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El análisis azul de la futbolista Laura Díaz: por fin llegó "el día G" del Oviedo

Guillermo Almada ha aprendido lo que el Tartiere ya sabía: que hay batallas que se ganan con inteligencia, que Santi Cazorla era el arma que faltaba, y que la magia no tiene fecha de caducidad

Fútbol Real Oviedo Girona

Fútbol Real Oviedo Girona / Miki López / LNE

Laura Díaz González

Laura Díaz González

La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruseles y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.

Esta semana era clave. No porque el calendario lo dijera, sino porque si perdíamos contra el Girona, la salvación se convertía en una ficción todavía más irreal. En un sueño de un ejército en retirada. Esta era la operación que determinaba si el Real Oviedo sobrevivía o si moríamos en el intento. Así que el sábado era el desembarco. Era todo o nada, y el Tartiere se convirtió en la mejor trinchera.

Almada no confiaba. O al menos eso parecía cuando Cazorla desapareció del once durante semanas. Como un general que releva a su mejor soldado justo antes de las batallas más importante. Pero llegó el minuto 64, y fue como ver llegar a la caballería cuando todo parece perdido: Santiago Cazorla González saltaba al terreno de juego, con sus cuarenta y un años recién cumplidos, para demostrarle a Almada por qué es el capitán de este barco. No con palabras. Con hechos.

La mejor acción ofensiva del partido salió de sus botas. Javi López fue agresivo hacia delante, robó el balón, y Cazorla la filtró al espacio. Thiago Fernández cruzó desde la izquierda. Ilyas Chaira remataba en el segundo palo. Portería vacía. Gol. El Tartiere se vino abajo. Veinticinco mil espectadores que no querían dejar de creer. Que nunca lo hicieron.

Guillermo Almada aprendió, aunque fuera tarde, lo que el Tartiere ya sabía: que hay batallas que se ganan con inteligencia, que Santi Cazorla era el arma que faltaba, y que la magia no tiene fecha de caducidad. La solución tiene nombre y apellidos y se llama Santi y diez más.

Ahora el Oviedo está donde estaba. A esos números que repiten los niños sin saber muy bien qué significan, pero que en el idioma carbayón suenan a esperanza. Six-seven. Seis para llegar a la zona de seguridad, siete si contamos desde la línea más próxima del deseo. Seis - siete. Como si esos números inscritos en el acta del Carlos Tartiere del 30 de enero pudieran romper la maldición de cuatro meses de ayuno. Porque eso hizo el Oviedo el sábado: romper la peor racha de su centenaria historia. Catorce partidos. Ciento y tantos días mirando para abajo, respirando el aire viciado del pozo.

Ahora hemos ganado la primera batalla. Pero la guerra no ha terminado. El próximo fin de semana llegará Vallecas. Llegará el Rayo. Y si ganamos allí, entonces el oviedismo tendrá la oportunidad de escribir su propia tendencia. Entonces pasamos del six seven al three four. Entonces la salvación deja de ser una ficción y se convierte en una posibilidad real. Este no es el final. Ni siquiera es el principio del fin. Pero es, quizás, el final del principio. Porque eso es lo que significa el 30 de enero de 2026 para el Oviedo: el inicio de la reconquista. El día G.

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