Huracanes, epidemias, hambre y miedo en la Cuba terminal: “Cuando parece que un problema pasa, aparece otro mayor; la gente se siente muy vulnerable”
“La población percibe que se apaga la luz al final del túnel”, afirma un emigrante cubano afincado en Asturias que incide en los efectos anímicos derivados de la superposición de crisis que sufre la isla: “cada vez ve más difícil el remedio de los problemas”

Un hombre transporta una televisión en medio de las inundaciones provocadas por el huracán "Melissa" en Santiago de Cuba, el pasado octubre. / AP
En Cuba se está apagando la luz, y esto no es sólo la constatación literal de lo que ocurre en el país cuando la electricidad, todos los días, y a veces durante tres o cuatro seguidos, se va y deja la isla a oscuras. De tanto sufrir esas y otras penalidades, llega un momento en el que “las personas sienten que lo que se apaga es la luz al final del túnel, que no hay solución para nada…”. Antonio (nombre ficticio), cubano de Santiago residente en Oviedo, ha superado los 65 años y lleva cuatro en Asturias, seis en total en España. Trajo consigo su titulación universitaria superior, pero aquí “trabajamos en lo que pudimos encontrar”, cuidando personas mayores para buscar el futuro que se oscurece en su país.
Antonio da las gracias a la “ley de nietos”, que permitió otorgar la ciudadanía española a su esposa, descendiente de gallegos, y como tantos de sus compatriotas desterrados se extiende en el relato de las carencias materiales que son el tema inevitable de conversación permanente con la familia en los escasos momentos en los que los teléfonos reviven en aquella isla sin luz ni casi nada. En el entorno de Santiago, al oriente de la isla, han llegado a pasar hasta cuatro días seguidos sin corriente, y por tanto incomunicados, pero en este punto de difícil retorno, y después de años de precariedad, ya “no afecta sólo la parte material”. El emigrante también percibe un reguero oculto de secuelas “psíquicas, o espirituales”, de bajones de ánimo en una población maltratada que “se siente vulnerable y cada vez ve más cuesta arriba la solución de los problemas”.
La culpa la tiene la necesidad, sí, y a su juicio los efectos del embargo recrudecido que “no permite el desarrollo o el intercambio de bienes de Cuba con otros países que de otro modo podrían colaborar”, pero también la “tormenta perfecta” de desgracias que se superponen sobre esta isla en la que se acrecienta la necesidad de lo más básico. A los apagones casi constantes, a la inflación galopante y las privaciones del combustible, los alimentos o las medicinas, al reciente corte del suministro del petróleo que venía de Venezuela se han añadido de un tiempo a esta parte incluso los malos tratos de la naturaleza. Epidemias y huracanes han subido un punto más la presión sobre el pueblo cubano y Antonio lamenta el diagnóstico: “Cuando uno piensa que puede estar solucionando un problema, aparece otro de mayor envergadura…”
Lo más reciente, la propagación del chikungunya, el dengue y otros virus respiratorios que transmiten los mosquitos, resulta extraordinariamente difícil de controlar con un sistema sanitario colapsado y en absoluta precariedad de medios y medicamentos. De eso habla con preocupación Antonio cada vez que se comunica con su hermana, que ejerce de médica en Cuba y le cuenta que en los últimos días las tasas de personas infectadas “está bajando, pero de forma muy lenta, fruto de la carencia de medicinas aptas para controlar esos tipos de virus”.
En el sector oriental de la isla, en el entorno de su Santiago natal, esa crisis sanitaria ha descargado sus efectos sin tiempo para que la población se recuperase de las secuelas que dejó el huracán “Melissa” a su paso por el Caribe, entre octubre y noviembre. “Me visitó Melissa”, le dijo uno de sus hermanos en una de las comunicaciones recientes. “Yo pensé que era una prima de nosotros hasta que me dijo que le había destrozado el baño y le había tirado encima de la casa una palmera real…” Se ve que hasta el considerado árbol nacional de Cuba se vuelve en estos tiempos contra los cubanos. Se contaron por millones los damnificados del tifón y por decenas de miles las viviendas afectadas, y eso es un problema muchísimo mayor de lo que parece en un lugar donde entre todo lo muchísimo que escasea se cuentan también, obviamente, los materiales para las reparaciones.
Toda esa cadena de fatalidades ya había socavado la resistencia anímica del pueblo cuando la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela revolvió los inicios de este año enviando una oleada de incertidumbre sobre Cuba. En el país “hay un sector de la población que evidentemente tiene miedo” a que eso se pueda reproducir allí, señala Antonio. “Otros no creen que vaya a suceder, pero la incertidumbre está presente. Los que estamos fuera sí nos tememos lo peor, y la preocupación crece a la vista de la escasez de los recursos que el país necesitaría para hacer frente a una situación como esa”.
Así, mientras su isla sobrevive en brazos de la solidaridad de terceros países, él comparte un diagnóstico de situación que gana adeptos en la comunidad cubana dentro y fuera de la isla y que invoca la sensación de que el embargo asfixia Cuba y no permite su desarrollo. Si se levantara el bloqueo de Estados Unidos, imagina, “y Cuba pudiera interactuar, intercambiar y negociar en los mercados, las cosas en el país cambiarían”, sentencia. Porque “mucha gente especula, pero la dirección del país ha tratado siempre de resolver los problemas. Ha estado con el pueblo y lo que no ha podido hacer ha sido en buena medida porque ese embargo férreo no les deja…”
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