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Las 491 escuelas de promovieron los indianos en Asturias: la recuperación del inmenso legado educativo de nuestros emigrantes

El historiador José Manuel Prieto, una referencia en el estudio de la emigración asturiana, publica "Las escuelas americanas en Asturias", donde reseña todas y cada uno de los centros educativos que impulsaron los asturianos que hicieron las Américas y que tenían claro que la formación era la única llave para abrir un futuro mejor

El Consejo de Comunidades Asturianas, que edita el volumen, prepara la creación de una web donde estén geolocalizadas sobre el mapa de Asturias todas y cada una de las escuelas, con la información correspondiente

La presentación en el Rural Tech de CTIC, en Peón, del libro de José Manuelo Prieto sobre las escuelas promovidas por los emigrantes asturianos en América.

La presentación en el Rural Tech de CTIC, en Peón, del libro de José Manuelo Prieto sobre las escuelas promovidas por los emigrantes asturianos en América. / .

Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

Los cientos de miles de asturianos que emigraron a América devolvieron a su tierra natal algo muy importante: la certeza de que sólo a través de la educación podía mejorar la vida de sus paisanos de Asturias. Fruto de esa preocupación por la formación -nacida a veces entre personas que precisamente no pudieron disfrutar de ella- se levantaron en la región 491 escuelas. El historiador José Manuel Prieto Fernández del Viso, uno de los estudiosos de referencia del fenómeno de la emigración asturiana de los siglos XIX y XX, conoce todas y cada una de ellas. Ha creado una especie de geografía educativa indiana que se plasma en el libro “Las escuelas americanas en Asturias. La importancia de la emigración asturiana”, editado por el Consejo de Comunidades Asturianas con respaldo de la dirección general de Emigración del Principado. El libro será la base de un proyecto innovador: una web donde estarán geolocalizadas todas y cada una de esas escuelas, con la información y las imágenes correspondientes.

Este miércoles, en el centro de innovación rural de la Fundación CTIC, el Rural Tech de Peón (Villaviciosa), tuvo lugar la presentación del libro, que corrió a cargo del propio autor junto a la directora general de Emigración, Olaya Romano, y la presidenta del Consejo de Comunidades Asturianas, María Antonia Fernández Felgueroso. El lugar resultó del todo apropiado porque el Rural Tech ocupa la misma finca -y de alguna manera es heredero- de la Escuela de Agricultura de Peón, un centro de formación visionario apadrinado en 1920 por el indiano Ramón Álvarez de Arriba.

Olaya Romano incidió en que el objetivo de su departamento, además de atender a las actuales comunidades asturianas en el exterior, también es contribuir a recuperar el legado histórico de los emigrantes asturianos y mostrar “cómo esa emigración nunca se olvidó de su tierra: muchos nunca volvieron, pero siempre contribuyeron a la alfabetización, el saneamiento, a las obras públicas, al desarrollo” de sus zonas de origen. Romano apuntó que Asturias es ahora “tierra de acogida, hoy viene más gente de la que se va, pero no podemos olvidarnos de los muchos que salieron y fueron recibidos en otros países. Por eso, qué menos que seguir abriendo las puertas a la gente que viene, que nos enriquece”.

Maria Antonia Fernández Felgueroso indicó, por su parte, que “es importante dar a conocer a las nuevas generaciones la riqueza que tenemos y de dónde procede. Tanto para la gente de aquí como para los centros asturianos, de lo que tenemos más de 70”, indicó Fernández Felgueroso, quien añadió: “Nuestra emigración fue muy potente, eso es algo que yo tengo muy claro. Mi abuelo fue emigrante a Cuba y yo soy hija de cubano”.

