Entrevista | Carlos Delgado Kloos Catedrático de Ingeniería Telemática en la Universidad Carlos III y director de la cátedra UNESCO “Educación digital escalable para todos”
“El sistema universitario es muy rígido, faltan incentivos para afrontar el cambio radical que la IA trae consigo”
“La tecnología nos va a obligar a repensar completamente la metodología de enseñanza, los espacios, la organización docente… Y el problema es la inercia enorme que tenemos las universidades con nuestros organismos reguladores, nuestras Anecas y las muy distintas restricciones a las que nos enfrentamos”

Carlos Delgado Kloos, en el campus del Instituto Tecnológico de Monterrey (México). / M. P.
El vendaval de la inteligencia artificial ya hace temblar las estructuras de la universidad tradicional. En la voz de Carlos Delgado Kloos, catedrático de Ingeniería Telemática, director del departamento en la Universidad Carlos III de Madrid y de la cátedra UNESCO “Educación digital escalable para todos”, la analogía de este “cambio radical” es la energía nuclear. Como ella, la herramienta tecnológica puede ser muy útil o una “bomba atómica”, puede ayudar mucho o hacer mucho daño. De entrada, el experto ve poco dúctiles las costuras de la universidad española, percibe pocos incentivos para el cambio y demasiadas rigideces estructurales y burocráticas, muchos lastres para la tarea imprescindible de asumir una transformación integral de tanto calado que promete cambiarlo casi todo, de la metodología de enseñanza a los espacios, de la arquitectura de los grados y los programas a la organización docente… Reputado especialista en tecnología educativa, asturiano consorte de suegro colungués y veraneos en Luces, Delgado Kloos dejó en la gran cumbre mundial sobre el futuro de la educación –la IFE Conference organizada a finales de enero en México por el Instituto Tecnológico de Monterrey– unas cuantas alertas y algunas reflexiones sobre la necesidad de “repensar todo el proceso educativo para integrar la inteligencia artificial”.
–¿Cómo, hasta qué punto?
–La inteligencia artificial es una tecnología que ha aparecido hace tres años ante el público en general, aunque empezó a desarrollarse en 1956. Ha dado el salto global y no la podemos ignorar ni hacer como si no estuviese. Sería como haber dado la espalda al ordenador personal. Son herramientas de productividad que nos ayudan a resolver problemas más complejos, que nos permiten avanzar y que también tienen riesgos que conviene acotar, regular y tratar. Tenemos que ser conscientes de esa realidad, asumirla e integrarla, porque queremos que nuestros egresados en las universidades se puedan desenvolver bien en las empresas de la sociedad del futuro, donde la inteligencia artificial va a estar por todos los lados. Hay riesgos, y la regulación es necesaria, pero esta es una realidad y hay que asumirla.
–¿Cambiando el modelo por completo?
–Tenemos un modelo docente inspirado en un modelo de factoría, o de cinta transportadora, donde lo importante ha sido siempre seguir obedientemente las órdenes, pero lo que necesitamos ahora, en este mundo tan cambiante, es exactamente todo lo contrario. Nos hace falta interiorizar el “think outside the box”, o pensar de una manera no convencional, ser creativos para resolver los problemas tan complejos que tenemos sobre la mesa. ¿Por qué no ayudarnos de las mejores tecnologías de cada momento? Lo que ocurre es que tenemos que cambiar el modelo de docencia hacia otro esquema en el que el profesor ya no es el summum del conocimiento ni tiene la exclusiva. Ahora el saber está distribuido, por eso hay que cambiar de método.
–¿Hacia dónde? Usted habla de tomar las metodologías clásicas y añadirles el “toque mágico” de la IA.
–Hay que investigar cómo incorporar la inteligencia artificial a los métodos docentes que existen desde hace veinte, treinta, cuarenta años, de manera que repensemos toda la organización de una universidad y encontremos formas de aprendizaje más activo. Hasta ahora, el conocimiento se divide en asignaturas, con un profesor que lo explica todo, pero a lo mejor tenemos que evolucionar hacia una enseñanza más multidisciplinar. En el TEC de Monterrey, por ejemplo, han sido muy valientes y han implantado el aprendizaje por retos, conforme a un esquema en el que las empresas proponen desafíos que intentan resolver entre estudiantes de varias disciplinas. Yo creo que es un buen ejemplo que se puede seguir incorporando, esa es mi propuesta, la inteligencia artificial. Esta tecnología se puede equiparar a la energía nuclear, que puede ser muy útil, pero tiene sus inconvenientes, como la bomba atómica. Pues esto también puede ser una bomba atómica, una energía que nos permite generar cosas buenas, pero también puede hacernos mucho daño si no las regulamos o no somos conscientes de los retos. Pero ignorarla, desde luego, no es el camino.
–¿Qué se va a transformar?
–La metodología, los espacios, la organización docente… Hay que cambiarlos, y ese es también el problema, por la inercia enorme que tenemos las universidades con nuestros organismos reguladores, nuestras Anecas y las muy distintas restricciones a las que nos enfrentamos. Eso es una dificultad, pero yo creo que hay que hacer ese esfuerzo. No será fácil ni rápido, pero hay que caminar por ahí.
–La Universidad es una institución a la que por naturaleza los cambios le cuestan. ¿Percibe suficiente conciencia sobre la urgencia de asumir esta transformación?
–Tampoco hace falta cambiarlo todo de golpe. Lo que propongo es hacer experimentos locales, de garaje. La idea sería tomar una asignatura e impartirla de forma distinta, si me deja la ANECA o la institución… Tener unos garajes de experimentación y luego escalar los resultados. No querer cambiarlo todo de un plumazo, porque eso es imposible, pero sí empezar dando primeros pasos ambiciosos en lo pequeño para experimentar con nuevas modalidades.
