La vida de Charo Fuentes, una indiana del siglo XXI entre Asturias y Venezuela: un amor eterno, tesón empresarial y muy rico chocolate en Oviedo
María del Rosario Fuentes Maíllo, que abrió en la Losa de Oviedo una conocida chocolatería a su regreso a Asturias, marchó a Venezuela con 19 años tras casarse por poderes con el emigrante asturiano José Ramón Amieva, con el que mantenía una relación epistolar pero al que no había visto jamás en persona
Charo y José Ramón, fallecido en 2022, llegaron a celebrar sus Bodas de Oro y retornaron a España en 2001, una vez que la situación en Venezuela se hiciera insostenible
María del Rosario demostró en Venezuela sus dotes de emprendedora: con Distribuciones Charito se dedicó al comercio mayorista de alimentación y desbancando a muchos de sus competidores, hombres en su mayoría

María del Rosario Fuentes en la Losa de Oviedo, donde tiene su negocio. / .
Virginia Casielles, historiadora del arte y especialista en el fenómeno migratorio de los indianos, firma este artículo en el que perfila la historia de una indiana de nuestro tiempo, Rosario Fuentes, una zamorana casada con un emigrante asturiano a Venezuela que, a su regreso a Asturias, montó una conocida chocolatería en La Losa, en Oviedo. Casielles colabora habitualmente con "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA escribiendo una serie de artículos sobre la huella en piedra que dejaron en Asturias los emigrantes que triunfaron en América. Esta especialista cuenta periódicamente para "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA, la historia constructiva y familiar que tienen algunas de las más señeras casas de indianos que hay en la región. Virginia Casielles es autora del libro “Una saga de maestros de obra”, sobre la familia Posada Noriega, que edificó numerosas casa de este tipo en el Oriente, y también de “El pequeño indiano”, la exitosa versión infantil del libro anterior.
Una está acostumbrada a descubrir, leer y escuchar historias interesantes siempre en estilo indirecto, porque en el directo, por siglo, es imposible. Por eso, tener la suerte de poder sentarme frente al testimonio en primera persona me emociona y me hace sentir, casi, extraña. Siempre cuento historias de ultramar, de gente que ya no está y que me encantaría haber conocido; haber podido entrar en un café de su época y dejarme llevar por ese olor a chocolate caliente que esta vez sí pude experimentar porque Charo, sí, ella está. Está sentada en una silla de su chocolatería, un negocio con el que culmina su carrera de empresaria y que le endulza sus días, con su pelo muy rubio y muy brillante, sus anillos grandes —que siempre han sido su predilección— y un aire muy de artista de cine.
Siempre cuento historias con protagonistas masculinos, donde la mujer ronda, sobrevuela, acompaña, pero no protagoniza, y ahora sí, ahora es ella quien, con un siglo de diferencia, protagoniza su propia historia de emigración y podríamos decir que Charo, lo hizo por amor.

María del Rosario su 83 cumpleaños, el 4 de noviembre de 2025. / Archivo familiar Amieva Fuentes
Cuando pensamos en indianos, evocamos viajes transoceánicos a corta edad, escasa formación académica, trabajo duro, matrimonio por poderes, apertura de negocios y regreso al país de origen. María del Rosario Fuentes Maillo, Charo, indiana entre los siglos XX y XXI, encaja en ese perfil. Con apenas estudios —solo cursó hasta sexto y con libros prestados— dejó su Zamora natal a los diecinueve años rumbo a Venezuela, tras una relación epistolar y un matrimonio por poderes con José Ramón Amieva Rodríguez, asturiano emigrado que se enamoró de ella al ver, en Maturín, una fotografía que le mostró Inés, la hermana de Rosario, imagen que ya no sacaría jamás de su cartera.

Esta es la primera vez que Rosario vino a Asturias. Ya casada por poderes pero todavía no había conocido a su marido en persona porque no había viajado a Venezuela. La vistieron de llanisca / Archivo Familiar Amieva Fuentes
En 1962 su padre, Luis Fuentes, la acompañó en tren hasta Vigo para embarcar. Se puso unos pantalones —prenda impropia para una hija a ojos paternos— solo cuando él dejó de verla, advertida por unas amigas de que desde la escalerilla del barco se veía más de lo conveniente. Tras quince días de travesía en la tercera clase de un barco enorme llegó al puerto de La Guaira, donde la esperaban su hermana y su flamante marido a quien no había visto nunca en persona y hacía la situación, aún si cabe, más difícil. Ya en destino, superadas la timidez, los nervios y las tensiones iniciales y con una nueva vida en marcha, comenzó a trabajar como pantalonera en una sastrería, pues con el sueldo que José Ramón ganaba como camionero no podían ahorrar para regresar: porque quien se va, siempre piensa en la vuelta.

Rosario Fuentes en la foto que su marido llevó siempre en la cartera. Esa imagen fue la primera que José Ramón Amieva vió de su futura esposa. / Familia Amieva Fuentes
Su mirada emocionada y vidriosa se deja empañar por el recuerdo de una intensa vida de amor, trabajo y superación. Hoy, en su etapa de sabia, desgrana un pasado que la emociona y la enorgullece al mismo tiempo, y ese orgullo se hace extensible a sus hijos, que, custodios de su madre, la han acompañado a lo largo de los años entre el storge griego y la admiración profunda de quien les ha enseñado a luchar.

