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La merluza se expande y cría cada vez más cerca de Asturias: la investigación pionera de la bióloga marina Cristina García

La investigadora del Centro Oceanográfico de La Coruña, nacida en Villayón y criada en Navia, participa en un estudio que monitoriza los patrones de desove de la especie para tratar de mejorar la gestión sostenible del recurso

Cristina García Fernández, con una merluza de 113 centímetros y trece kilos de peso.

Cristina García Fernández, con una merluza de 113 centímetros y trece kilos de peso.

La población de merluza europea crece, se expande y se reproduce en aguas nuevas. La geografía de sus áreas preferidas de cría en el noroeste peninsular ocupa una franja que en principio abarcaría, mirando desde Asturias, por el oeste de Finisterre a Cedeira, en La Coruña, y por el este el entorno marino de la bahía de Santander.  Pero el pez emblema de las costas, las lonjas y las mesas del Cantábrico lleva un tiempo en fase expansiva, mudándose cada vez más a las aguas de la línea litoral de Asturias. La mayor evidencia científica disponible sobre las pautas de reproducción de la especie ha nacido de la investigación de Cristina García Fernández, bióloga marina nacida en Villartorey (Villayón) y criada en Navia que ha dedicado los últimos años a monitorizar los comportamientos reproductivos de la especie dentro del equipo del Centro Oceanográfico de La Coruña que firma un estudio pionero y recién divulgado sobre los “patrones de desove de la merluza europea a través de datos pesqueros”.

Sus conclusiones acaban de ser publicadas en la revista “ICES Journal of Marine Science”, que edita la Universidad de Oxford, después de una larga investigación singular por la metodología y las posibles aplicaciones de cara a la gestión informada del recurso pesquero. Los autores, científicos del Centro Oceanográfico de La Coruña y del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, han elaborado “el análisis espacio-temporal” más extenso confeccionado hasta la fecha sobre el desove de la merluza europea. Lo han conseguido cruzando miles y miles de datos, registros de venta de huevas de merluza en lonjas, puntos de geolocalización de los barcos que las capturaron y condiciones de temperatura y nutrientes detectados en las aguas… Todo en un extenso periodo de tiempo que abarca de 2009 a 2022 y en la vasta porción de mar que se va del Miño al Bidasoa. Examinaron en total, detalla la investigadora asturiana, 80.000 puntos de geolocalización correspondientes a 10.000 viajes de barcos de volante y palangre, los que se dedican a la pesca de ejemplares grandes, que suelen ser hembras.

El estudio, que forma parte del Programa de Ciencias Mariñas de Galicia, financiado con los fondos del programa Next Generation de la Unión Europea, nace con la pretensión de servir para “mejorar la evaluación de las poblaciones” y de contribuir “a una gestión pesquera más informada, con esfuerzos de conservación específicos”. Se trata de “utilizar los datos para proteger mejor a los reproductores”, abunda Cristina García, y de saber cuánto y dónde se reproducen para tomar las decisiones sobre las “vedas espaciotemporales” localizando los lugares y las fechas más propicios sobre la base de sólidas evidencias científicas.

El trabajo, que también firman Jaime Otero, Maria Grazia Pennino y Mari Paz Sampedro, ayuda a entender patrones básicos de reproducción de la merluza en las aguas atlánticas ibéricas. Por ejemplo, su preferencia por los meses que van de diciembre a marzo, por las aguas a unas temperaturas de entre diez y 12,5 grados y unas profundidades de cien a doscientos metros, si bien la tendencia constatada en los últimos años apunta hacia la búsqueda de honduras mayores, quizá como consecuencia del mismo incremento de las poblaciones que determina la “conquista” de nuevas áreas de cría en la franja marina inmediata a las costas asturianas.

No es la primera vez que Cristina García dedica su tiempo a la merluza. La científica asturiana, especialista en biología marina, licenciada en la Autónoma de Madrid y destinada desde abril de 2024 en el centro adscrito al CSIC del Instituto Oceanográfico coruñés, ya eligió la especie para su tesis de máster. “Mi director tesis me ofreció unas cuantas y le dije ‘dame algo duro, complicado’. Escogí ésta porque es más impredecible, más plástica que otras. También es la que más se desembarca en los puertos del Cantábrico y me gusta porque es una especie de reto. Resulta muy complicado trabajar con ella, pero por otro lado es muy satisfactorio conseguir algo que realmente puede servir y tener una repercusión y una utilidad…”

Rumbo a Dinamarca

Cristina ha llegado hasta aquí tirando del hilo de la “curiosidad” que se le despertó yendo de pesca con su abuelo y después de una intensa trayectoria profesional que está a punto de dar un giro notable rumbo a Copenhague. Acaba de recibir la noticia de la concesión de una beca “Marie Curie” para investigar en el DTU Aqua, un centro especializado en los ecosistemas marinos adscrito a la Universidad Técnica de Dinamarca. La merluza es su especialidad, pero allí cambiará de especie para trabajar con la sardina, el espadín y el arenque del Mar Báltico…

Es el siguiente desafío profesional de una carrera que ha atravesado unos cuantos desde que se fue a Madrid a echar de menos el mar y a estudiar Biología. Cursó un máster internacional “Erasmus mundus” que la llevó en dos años al Algarve portugués, Bélgica, España y una base marina en un fiordo sueco y en 2021, mientras completaba en Massachussets su doctorado en Ecología Pesquera en el Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo, terminó participando en una expedición internacional financiada por la NASA. No iba a eso, pero le surgió la oportunidad de embarcarse y no lo dudó.

Durante dieciocho días de navegación por el Atlántico, intervino en un proyecto para el análisis de la “bomba biológica de carbono”, un fenómeno natural clave para la regulación del clima de la Tierra “mediante el que el océano captura el CO2 de la atmósfera y de algún modo lo ‘secuestra’ en el fondo del mar”. El fitoplancton, el conjunto de microorganismos vegetales acuáticos, consume carbono al hacer la fotosíntesis y al ser ingerido por otras especies puede llegar al fondo marino y quedar confinado allí… Por eso es necesario investigar en qué medida la emisión de CO2 en grandes cantidades a la atmósfera puede alterar esta “bomba de carbono”.

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