Sara Torres, escritora: "Acabamos de ver en directo un genocidio en Gaza, eso nos hace seres responsables de nuestro presente"
La autora gijonesa, uno de los grandes valores de la nueva literatura española, publica nuevo ensayo "El pensamiento erótico", donde reflexiona sobre la forma de superar el enfoque binario sobre las personas y también de "recuperar la esperanza de que es posible vivir a través de la dulzura"

La escritora Sara Torres / Marta Velasco
Desde que a los 20 años salió de Gijón, su ciudad natal, ha llevado una vida nómada. De momento, y hasta marzo, estará en Madrid. Desde allí, la escritora Sara Torres (1991) conversa telefónicamente con LA NUEVA ESPAÑA. Con cinco poemarios y dos novelas se ha convertido en una referencia de las letras españolas. Acaba de publicar «El pensamiento erótico» (Reservoir books), su segundo ensayo. Ya es uno de los libros más vendidos en España.
-En una parte de su nuevo libro habla del pensamiento erótico como «derecho a la dulzura». ¿Qué es el pensamiento erótico?
-El pensamiento erótico son prácticas que permiten ir deshaciendo las inercias del pensamiento, de los modos de pensar heredados que están muy fundamentados en un pensamiento binario y en el dualismo. Son prácticas que buscan recuperar una dulzura perdida. Y, sobre todo, recuperar la esperanza en que es posible vivir a través de la dulzura. De una dulzura que se toma en los términos de la filósofa Anne Dufourmantelle. La dulzura es una inteligencia que se encarga de proteger la vida y hacerla medrar.
-En el libro aborda el desmontaje de ese pensamiento heterosexual.
-Durante la tesis doctoral («El texto lésbico: fantasía, fetiche y futuros queer»), yo quería hablar de cómo se deseaba fuera de la norma. Necesitábamos estudiar cómo la norma daba forma al deseo de todos los cuerpos. Cómo en la infancia, sin quererlo, recibimos un montón de imágenes e ideas de lo que es el mundo y cómo esas imágenes e ideas que recibimos nos conforman como seres que desean, aman y se relacionan. Hay una educación que nos dirige hacia esa norma. Y es una educación que nos lo vende como si fuese naturaleza y no construcción cultural.
-Por eso comienza el libro rememorando cuando veía documentales de naturaleza con su padre. Documentales donde solo hay leones y leonas, machos y hembras.
-Es una simplificación de la complejidad de lo natural a través de un marco de lectura que va limitando las interpretaciones. Pero como es el marco que hemos aprendido a priori, no somos conscientes de que está operando en el proceso de interpretación. Parece que no hay interpretación, parece que estamos percibiendo algo así como la naturaleza desnuda. Pero si nos empezamos a dar cuenta de lo que dice la voz en off de los documentales, vemos hasta qué punto el discurso está construyendo la realidad.
-En el ensayo habla del «colapso de la fantasía». ¿Eso es el porno?
-En el contexto capitalista y patriarcal en el que vivimos, el porno es una simplificación de la potencia vital de los cuerpos en un fitness que busca el espectáculo. Es donde parece que está más presente el cuerpo, pero es donde más ausente está. Borra las posibilidades del cuerpo y las delicadezas a favor de imágenes de impacto.
-El porno ya es la base de la «educación sentimental» de las generaciones digitalizadas.
-Es una tristeza que no podamos presentar alternativas culturales a eso. Deberíamos preguntarnos por qué no estamos pudiendo hacer una contrafuerza a ese mercado. Porque la pornografía es un mercado. Como sociedad no podemos ofrecer alternativas afectivas y culturales a un mercado. ¿De verdad los mercados pueden arrasar la vida íntima de las personas por sus intereses? Quiero pensar que podemos hacer resistencia a eso.
-Lo que pasa es que probablemente la ternura no la puedes filmar con esa «efectividad», digamos.
