de 1937, José Estrada pide volver a Valmurián. Regresa con muletas. Como había fallecido el anterior presidente, Estrada es elegido al frente de la agrupación socialista de Baíña, llamada “Pablo Iglesias”, en homenaje al fundador del PSOE. “Fui probablemente el presidente más joven de una unidad del Partido Socialista Obrero Español”, rememora con orgullo. No puede luchar ya. Tiene muy afectados la pierna izquierda y el brazo derecho.

El 23 de octubre de 1937 cae el frente del Norte. Se avecinan tiempos duros. “Ya se sabía que la represión iba a ser de terror. En Asturias no podía ser menos. Había una sed implacable de venganza”, escribe. “Y no hubo contemplaciones. (…) Yo, que había desempeñado cargos de responsabilidad, me pude salvar por la intervención de personas que me defendieron por la conducta que observé, respetando y protegiendo a personas injustamente acusadas de convivencia con el enemigo”.

Sobreviviendo gracias al ingenio

En octubre de 1938, un decreto de Franco lo convierte en español en tanto que hijo de español nacido en el extranjero. Lo llaman a filas en el ejército “nacional”. Él, no obstante, tiene otros planes. Al oficial de quintas “le pregunté si sería posible que me alistaran en una unidad de primera línea, ya que a los asturianos, salvo raras excepciones, los mandaban a batallones de trabajadores, campos de concentración o a la cárcel. Le fui sincero y le dije que mi propósito era ir al frente y pasarme al lado de republicano”.

Aquel oficial, Braulio Suárez, amigo de Pepito el de Valmurián, era “veladamente antifranquista” y se dejó hacer. No obstante, por un informe elaborado por la Falange, tenía la constancia de que sería enviado a la cárcel o a un batallón de trabajadores en cuando su nombre apareciera en las listas. Así que urdió con Braulio un modo de escabullirse: “Convinimos en que iba a darme por presentado y que me ocultara”.

Primero estuvo unos días con unos familiares en Oviedo. Y desde allí utilizó un curioso subterfugio para parecer que estaba en otro sitio. “Desde Oviedo mandé una carta, para ser divulgada, en la que comunicaba que me había incorporado como voluntario a la Legión Extranjera". Falsificó un sello de madera con la inscripción de una unidad legionaria y otro que decía “censura militar”, para que la carta pareciera que había sido filtrada por las autoridades. Hizo más cartas ficticias que parecían auténticas. Sus hermanas contribuían al engaño: las leían ante las amistades, “lo que les daba credibilidad. Ello me permitía estar tranquilo ya que nadie me buscaba”. En realidad, José Estrada había vuelto a Valmurián, donde se escondió. Desde su escondite escuchaba “todas las conversaciones de vecinos y gente amiga que deploraban mi decisión ya la Legión era una fuerza de choque en las acciones más cruentas”

Seis meses encerrado

Permaneció seis meses oculto, encerrado. Pese a todo, aprovechó el tiempo. Así lo recuerda en sus memorias: “Seis meses privado de liberad y bajo una amenaza constante pueden ser causa de desesperación en un joven de 22 años. Afortunadamente, nunca perdí la calma y el aburrimiento lo combaría con la lectura, la que me permitió adquirir conocimientos impensados”.

Cuando termina la guerra, el de Valmurián acude otra vez a su amigo Braulio y vuelven a tirar de ingenio burocrático para contribuir a que José Estrada, el socialista significado, siga pasando desapercibido ante las vigilantes autoridades del nuevo régimen. Braulio lo hace aflorar donde menos se lo esperan: le prepara un pasaporte y le entrega la orden de incorporación al regimiento de artillería número 16, que está en La Coruña. Allí nadie lo conocerá. Lo incorpora como si fuera un veterano del ejército de Franco. En el regimiento, cuenta el abuelo Estrada en las memorias que dejó a sus nietos, coincidió con Cela, Camilo José, el escritor que llegaría a premio “Nobel”. José Estrada logra un puesto como escribiente del comandante auditor de guerra de la VIII región militar, Gonzalo García Bravo, “que llegó a ser presidente del Tribunal Superior de Justicia Militar, con asiento en Madrid”. Luego, pasó a trabajar en la secretaría del Juzgado militar de La Coruña, el órgano “que sustanciaba los expedientes relacionados con la represión de la masonería, que estaba a cargo del capitán Castilla”. Sobre ese tiempo, escribe: “Tuve ocasión de vez expedientes de personas muy conocidas en Asturias a las que en forma anónima pude ayudar. Recuerdo el nombre de un político que fue senador cuando se instaló nuevamente la democracia en España”. Pese a todo, en La Coruña fue feliz. Leyó mucho.