El historiador y autor del libro José Manuel Prieto Fernández del Visto hizo una descripción del volumen, con una primera parte más teórica sobre las causas y las distintas modalidades que adquirieron las aportaciones de los indianos en las escuelas. “La mayoría no fueron construidas íntegramente por los americanos, por los emigrantes. La mayoría de estas edificaciones se producían gracias a la comunión de diferentes entidades. El americano aportaba dinero, pero, a veces, el solar lo aportaba el vecindario o un vecino. También intervenía el Ayuntamiento o incluso el Estado a partir de los años 20 del pasado siglo”. La segunda parte del libro se compone de fichas detalladas de todas y cada una de estas escuelas que “los americanos” contribuyeron a levantar por toda la región.

Los emigrantes asturianos y la educación regional

José Manuel Prieto Fernández del Viso

En 1921, el emigrante boalés Celestino Álvarez escribía en las páginas de El Progreso de Asturias, revista que el mismo había fundado dos años antes en La Habana, que “el problema de Asturias, el más grande, radica en la falta de escuelas”. No le faltaba razón, y es que además no solo había pocas escuelas, sino que muchas de las existentes se encontraban en condiciones tan lamentables como las de la escuela de Trasdacorda en San Tirso de Abres, que, según señalaba el Inspector de Primera Enseñanza Agustín Nogués en 1907, estaba “instalada en una miserable choza, negra, húmeda, sin luz, ni material, ni menaje, con una sola mesa, a cuyo lado está la cama de la maestra y la de su hijo…”. Y, en buena medida, la solución a esta penosa situación de la enseñanza regional vino de ultramar, ya que, una de las consecuencias más visibles y conocidas del gran movimiento migratorio asturiano hacia el continente americano, fue su participación en la construcción de cientos de edificios escolares en la región.

Las razones que se esconden detrás de la llamada obra educativa de los emigrantes son muy variadas, y han sido ya muy debatidas. Tal vez la que más ha calado en el imaginario colectivo es la del americano generoso y desprendido que busca de forma altruista mejorar las condiciones de vida de sus convecinos y, que, si bien puede ser aplicada en algunos casos, no se debe de generalizar, ya que, en muchas ocasiones, primaron otros factores por encima de la mera filantropía. Uno de los más recurrentes entre los investigadores es la búsqueda de una rentabilidad social, relacionada directamente con el retorno a su tierra, donde aspira a que su nuevo estatus económico sea reconocido por sus paisanos y así pasar a formar parte del grupo socialmente dominante. Este proceso a veces no resulta sencillo, ya que el habitual origen humilde del americano originaba recelo respecto a su enriquecimiento y dificultaba su aceptación por parte de unas oligarquías locales que solían manifestarles su rechazo y menosprecio. Es por ello por lo que desarrollaron mecanismos que buscaban facilitar esa integración en la élite, entre ellos se encontraba la práctica de la beneficencia, habitual en la burguesía de la época, lo que muy a menudo se materializó en la mejora de la escuela asturiana.

Otra de las causas más repetidas por los estudiosos es la obtención de una rentabilidad económica, que se justifica a partir de la relación existente entre capital humano y educación, entendiendo la segunda como la forma de aumentar cualitativamente el primero. Es decir, la construcción de centros enseñanza, en los que era frecuente incluir estudios comerciales, permitiría al americano disponer de trabajadores más cualificados y, a la vez fieles, ya que, además de agradecidos por la formación recibida, muy a menudo se encontraban unidos por vínculos familiares o de amistad.

No es tampoco desdeñable la constatación de la importancia de la educación como valor positivo en el desarrollo profesional, resultado de su propia experiencia personal. Los asturianos que abandonaban la región en las fases iniciales de la emigración masiva lo hacían con un nivel de instrucción muy elemental, no más allá de leer, escribir, sumar y restar, e incluso en muchas ocasiones no alcanzaban esos conocimientos básicos. Esta escasa preparación, originada en la ya aludida deplorable situación de la educación regional, suponía un lastre para su promoción en el mercado laboral americano especialmente para el desempeño de puestos específicos en el sector mercantil. Así que, muchos jóvenes asturianos no tuvieron más remedio que volver a las aulas, generalmente en horarios nocturnos y costa de su escaso tiempo libre, y matricularse en las academias creadas por los grandes centros regionales, los denominados planteles, entre los que sobresalían el Concepción Arenal, establecido por el Centro Gallego de La Habana en 1881, y el Jovellanos, puesto en marcha en 1892 por el Centro Asturiano. De esta forma, dentro del colectivo emigrante fue germinando la idea de que era necesario mejorar la calidad de la educación en Asturias, como única forma de evitar a los futuros emigrantes las dificultades que ellos habían padecido debido a sus carencias formativas.