-Desde luego. Pero si, por lo menos, hubieses interés en intentar filmarla ya tendríamos bastante, ¿verdad? Tenemos que recuperar el interés por filmar cosas que no son tan explícitas. Hay una competición por la atención. Las tecnologías están en una constante competición por la atención y cada vez se va a imágenes de mayor impacto para competir. Frente a esto, el pensamiento erótico es una propuesta de atención a lo pequeño, a lo sensible, a lo no explícito. Eso no quiere decir que no se acompañe de imágenes explícitas. Quiere decir que tenemos que poder investigar la sutilidad. También investigar los colores que están entre el blanco y el negro y los pensamientos que están entre las oposiciones.
-La ternura o la dulzura, por desgracia, parece casi patrimonio femenino. ¿Y los hombres qué?
-De hombres nunca hablo en mis libros porque me parecería muy torpe hablar de lo que no conozco. Creo que los hombres tenéis muchos libros por escribir interesantísimos que, por algún motivo, no estáis escribiendo todavía y espero que escribáis. La pregunta por la dulzura y los hombres tenéis que hacerla las personas que tenéis esa vivencia. No me gusta nada hablar de lo que no conozco. Me parece importantísimo que todos hablemos desde un lugar de honestidad, de conocimiento y de profundidad. Por eso no soy nada opinadora. Estoy bastante en contra de las opiniones en general. Creo mucho en el conocimiento tranquilo, lento, profundo, íntimo. La cuestión de la dulzura es una cuestión sobre la protección de la vida.
-No entiendo.
-La pregunta sería: ¿por qué nos rendimos tanto ante los intereses del capital, del mercado y parece que perdemos fuerza a la hora de defender la vida? ¿Por qué nos están consiguiendo convencer de que importa más la acumulación, el crecimiento y la expansión que la dulzura, que la protección, que la distribución justa de los recursos? Eso son ideas de una política de la dulzura. Y luego están las ideas que relacionan lo humano con un crecimiento sin fin y, además, también con la ley del más fuerte
-¿Las nuevas tecnologías están succionando, vaciando, lo que nos constituye como seres humanos?
-Las tecnologías parten de cosas básicas de lo humano y por eso sobreviven, por eso nos enganchamos a ellas: el deseo de comunicarnos, de conectar, de poder hablar con alguien, de no sentirnos solas, de mirar qué está haciendo la vecina…. Todos esos deseos son humanos. Y las tecnologías, las redes sociales, se enganchan a esos deseos. El problema es que, de pronto, vemos que estamos trabajando para las tecnologías en lugar de que las tecnologías trabajen para nosotras. No soy tecnófoba para nada, pero creo que todo tiene que estar en constante revisión. Tenemos que pensar qué mundo estamos haciendo con las tecnologías que tenemos. Y también tenemos que pensar qué efectos están teniendo las tecnologías en nuestro bienestar. ¿Estamos más cansadas, más tristes en lugar de más conectadas? ¿Nos sentimos más desconectadas? Entonces, si yo me siento más desconectada, esa tecnología a la que acudí buscando conexión no está cumpliendo su función.
-¿El amor entre mujeres es diferente del amor entre hombre y mujer o, simplemente, el amor es amor?
-No puedo hablar del amor entre hombres y mujeres porque no lo he vivido. A mí lo que me fascina del amor entre mujeres es cómo ha sobrevivido históricamente a pesar de la prohibición y del castigo y, además, cómo ha producido otras filosofías, otros conocimientos, otra poesía, otro arte que trabaja a favor de mundos donde me apetece mucho vivir, de mundos amables, de mundos mucho más justos en algunos sentidos.
-Hay una parte, muy a final de su ensayo, cuando habla de la obligación de permanecer atentas al dolor de las demás. Eso debería ser una ley universa.