José Ramón Amieva Rodríguez y Rosario Fuentes Maillo al encontrarse en Venezuela. / Archivo familiar Amieva Fuentes.
Charo les muestra su agradecimiento porque Rosario, su hija, adoptó un rol de madre para hacerse cargo de sus hermanos, lo que la hizo madurar antes de lo que le tocaba, y Charo lo ve como un auténtico símbolo de amor que le daba la tranquilidad de poder salir a trabajar cada mañana y regresar muy tarde en la noche, pues se ocupaba de sus hermanos menores José Luis y José Ramón. El amor fue también lo que consiguió convencer a su esposo para aceptar su empoderado plan: montar un negocio propio, ella, una mujer, en Venezuela, en 1974, trabajando fuera de casa cuando la convicción de la época la prefería al cuidado de los niños. No solo abrió el negocio, sino que lo hizo a lo grande: se dedicó a la distribución mayorista de alimentación, sirviendo a todas las bodegas y tiendas de ultramarinos de la zona. Trabajando y vendiendo barato, alcanzó tal volúmen de ventas que su competencia, siempre masculina, no podía soportarlo y, con comentarios psicológicamente muy hirientes, intentaban debilitarla, pero nada más allá, Distribuciones Charito no paraba de crecer.

Día de su matrimonio por poderes en Zamora. Las veces las hizo su hermano mayor. / Archivo Familia Amieva Fuentes
El ritmo siguió, los años pasaron, compró también un despacho de pan para poder tener pan tierno siempre que volvía a casa tarde. Sus años fueron felices: sus hijos nacieron allí e hicieron su vida, estudiaron, se casaron, tuvieron hijos. Pero Venezuela también les empezó a mostrar su cara amarga, su lado más oscuro. La inseguridad de sus calles, en donde coger el coche era ya un acto de peligrosidad en sí mismo, los cambios de itinerario diarios al saberse blanco de secuestro, los rescates de un millón de dólares y las huidas marcha atrás al tener el paso cercado en la carretera, todo eso, unido al duro golpe para el que nadie está preparado —el fallecimiento de José Luis, su hijo mediano, del que jamás uno se puede recuperar, uno de esos golpes que enmudecen el alma y borran ese brillo vivaracho de unos ojos que ya nunca más serían los mismos—, hizo que José Ramón y Rosario, sus hijos, pusieran la maquinaria a funcionar. Vendieron parte del negocio, compraron terrenos en Oviedo, en Santa Marina de Piedramuelle, por el origen asturiano de su padre y donde Rosario hija había vivido un periodo de cuatro años; contrataron a una arquitecta de ascendencia italiana, Ana Primi, para su nuevo hogar y la vuelta se convirtió, por fin, en el otoño de 2001, en algo real.

José Ramón y Rosario, diurante la celebración de sus bodas de plata, en Venezuela. / Archivo Familia Amieva Fuentes
Pero, cuando se ha vivido siempre a un ritmo de trabajo incesante, parar no es una opción. Se sentaron en familia y pensaron qué negocio emprender. Rosario recordó su infancia en Zamora, donde el chocolate formaba parte de la vida cotidiana, y advirtieron que en Oviedo no abundaban las chocolaterías. Como familia unida, optaron por abrir una, un proyecto que aunaba tradición, trabajo y calor de hogar, y que desde su inauguración, el 13 de noviembre de 2003, acompaña a los ovetenses en su local de La Losa, donde, hasta hace poco, Charo, con su aire de artista y su delantal blanco, atendía a quienes se animaban a entrar. Hoy, Rosario y José Ramón, sus hijos, continúan el legado familiar en Asturias, muy lejos de su Venezuela natal. Aun así, sus ojos se empañan al recordar los duros momentos que atravesaron y lo que tuvieron que dejar atrás para empezar de cero en un país que, pese al origen asturiano de su padre, no les resultó del todo familiar ni fácil al llegar. Entre sus planes, quizá no inmediatos, está regresar a Maturín para rememorar lo dejado allí. De momento, permanecen en Oviedo, cuidando de su madre y de su legado, siendo su principal apoyo, pues su padre, José Ramón, falleció el 10 de julio de 2022. Charo fue afortunada al poder celebrar con él sus bodas de oro en 2012; organizaron una celebración por todo lo alto, como reverso de aquella boda por poderes con la que se inició su matrimonio, sellando así cincuenta años de amor firme y perseverante, pero, sobre todo, de respeto y comprensión mutua.
Pantalonera, mayorista, con una pequeña incursión como accionista petrolera, hija, madre, esposa, hermana: son todas las mujeres, todas las facetas que hacen de Charo una mujer excepcional. Con una trayectoria vital admirable, forjada a través de la emigración.

Bodas de oro con sus hijos y nietos. / Archivo Famliar Amieva Fuentes
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