Menos mencionados dentro de esta causalidad de la llamada obra educativa de los americanos han sido el impulso ejercido por la Universidad de Oviedo -en especial por Fermín Canella- o la labor de difusión y promoción educativa de la prensa, tanto la regional como la surgida dentro de la comunidad asturiana en América. Especialmente interesante resulta el papel de una Universidad que vio en los emigrantes los colaboradores necesarios para la mejora de la educación regional. El mismo Canella afirmaba en 1916 que “se siente la generosidad de los patriotas americanos, como aquí se llama vulgarmente a esos amantísimos hijos del Principado, que derraman incesantemente tantísimos beneficios sobre la tierra nativa. Ellos son nuestros regeneradores”. El conocido viaje del profesor Altamira al continente americano o la celebración en 1908 de los actos del Centenario de la Universidad de Oviedo son hitos en esta búsqueda de la cooperación entre emigrantes y la Institución ovetense, ya que como afirmaba el propio Altamira en una conferencia en La Habana en 1910 “El americano que vuelve rico piensa en lo común, ante todo en elevar a la categoría de habitación decente e higiénica el chamizo donde la niñez de su aldea natal aprende las primeras letras; y si tanto no puede, o no cabe que lo haga porque ya está hecho busca otro modo de contribuir a la cultura popular (…) Son los americanos entre nosotros una de las fuerzas vivas, progresivas de más segura, aunque callada eficacia”.

Igualmente interesante resulta la actuación de la prensa, no solo como instrumento de difusión de sus donaciones y, que, por tanto, facilitaba la obtención del reconocimiento social, o como intermediaria entre los asturianos de ambos lados del atlántico, difundiendo peticiones de ayuda para la construcción de un edificio escolar o iniciativas surgidas en América, sino también como impulsora y dinamizadora de la acción educativa de los americanos. En este sentido especialmente relevante es el papel jugado por El Progreso de Asturias, la gran revista de la emigración asturiana, y a la que Aida Terrón y Ángel Mato se han referido como propagandista del regeneracionismo educativo. Y realmente lo fue, ya que sus páginas se convirtieron en un foro donde se analizaba la situación de la escuela regional, planteando sus problemas y proponiendo soluciones en las que se buscaba implicar al emigrante. Unida al Progreso de Asturias se encuentra la figura de Celestino Álvarez, fundador y director hasta su muerte en 1957, que defendió siempre la importancia de la educación como factor de progreso y regeneración, y que desde su revista impulsó la acción de los emigrantes para resolver el problema educativo regional. Para Celestino Álvarez este objetivo solo se podría alcanzar si la responsabilidad era asumida por toda la comunidad emigrante, siendo las sociedades de instrucción la mejor forma de canalizar ese esfuerzo colectivo. En su opinión, asociacionismo y educación estaban íntimamente ligados, ya que la razón de ser del primero debería ser el impulso de la segunda en la región.  

Con independencia de las motivaciones, no deja de sorprender el número de locales escolares en cuya construcción participaron los americanos, en el estado actual de la investigación son 491. Pero, no solo construyeron escuelas, además invirtieron grandes cantidades de dinero en material escolar y mobiliario, en instaurar premios y becas a los alumnos, en incentivos y ayudas económicas para los maestros o en el mantenimiento de los edificios. Uno de los resultados de esta ingente labor de promoción educativa llevada a cabo por los emigrantes fue la reducción de las tasas de analfabetismo regional, que pasaron del 70% en 1860 al 11% en 1930, periodo que se concentran la mayoría de sus donaciones.