-Este libro es un libro sobre el cuerpo enamorado. Sobre eso que podemos hacer cuando estamos en estado de dulzura, cuando el cuerpo enamorado está alegre y tenemos ese extra de dulzura y esa alegría de la creatividad. Pues el libro es una llamada a que esa alegría del cuerpo enamorado nos sirva para conectarnos con el dolor de las demás y no solo para celebrar un buen momento de la intimidad. Que nos sirva no solo para comprarnos un coche compartido y meternos en una hipoteca y tener hijos. Que el cuerpo enamorado sirva para defender la dulzura como modo de vida que nos merecemos.
-En este mundo que parece en proceso de derrumbe, ¿le apetece volver la mirada hacia afuera y escribir sobre esa transformación?
-Creo que realmente es un momento social clave porque acabamos de presenciar un genocidio en directo (Gaza) y acabamos de ver un avance de ese genocidio hacia un proyecto de colonización imperialista. Y lo hemos visto paso por paso. Lo hemos visto desde nuestros móviles. Hemos visto todos los detalles y eso nos hace seres responsables de nuestro presente. Es un momento donde no se puede ya olvidar lo que se sabe. Hemos aprendido cómo está funcionando el mundo. Y eso es doloroso y puede hacer que algunas personas deseen esconderse debajo de la almohada. Pero también nos hace responsables y capaces de responder.
-Muy optimista la veo.
-Quiero pensar que tenemos mucha más capacidad para entender el mundo en que vivimos. Antes a veces estábamos bajo una especie de encantamiento de bienestar que nos hacía creer que vivíamos en un mundo mejor. Porque estábamos más cómodas. Pero ese falso bienestar individual se ha revelado como un lugar donde muchas cosas están en juego. Y nuestras vecinas, no son solo las de al lado, que también, nuestras vecinas visibles están en un mundo global y conectado. No podemos ignorarlas. Tenemos que mantener la potencia de hacer cosas juntas, a pesar de que el mundo siga resolviendo soluciones distópicas frente al horror. Frente a la distopía, tenemos que seguir teniendo opciones creativas y dulces como creer en la dulzura y en la creatividad como herramientas para crear otras narrativas. No podemos dejarnos arrastrar por esta narrativa distópica y pensar que está todo hecho.
-¿Tiene la sensación de vivir en una distopía?
-¿Usted no la tiene? Yo la tengo. Desde hace años han ido pasando cosas que nos dejaban estupefactos y que decíamos: no es posible, no está pasando, no puede ser real. Y en este espectáculo de lo distópico, de lo que no puede ser real, hemos llegado a realidades terroríficas. Tenemos que entender cómo funciona esta sociedad del espectáculo para poder poner resistencia a algunas inercias. Porque parece todo un show, pero debajo del show se está muriendo la gente. Y se está sacando a la gente de sus casas y se está poniendo en peligro lo más básico que nos permite la convivencia, la confianza en el vecino y la vecina. Tenemos que conocer la narrativa del show distópico para poder resistirla que no nos arrastre.
-¿Tiene miedo al futuro?
-Intento que el miedo no se apodere de mis días, porque el miedo paraliza. El futuro nos lo estamos jugando en el presente y en el presente estamos llenos de potencias. Vivimos en la distopía, pero no somos seres de la distopía. Venimos de abuelas que nos han amado bien, entonces creo que seguimos siendo cuerpos que saben cómo se cuidan, cómo se lucha por lo básico, saben qué es lo que importa y necesitamos procesos para recordarlo. No olvidarlo, no dejarnos arrastrar por futuros distópicos prometidos. El presente. ¿Cómo nos hacemos cargo del presente, ahora? Cualquier gesto de resistencia, de cuidado y de protección de la vecina en el presente va a construir futuros más dulces, más transitables. En lo que sea, hoy tenemos que estar haciendo cosas a favor del presente. Cuando pasan cosas terribles hay algo animal en nosotras que desea desvincularse. No ser partícipe. El problema es que ya no podemos no ser partícipes. La omisión es un tipo de participación. Invitar dulcemente a que tomemos responsabilidad es ya un camino muy fuerte. Esas personas que quieren mantenerse al margen tienen que entender que no hay margen. Ya no existe el margen, desgraciadamente.
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