Regreso al oasis de Valmurián

En el otoño es licenciado. José Estrada vuelve a Valmurián. “Vuelvo a la inseguridad asturiana”, escribe. Hace dos años que el franquismo tiene sometida a Asturias a una cruenta represión. “Yo voy a seguir siendo un rojo que, en cierto modo, los burla y no lo van a olvidar”. Eso sí, en Valmurián se siente seguro entre sus vecinos. Son “humanos, solidarios, muy respetuosos con las opinines ajenas”. Son “un ejemplo en medio de la arbitrariedad”. Valmuriánes “un oasis en la Asturias turbulenta en la que impera una voluntad de exterminio”.

Infiltrados en el sindicato vertical

En marzo de 1940, ya terminada la Guerra Civil, empieza a trabajar en fábrica de Mieres, en el taller de laminación. Allí seguía haciendo trabajo político. “Era generalizada la creencia de que la victoria de los Aliados traería consigo la desaparición de la dictadura franquista”. Los socialistas, indica José Estrada, decidieron “infiltrarse” en el Sindicato Vertical recién creado por el régimen. Estrada es elegido jefe de la sección social del sindicato del metal y vocal provincial del mismo. Le ofrecen ser concejal en Mieres. Lo rechaza. “Como no podía resignarme a vivir con individuos cuya conducta dejaba mucho que desear, decliné el nombramiento que me habían conferido por el tercio sindical”.

José Estrada haciendo prácticas de tornería en unos cursos sindicales en Madrid.

José Estrada haciendo prácticas de tornería en unos cursos sindicales en Madrid. / Familia Estrada

El día que conocí a Evita

Durante su desempeño como dirigente del Sindicato Vertical se produce un hecho curioso. En mayo de 1947 le invitan a un curso a la Escuela de Capacitación Social en Madrid. “De acuerdo con la dirigencia socialista acepto ya que, por otra parte, nos daba la oportunidad de establecer contacto directo con la resistencia”, dice en sus memorias. Justo coincide con la visita de esas fechas a Madrid de Eva Duarte de Perón, Evita. En junio acude a la mencionada escuela. El director le comenta que allí hay dos alumnos argentinos. Uno es José Estrada y el otro Luis Aurelio (Álvarez Martínez) “un poeta muy conocido en Asturias”. Ambos saludan a Evita. “Me preguntó si pensaba volver a la Argentina. Le contesté afirmativamente y que dijo que no dejara de visitarla, que me iba a ayudar. Cinco años más tarde llegué a Buenos Aires cuando ya estaba moribunda. Mi disenso con el peronismo me impedía acceder a su pedido”, cuenta en sus memorias.

Clandestinidad y salida de los guerrilleros.

En 1947, derrotado ya el III Reich, la esperanza de acabar con el régimen de Franco se esfuma. “El contacto que hice en Madrid con miembros del partido socialista en la clandestinidad me permitió recoger esa impresión. Incluso su consejo era trata de sacar de Asturias al grupo de guerrilleros antes de que fueran eliminados totalmente”. Estrada cuenta en sus memories que hace gestiones para consumar una operación de salida con un armador de Avilés, que era simpatizante del partido. “Se comunicó a París el resultado de la gestión e Prieto (Indalecio) aconsejó buscar otro medio ya que era demasiado compromiso”. Al final, todos salieron desde Luanco el 23 de octubre de 1947.

