Los poemas del asturiano que vivió en Wuhan, la “zona cero”, el estallido del covid: “Creo que todavía no hemos reflexionado sobre cómo nos afectó la pandemia”
El periodista gijonés Jaime Santirso publica “Bululú”, su segundo poemario, “una serie de pequeñas historias con las que el lector pueda sentirse interpelado”
“Creo que el periodismo te obliga a estar muy centrado en la actualidad y no tanto en la realidad. Y la poesía es al revés”.

Jaime Santirso. / .
El periodista Jaime Santirso (Gijón, 1990) se convirtió él mismo en noticia de actualidad al convertirse en uno de los pocos periodistas internacionales, y el único español, que estaba en Wuhan, la “zona cero” de la pandemia de coronavirus, a principios de 2020. Eso le valió el premio al periodista joven del año en 2021 concedido por la Asociación de la Prensa de Madrid. Lleva 15 años viviendo en China, fue corresponsal para el diario “El País” y ahora lo es para el “Abc”. Pero, además de periodista, es poeta. Acaba de publicar su segundo libro de versos. Se titula “Bululú” (Ed. Espasa) y viajará desde Pekín a Gijón para presentarlo en el Toma 3 el próximo martes día 24 a las 20:00 horas.
-¿De dónde le viene a un periodista la necesidad de escribir versos?
-Pues no lo sé, la verdad. No sabría darle una respuesta clara. La literatura siempre ha sido algo que me ha acompañado. La poesía como género es un descubrimiento tardío. Me di cuenta de que ciertas inquietudes que yo sentía se expresaban de manera más natural en ese género, más allá de la narrativa tradicional.
-¿Qué vínculo hay entre el periodismo y la poesía? Si lo hay…
-Es una cuestión sobre que he pensado sin haber alcanzado una respuesta. Porque yo siento que hay una cierta incongruencia entre el uno y la otra. Creo que el periodismo te obliga a estar muy centrado en la actualidad y no tanto en la realidad. Y la poesía es al revés. La poesía es, en cierto modo, una disciplina casi antónima. Al mismo tiempo, periodismo y poesía comparten la fe en el lenguaje como materia. En su capacidad para ayudarnos a comprender el mundo que nos rodea y los unos a los otros.
-Entonces la poesía es una herramienta para ahondar en la realidad.
-Creo que sí. Es una manera de apelar a algo más universal, más humano, algo que trasciende a las particularidades del momento y sus circunstancias. Creo además que en el buen periodismo hay algo de poesía y en la buena poesía hay algo de periodismo también. Porque el periodismo no solo debe ser un relato de hechos, también debe aspirar a captar y a transmitir la complejidad del mundo y su belleza. Todo aquello que escapa a las explicaciones más básicas es poesía en cierto modo. Por eso la poesía que yo hago es muy narrativa. Y por eso en el periodismo que hago peco de lirismo.
-La poesía no debería de poder explicarse en la prosa de un periódico, pero ¿podría explicar qué va a encontrar el lector de “Bululú”?
-El título expone la propuesta del libro. Es una serie de historias articuladas alrededor de varios bloques temáticos. El bululú era una suerte de teatro itinerante que se popularizó en el Siglo de Oro. El diseño de la portada al libro juega con esa referencia. El bululú tenía como particularidad que el intérprete daba voz a todos los personajes. Lo que pretende ofrecer este poemario son pequeñas historias, pequeñas postales, pequeñas estampas. Cada una captura una emoción o una idea con la que el lector pueda sentirse interpelado.
-Usted lleva 15 años en China. Supongo que no se está tanto tiempo en un país si no hay un cierto amor por esa cultura.
-No sé si amor es la palabra, fíjese.
-O curiosidad.
-Pero es muy preciso lo que dice. Yo mismo me visto interpelado por el ejemplo de otras personas que han dedicado su carrera profesional y de su vida a este país. Personas que, por la realidad política de China, no pueden tener una relación normal con él. China ha expulsado bastantes corresponsales extranjeros. Es una práctica más o menos habitual. Había una corresponsal británica que en su artículo de despedida escribía una idea muy reveladora. Decía que ella amaba a China pero que China no la amaba de vuelta. Creo que en gran medida estoy aquí por una fascinación. Por el hecho incontrovertible de que, en países como el nuestro, o en tantos otros, no se ha reflexionado lo suficiente ni existen puentes suficientes para entender la cosmovisión de un país como China, que va a ser tan fundamental a la hora de configurar las próximas décadas. Y aquí hay una cuestión que es importante diferenciar. Se puede ser muy crítico con este país y con su régimen político, pero eso no quiere decir que no haya una proximidad o una cercanía con la cultura. El Partido Comunista Chino confunde, en su propio beneficio, esa diferenciación entre el Partido Comunista y China. Y yo creo que es higiénico mantenerlo la separación. Es perfectamente razonable desear que el pueblo chino avance y mejore y viva una vida más prospera, y al mismo tiempo, estar alerta ante las implicaciones que el auge de China, o la de la China dirigida por el Partido Comunista, tendrá en cómo construimos nuestro mundo.

La portada de "Bululú" / .
-¿Cómo ve España desde China?
