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La universidad se prepara para un futuro que cambia todos los días: el camino hacia una formación “a medida, más personalizada y rápida”

Representantes de tres instituciones españolas reflexionan en Monterrey (México) sobre las perspectivas de un cambio de paradigma que exige “una formación a lo largo de la vida” y muy adaptable a las necesidades de un mercado laboral en constante movimiento

Por la izquierda, Miguel Ángel Montoya, director de la división europea del Instituto para el Futuro de la Educación (IFE) del TEC de Monterrey, Ramón Vilanova, Concepción López y Vicente Atxa.

Por la izquierda, Miguel Ángel Montoya, director de la división europea del Instituto para el Futuro de la Educación (IFE) del TEC de Monterrey, Ramón Vilanova, Concepción López y Vicente Atxa. / TEC

Monterrey (México)

En el Tecnológico de Monterrey saben que el futuro cambia todos los días. Su comité de inteligencia artificial se reúne cada cinco semanas y tiene adosado un “comité operativo” que va monitorizando las transformaciones a mitad de periodo, casi en tiempo real. La universidad privada del noreste de México, que esta semana se ha detenido a mirar hacia la educación del futuro en un gran congreso con más de 4.300 asistentes de 46 países, ha llegado este jueves a la jornada final de su enorme IFE Conference con la conciencia de que “el reto de la transformación es sobre todo cultural”. La base, concluye el rector de la institución, Juan Pablo Murra, está en la necesidad de que “nos creamos que las cosas pueden ser distintas…” Representantes de tres universidades españolas, Cantabria, Mondragón y la Autónoma de Barcelona, aceptaron el reto de imaginarse a sí mismas en 2030 y analizar esa transición que ya está aquí y que las hará evolucionar “de instituciones a ecosistemas de aprendizaje continuo”.

El cambio va desde el esquema de la universidad tradicional a un modelo nuevo en el que “tenemos que aceptar que ya no vale con ir a la universidad cuatro años para tener un perfil competitivo en el mundo del trabajo”. Concepción López, rectora de la Universidad de Cantabria, deja planteado el desafío hablando de la necesidad de evolucionar hacia “una formación a lo largo de la vida”, un modelo de enseñanza nuevo y necesariamente adaptado a las necesidades muy cambiantes de un universo laboral en constante movimiento. Quizá esté la clave en una cierta velocidad, en una aceleración a la que tal vez no esté muy acostumbrada la universidad tradicional y acaso en la necesidad, eso dice Vicente Atxa, rector de la Universidad Mondragón, de “ser capaces de desarrollar una enseñanza más a medida. Más personalizada y más rápida”.

El asentimiento de Ramón Vilanova, vicerrector de la Autónoma de Barcelona, anuncia “un cambio estructural” asociado a la certeza de que “no lo podemos hacer solos. Todo esto implica un proceso de escucha activa de nuestro entorno que quizá no hemos hecho”. El futuro pide “una concepción diferente del proceso de aprendizaje”, apunta Atxa. Una forma distinta de concebir “de los espacios de la universidad y el papel del profesorado”. La formación tradicional “de los 18 a los 25 años va a tener que seguir existiendo”, advierte López, y “es verdad que los grados tendrán que buscar una forma diferente de impartirse. Pero las universidades no van a desaparecer, van a expandir su ámbito de actuación. No nos vamos a centrar en la etapa de los 18 a los 25, tenemos que abrir el foco a la formación a lo largo de la vida…”

Hablan en parte de abrazar la formación por microcredenciales, acreditaciones que validan conocimientos muy específicos y muy adaptados a las necesidades del mercado laboral y que llevan dentro la exigencia de la flexibilidad y la rapidez de respuesta. ¿Estamos preparados? Este debate es el elefante en la habitación desde hace al menos quince años, pero puede que haya madurado hasta la eclosión. “Estamos dando pasos a la mayor velocidad posible”, anota Vicente Atxa, con el conocimiento que da, apunta Concepción López, saber “lo que está pasando en el mundo y lo que están haciendo otras instituciones. Eso nos tiene que ayudar a pensar qué tenemos que hacer nosotros. Pero también el país tiene que pensar qué quiere de su sistema universitario…”

No van a poder solos, vienen a decir, y el rector de Mondragón entiende que esta reflexión “no sólo tiene que hacerla el sistema universitario público”. La respuesta a la pregunta en la que un país se cuestiona “para qué tiene un sistema universitario” es colectiva, y ese es el debate “que nos puede ayudar como sociedad”, resalta. Porque el enunciado de la frase permanente sobre la importancia de la Universidad, remata López, “debe ser trasladado a directivas y hechos concretos”. Ese es el reto y “es mucho más que hacer una ley”, la acompaña Atxa.

En el entorno latinoamericano, y con el propósito de liderar este complejo proceso de transición, el Instituto Tecnológico de Monterrey ha presentado este jueves lo que llama “iniciativas insignia”, dos modelos para apoyar la evolución de las universidades de la región en su conversión en centros de aprendizaje a lo largo de la vida, con un sistema de autoevaluación sobre su estado de madurez, y otro para promover “ecosistemas de habilidades. Consiste este en un método para “alinear a proveedores de educación y capacitación, empleadores, gobiernos y la sociedad civil” y en último término ayudar a diseñar itinerarios de aprendizaje flexibles, fortalecer la oferta de habilidades o la mejora de la conexión del talento con el empleo.

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