–¿No deberíamos estar haciéndolo ya?
–Sí. ChatGPT funciona desde hace tres años… El problema también está en que los gobiernos de las universidades tienen dificultades, como todos los ciudadanos, para entender realmente qué es la inteligencia artificial, porque la tecnología cambia muy deprisa, porque en este tiempo ha avanzado mucho y ahora ya es mucho más que el chatbot, la cajita de texto que simula conversaciones humanas. Llega un momento en el que no somos capaces de asimilar todo lo que se puede hacer y nos quedamos atrás. Ese es un problema para los profesores y los estudiantes, pero también para los rectores y vicerrectores. El TEC de Monterrey es uno de los pocos ejemplos modélicos en la tarea de identificar el desafío y poner en marcha acciones para avanzar.
–¿Y en España? ¿En qué punto del camino está la universidad española?
–Está mal. No hay incentivos para el cambio. En el modelo de gobernanza de las universidades, los mandatos rectorales de seis años quizá sean más útiles para estas transformaciones, pero hay muchas otras dificultades, como la de la financiación, un problema acuciante para las universidades públicas españolas. Estamos viendo, sí, pequeñas iniciativas en algunos lugares, pero hay que dar un puñetazo encima de la mesa y dejar claro que esto nos lo tenemos que tomar en serio. Este no es un cambio incremental, es más radical, y hay que acometerlo. En la Carlos III nosotros hemos constituido unos grupos de trabajo por especialidades, por disciplinas, para identificar todas las transformaciones necesarias, pero eso fue hace año y medio o dos años. Ya habría que renovarlo, porque todo cambia a una enorme velocidad. Pero eso pasa en España, en Alemania, en Italia… Y las universidades públicas tenemos tal vez más inercia que en las privadas. Yo he estudiado en la pública y defiendo su necesidad y su importancia, pero el cambio es más lento y, por tanto, más difícil de acometer.
–¿Porque el sistema universitario es demasiado rígido?
–Muy rígido. Cambiar una asignatura en un grado de cuatro años exige un proceso que puede tardar más de un año, y en ese tiempo el programa puede haberse quedado obsoleto otra vez. No hay sistemas ágiles de avance.
–¿Qué tipo de empleos no podrán ser sustituidos nunca por una inteligencia artificial?
–Quizá los más humanos. Una enfermera, por ejemplo.
–¿Y los profesores?
–Los profesores deben ser apoyados por la inteligencia artificial, no sustituidos. Ahí todavía hay una parte humana que es imprescindible y tenemos que seguir estando ahí.
–A lo mejor la IA no va a venir a sustituir a los profesores, sino a los profesores que no sepan manejarla.
–Sí. Pero eso se puede aplicar también a los profesionales de cualquier disciplina.
–¿La clave es saber anticiparse a la máquina, dominarla antes de que ella nos domine a nosotros?
–Hay que estar al día de todos los avances y saber utilizarlos. Yo voy a impartir en la Carlos III una formación para los ayudantes doctores nuevos que se incorporan sobre todas las capacidades que tiene la inteligencia artificial. Se trata de que sepan cómo les ayuda a generar contenidos, cómo la pueden utilizar para dinamizar la clase… Hay muchos usos muy diversos y necesitamos ser conscientes de todo lo que existe para aprovechar lo que más interesa a cada uno.
–¿Quizá otro problema es que la tecnología va siempre por delante, y el gran reto es ser capaces de perseguirla a una distancia prudencial?
–En esta presentación para los ayudantes doctores quiero transmitirles, por ejemplo, que a los estudiantes no hay que enseñarles contenidos ahora, sino conseguir que aprendan a aprender, porque durante su vida profesional van a estar reeducándose y recualificándose continuamente. A los profesores, en la misma línea, no les voy a contar las cuatro recetas, sino la necesidad de que sean conscientes de que tienen que hacer un seguimiento continuo del estado de la tecnología para no quedarse obsoletos. El enfoque, tanto para los estudiantes como para los docentes, va dirigido a la recualificación y a poner los medios para que se pueda efectuar de la mejor manera posible.
–Eso equivale a pasar de una universidad de cuatro o cinco años a la de toda la vida…
–Claro. El sistema de microcredenciales va por ahí. El modelo clásico de la universidad, de grado, posgrado y doctorado, va a dejar paso a una necesidad de atender a los profesionales a lo largo de toda la vida. Este concepto se introduce en las universidades españolas hace cinco años, en el Real Decreto 822/2021, aunque es un movimiento universal. En la Universidad Carlos III tenemos el “proyecto Mochila”, que coordinamos con el TEC de Monterrey y universidades de la República Dominicana, Guatemala y Chile para hacer un poco de “capacity building”, de formación para la creación de microcredenciales.
–Ese nuevo modelo, tan adaptado a los requerimientos y a los cambios de la industria y el mercado laboral, cambia constantemente y también requiere agilidad en el sistema.
–Efectivamente, porque hay que lanzar microcredenciales y matarlas, por decirlo de alguna manera. En mi universidad hemos sacado hace poco algo más de cincuenta, entre ellas una mía de dos créditos sobre Inteligencia Artificial, que están abiertas a todo el que las quiera seguir, no sólo a estudiantes universitarios. Y aquí la acreditación es un problema, porque antes se acreditaba un grado entero, a lo mejor de 240 créditos, pero para dos créditos tenemos que tener una forma distinta de acreditar, no podemos tardar lo mismo que para un grado, y eso implica una reorganización de las estructuras de la universidad para atender esta nueva necesidad que está ahí.
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