Estrada cuenta en sus memorias que tuvo una fluida relación con aquellos guerrilleros. Algunos eran “amigos desde antes de la guerra”. Para protegerse, todos se conocían por un pseudónimo. El de Estrada era “Joya”.

Delatado

En sus memorias, José Estrada cuenta cómo la marcha del medio centenar de guerrilleros socialistas “desarticuló un tanto” a la Federación Socialista Asturiana. A partir de ahí, refiere sucesivas detenciones e interrogatorios de militantes. De resulta de una de aquellas detenciones, la mujer de uno de los torturados le transmite que es posible que su marido le haya delatado. “Me dice que me ponga en guardia”.

“Efectivamente, a los dos días el capitán Padilla, famoso por su crueldad, fue a buscarme a casa de mi madre”, relata en sus memorias José Estrada. El cazador, sin saberlo, se cruza con su presa. Así lo cuenta Estrada: “Yo vivía en Loredo. Ese día iba a tomar el tren a La Pereda en el apeadero del ferrocarril Vasco Asturiano, para ir a Mieres, cuando veo que del mismo se baja un individuo vestido con gabardina y una escopeta al hombro. Lo reconocí. Suspendí el viaje para seguirle los pasos. Me hice el distraído conversando con el guarda agujas, dándose el caso curioso de que me preguntó si sabía por dónde se iba a Valmurián. Le contesté afirmativamente y le indiqué el camino. ¡¿Cómo iba a sospechar que era yo a quien buscaba?! En esta ocasión se le escapó la liebre que tenia a tiro”.

Aquel mismo día Estrada decidió salir de España. Entonces ya tenía esposa y dos hijos de seis y tres años de edad, José y María de los Ángeles.

Carolina, la esposa de José Estrada, con sus hijos José y María de los Ángeles.

Carolina, la esposa de José Estrada, con sus hijos José y María de los Ángeles. / Familia Estrada

Cruzar los Pirineos, pasar a Francia

Junto con otro amigo, Balbino Fernández, consigue llegar en tren a Barcelona y cruzan los Pirineos a pie. El 11 de diciembre de 1948 ponen pie en territorio francés. Una vez en Francia contactan con miembros del PSOE. Los internan en el campo de concentración de Haras, donde tiene la oportunidad de conocer a Wenceslao Carrillo, que era dirigente del PSOE y la UGT, y viceministro de Gobernación con la República. En sus memorias recoge el dolor del padre con el hijo, Santiago Carrillo, que entonces ya se había hecho comunista y presidía el PCE. José Estrada refleja en sus memorias que Wencesalao Carrillo (que había trabajado con obrero fundidor en Gijón) le dijo: “¿Te das una cuenta de hasta dónde llega el sectarismo de los sumisos a Moscú que me niega como padre?”.

En Francia, José Estrada desempeña distintos trabajos. Mantiene el contacto y el compromiso con la dirección socialista. José Barreiro (que entonces era el líder de la organización socialista asturiana en el exilio) quiere hacer llega a Asturias “una remesa de dinero para ayudar a los compañeros presos en la cárcel modelo de Madrid”. Estrada se ofrece voluntario y, con documentación falsificada, logra llegar a Barcelona y entregar el dinero el 4 de septiembre. Hasta noviembre permanece oculto en Asturias. De aquella visita tiene un recuerdo escalofriante: “El 2 de noviembre, día de los difuntos, acompañé a Cándido Giménez al cementerio civil de la capital asturiana. Había un gentío imponente integrado por los familiares de las mil doscientas personas fusiladas y enterradas en la denominada fosa común. Las ofrendas florales formaban una montaña impresionante”.

Un vecino lo identifica y lo divulga. Sin embargo, gracias a la ayuda de Graciano García Prendes, delegado del Ministerio de Trabajo en Mieres por entonces, “un hombre de cualidades excelentes”, logra reincorporarse a la vida civil y reencontrarse con los hijos, a los que tenía cerca pero que no había podido ver hasta el momento ya que estaba escondido.