-Venir a aquí, sobre todo a lugares que son esencialmente distintos en su tejido cultural, es un ejercicio muy sano. Te permite contemplar tu cultura y tu sociedad desde lejos. Te permite contrastar, en el sentido de encontrar un realce y dar un sentido a tu identidad, a tu comunidad política. Lo que me sucede cuando vuelvo a España es que veo todo lo que nos une, todos los consensos básicos de nuestra comunidad. Eso es un ejercicio bellísimo. Sería muy sano que nos viéramos como yo nos veo. Porque cuando vuelvo a España siento que todo el mundo es amigo mío. Veo todo lo que compartimos de manera automática y es bellísimo. Eso es especialmente necesario en un momento como el actual, de tanta hostilidad.
-¿Tiene la impresión, cuando vuelve a España, de que regresa al pasado? Lo digo por altísima digitalización de China.
-Es cierto que es el país que ha llevado más lejos la implantación de las posibilidades de la digitalización a nivel social. Pero no sé, cuando vuelvo yo vuelvo a casa, veo cosas que no cambian. Pero, claro, desde los ojos de alguien en mi posición eso no es algo malo. Lo que sí veo es cierto inmovilismo. No es tanto regresar al pasado como a un lugar un poco al margen del tiempo.
-¿Cómo se ejerce el periodismo en un país con un régimen como el chino? Me va a decir que con mucho cuidadín.
-Pues se ejerce como se puede. Hay unos obstáculos insorteables a nuestra actividad. Y empiezan cuando pones un pie en la calle, seguramente antes. Y eso es algo que se ha agudizado de manera bastante radical en la última década. Incluso le diría que en el último lustro. Hay una voluntad evidente por parte del régimen de monopolizar el relato de la China contemporánea. Y como parte de ese empeño se ha comenzado a asfixiar todos los puntos de contacto de la prensa extranjera con la sociedad. Antes había, digamos, unas líneas rojas muy claras, pero ahora cada vez más todo es sensible. Es muy complicado hablar con empresarios, con académicos, con la gente de a pie… Tienes que ser muy responsable y muy consciente que, por un lado, los pones en peligro y además para ellos tampoco hay ningún beneficio en hablar con un periodista extranjero. Se encuentra, pese a todo, la manera de seguir trabajando. Porque el régimen, dentro de ese entorno muy controlado, pues nos tolera.
-¿Por qué sigue usted en China?
-Como en todos los sitios, por inercia en parte. Decir lo contrario sería mentir. Pero sigo en China porque me parece una historia fascinante. Había un corresponsal británico que llevaba décadas en el Oriente Medio y decía que era como estar leyendo una novela fascinante. Siempre querías leer una página más y otra. Yo me siento un poco así, sigo queriendo leer muchas páginas. Al mismo tiempo asumo que el compromiso con la deontología de mi profesión requiere aceptar que, en cualquier momento, me tenga que ir de China. Es algo que acepté desde el primer día. En cierto sentido también hace que disfrutes más de estar aquí. Digamos que hay una capa de imprevisibilidad que cubre todo. Hace que sea un poco más épico.
-Usted vivió en la zona cero, Wuhan, el estallido de la pandemia de coronavirus. ¿Qué queda de aquello que parecía el fin del mundo?
-Fue muy importante para mí desde el punto de vista más personal. Por todos los esfuerzos que yo había hecho hasta encontrarme en ese momento, en una oportunidad tan excepcional, al comienzo de una crisis sanitaria de un virus descubierto dos semanas antes y del que no se sabía nada, y que la ciudad se cierre. Y ser uno de los siete periodistas de todo el mundo que estaba allí. Sentía en esa primera semana en Wuhan millones de ojos encima de cada palabra que escribía. No sabía si iba a poder salir de Wuhan y cuando lo hice fue una liberación. También hizo que quizá no fuera tan alarmista como debería haber sido a la vuelta. En cierto modo, me pesa. Debería haber tratado de alertar más de lo que iba a suceder. Desde luego no pensaba que iba a suceder tan rápido como sucedió.
-Luego vivió el periodo de “covid cero” en China.
-Fue un episodio fascinante ver cómo China levantaba su política de “covid cero” y una barrera biológica con el resto del mundo. Al principio fue muy exitoso. Pero, poco a poco, fue virando desde una cuestión sanitaria a una cuestión ideológica que venía a demostrar la superioridad del modelo del Partido Comunista frente las democracias occidentales y que, por ende, no podía fallar. Fue como ver una de esas campañas desastrosas en la historia reciente del partido como el Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural, en los que la ideología prima sobre la realidad misma. El concepto mismo de realidad se fue transformando hasta extremos completamente increíbles. De hecho, todavía pienso lo difícil que es transmitir lo diferente que era vivir la cotidianeidad aquí con respecto a cualquier otro lugar de mundo. Tener que hacerse pruebas cada tres días, tener que escanear códigos para poder entrar a cualquier sitio y, si no tenías un código porque no habías hecho una prueba, entonces no poder entrar. Era una situación irreal. Y además ver cómo eso se encaminaba al desastre.
-¿Hemos aprendido algo de esa pandemia de la que decíamos que íbamos a salir mejores?
-Vivimos una época de cambios tan acelerados y profundos, de movimientos tectónicos que sólo alcanzamos a percibir la superficie, que yo no sé… Tengo la impresión de que no hemos reflexionado sobre la pandemia y de todo lo que nos había ocurrido. Cada uno con su particular expresión, porque todos teníamos una gran historia de la pandemia y algunas son terribles. Pensaba que todavía no había llegado el momento de reflexionar y que lo haríamos. Pero igual no llega ese momento. No lo sé, la verdad.
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