A la hora de financiar la construcción de un edificio escolar los americanos se pueden distinguir tres modalidades de actuación, que, además, presentan un desarrollo temporal sucesivo: individual, colectiva y asociativa. Así, en un principio, se produce la acción de tipo individual, característica del emigrante enriquecido, el triunfador en América, de la que se contabilizan un total de 207 escuelas, consignándose los primeros ejemplos ya en el siglo XVII, si bien no son muchas, y es en realidad a partir de 1850 cuando adquieren una dimensión significativa. Con el paso del tiempo, y coincidiendo con la época de la emigración en masa -especialmente desde principios del siglo XX-, comienzan a detectarse las donaciones colectivas, que utilizarán la suscripción como medio de recaudar el dinero necesario para levantar un total de 197 locales destinados a escuela, siendo resaltable que esta modalidad permitió a los emigrantes de condición más humilde contribuir a la mejora de la enseñanza regional, dando lugar a una democratización del patronazgo educativo. Finalmente, y pudiendo ser consideradas como una evolución de las promociones colectivas, surgen, a partir del año 1910, en el mundo asociativo de la comunidad asturiana en América las denominadas sociedades de instrucción, de las que se han registrado un total de 39 que financiaron 87 edificios escolares.

Dentro de las donaciones individuales merecen especial atención las fundaciones benéfico-docentes, institución educativa a la que recurrieron normalmente los americanos con más recursos económicos y que estaban dispuestos a realizar una inversión notable, que les permitiría dejar su impronta en la enseñanza asturiana. En estos casos los donantes no se limitaban a construir un edificio, cuyo diseño muchas veces se encomendaba a profesionales de reconocido prestigio, y dotarlo de material escolar moderno, sino que desarrollaban su propio proyecto pedagógico, a lo que añadían un fondo de capital que generaba las rentas necesarias para su mantenimiento. Se calcula que fueron unas sesenta las fundaciones benéfico-docentes puestas en marcha con dinero americano, algunos de los ejemplos más notables los constituyen las fundaciones Caride-Toyos en La Riera (1909), Pepín Rodríguez en Colloto (1911), Bernardo Álvarez Galán en Salinas (1912) o Rionda-Alonso en Noreña (1918).

Otra modalidad muy interesante del patronazgo educativo americano se encuentra en las denominadas sociedades de instrucción, caracterizadas por tener como objetivo mejorar la educación en un ámbito geográfico determinado -concejo, comarca, parroquia o localidad- de donde eran originarios sus integrantes y que el profesor Vicente Peña Saavedra bautizó como sociedades microterritoriales. Se trata de un modelo que se generaliza a partir de 1910 dentro del asociacionismo asturiano en América, si bien se considera que la primera es el Fomento de Libardón constituida en 1899 en Santiago de Chile, la mayoría de estas agrupaciones se constituyen entre 1910 y 1930, y entre ellas se pueden mencionar El Club Cabranense (1912), Los Naturales de Salcedo (1922), Los Hijos del Concejo de Villayón (1927) y, especialmente, Los Naturales del Concejo de Boal (1911). Esta última asociación participó en la construcción de 21 locales escolares en su concejo, entre ellos las imponentes Escuelas Graduadas de Boal (1934), y ejercerá una gran influencia en otras agrupaciones similares, pudiéndose afirmar, con poca margen de duda, que es la más destacada de las sociedades de instrucción establecidas por los emigrantes españoles en el continente americano.

En definitiva, las inversiones realizadas por miles de asturianos que, siendo casi unos niños, habían emigrado al continente americano, resultaron decisivas para que la educación asturiana saliese del atraso en el que se encontraba, porque, como bien señaló en 1910 Rafael Altamira, en nuestra región: “La inmensa mayoría de las fundaciones de escuelas, de los nuevos edificios escolares, de los donativos para fines docentes son de los americanos”.

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