En aquella estancia, José Estrada interiorizó ya que España ya no había esperanza, que la lucha clandestina en el aspecto político era un sacrificio inútil. Así que, “de acuerdo con mi esposa y pensando en el futuro de los hijos, optamos por la Argentina”, escribe. “Me dolía dejar esa maravillosa región que es Asturias. La tierra de los hombres idealistas, valientes y solidarios con lo que compartí largas jornadas de su sufrimiento y compañerismo, en pos un mundo más justo, mediante la transformación social”.

La despedida de los vecinos enla estación de tren de Olloniego.

La despedida de los vecinos enla estación de tren de Olloniego. / Familia Estrada

Una nueva vida más allá del mar

Comienza así una nueva vida en la Argentina. El 2 de mayo de 1952 dejan Valmurián. El día 8 zarpan de Barcelona a bordo del transatlántico “Cabo de Buena Esperanza”. El tío de Pepito Estrada, Pedro, les está esperando en Buenos Aires el día 26, cuando atracaron por fin en la capital argentina. Luego parten hacia la Patagonia, se instalan en Comodoro Rivadavia, “la capital del petróleo”. El mundo, ese mundo, no se parece en nada a Valmurián: “Nuestras primeras impresiones de la Patagonia fueron desoladoras. Kilómetros y más kilómetros sin ningún poblado, tierras improductivas con pequeños arbustos, caminos polvorientos sin asfalto y ráfagas violentas de viento. ¡Qué contraste con la verde y apacible Asturias!”.

Salvada la primera impresión, estrada comienza una nueva andadura, participa en la refundación del centro asturiano de Comodoro Rivadavia, del que llega a ser presidente. También se integró en la Asociacion Española de Socorros Mutuos, una relevante institución sanitaria en la ciudad, y durante 40 años fue secretario, tesorero y gerente de la misma. Desde su llegada a Comodoro Rivadavia, José Estrada pasa por distintos trabajos hasta que, junto a su esposa Carolina, en 1954, compra el comercio “El Ancla”, en la calle Italia, que también incluía una vivienda. La vida sigue un curso por fin apacible. Eso sí, siempre trabajando mucho. Cuando en 1976 el matrimonio cierra la puerta del negocio recibe el espontáneo homenaje de todos los vecinos el entorno, sus clientes. Aquel mercadito había convertido en uno de los corazones del barrio. Los iban a echar mucho de menos.

José Estrada y su esposa Carolina.

José Estrada y su esposa Carolina. / Familia Estrada

Epílogo: el nieto regresa al centro del mundo y un frasquito que se trajo de allí

Es 2025. José Estrada falleció en 2008, con 95 años. Al final de sus días tenía parkinson. Su nieto Ricardo Daniel González Estrada, de 53 años, integrado en el Centro Asturiano de Comodoro Ribadavia y uno de los directivos que encarnan el relevo generacional de la institución, lo recuerda y le “agarra la emoción”. La imagen que tiene de él es la de un “hombre tranquilo, correctísimo”, cuyas palabras destilaban verdad. “Un hombre que todo el día estaba leyendo, que era un libro abierto”. Si en la familia querían saber cuándo había pasado qué cosa, acudían al abuelo “que todos los días, al final del día, escribía en una agenda lo que había pasado”.

Ricardo también volvió a Valmurián. Fue en el año 2000. Su abuelo ya casi le había hecho la ruta, todo lo que tenía que ver. “Me armó el viaje, me lo escribió todo”. Le dijo lo que siempre había pensado: “En Valmurian vas a subir al Monte Llagos y vas a mirar, y desde ahí se ve todo. Porque eso es el centro de Asturias”. En ese regreso a Asturias, Ricardo visitó también la casa familiar. Lo primero que quería hacer era subir a la buhardilla donde su abuelo permaneció seis meses escondido, encerrado. “Subí y… ¿vos sabés lo que encontré? Un frasquito chiquitito, como un salero, que lo tengo ahí de recuerdo”. Como el genio en la botella, ahí dentro este quiza la esencia de toda una vida. La de Pepito de Valmurián. La apasionante vida que hasta aquí se ha contado.

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