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Entrevista | Mercedes Mateo-Berganza Díaz Jefa de la división de Educación en el Banco Interamericano de Desarrollo

"La inteligencia artificial te sustituye o te aumenta; o sabes usarla o ella te usará a ti"

"Tenemos que enseñar a los estudiantes las habilidades analógicas antes que las digitales; desarrollar el pensamiento crítico, la comunicación o la capacidad de trabajo en equipo es fundamental como paso previo para adquirir después las destrezas técnicas específicas"

"La sobreexposición temprana a las pantallas hace que el cerebro se salte etapas y madure demasiado rápido; eso conduce a menores niveles de resiliencia y falta de flexibilidad mental en la vida adulta"

Mercedes Mateo-Berganza Díaz.

Mercedes Mateo-Berganza Díaz.

Monterrey (México)

No es el futuro. Ya está aquí. La tecnología mueve los hilos de un cambio de era sin precedentes en la historia que ya está transformando la forma de trabajar, de aprender y de vivir. Los desafíos que este momento crítico le plantea a la docencia y al aprendizaje son las herramientas de trabajo de Mercedes Mateo-Berganza Díaz, jefa de la división de Educación en el Banco Interamericano de Desarrollo y politóloga reconvertida en profesional inquieta por el porvenir de la enseñanza. Burgalesa de Aranda de Duero, ha superado los veinte años de servicio en el Banco Interamericano de Desarrollo, una institución financiera singular que tiene la sede central en Washington y la mira puesta en la reducción de los desequilibrios y el progreso sostenible de América Latina.

Mateo, doctora en Ciencia Política por la Universidad de Lovaina (Bélgica), lidera desde hace cinco años un equipo de especialistas y profesionales dedicados a transformar la educación y fortalecer los ecosistemas de aprendizaje en Latinoamérica. También se hace preguntas, y a finales de enero dejó unas cuantas reflexiones para tratar de responderlas en la IFE Conference, el gran foro mundial sobre el futuro de la educación que organizó en México el Instituto Tecnológico de Monterrey.

–El futuro no es lo que era desde que la inteligencia artificial ha venido a revolverlo todo, empezando por la educación. ¿Con qué potencialidades y qué peligros?

–Esta no es una revolución industrial igual que las otras. Por primera vez en la historia de la humanidad estamos ante un agente que va a superar, si no lo ha hecho ya, la capacidad cognitiva del ser humano. Eso es algo único. Estamos ante un momento histórico que acabará siendo una distopía o no en función de lo que hagamos con la inteligencia artificial. De momento, lo que estamos viendo es que los desarrollos de la IA los controlan unas pocas empresas tecnológicas que están situadas en el Gran Norte y que por tanto el Gran Sur no tiene mucho que decir sobre el diseño de algoritmos y se ha convertido en consumidor pasivo de lo que se genera en otras partes del mundo. También hay una falta de regulación porque la tecnología está avanzando exponencialmente, más rápido que en ningún otro momento de la historia.

–¿La apunto en el bando de los apocalípticos o en el de los integrados?

–No me gusta ser tremendista, siempre he sido muy optimista con los cambios y la tecnología. Creo que hay muchas cosas positivas y que le podemos mucho partido a la inteligencia artificial, pero estamos en un momento histórico crítico en el que si no nos repensamos como seres humanos, como sociedades, sí vamos a acabar en un mundo distópico.

–Cada vez se escuchan más predicciones apocalípticas sobre el futuro y los empleos que va a hacer desaparecer la IA, pero el futuro cambia cada día y el escenario es extremadamente imprevisible. ¿Habría que ser más conservadores, más prudentes en el análisis?

–Las predicciones siempre tienen un margen de error que hoy es efectivamente mayor porque los cambios son exponenciales, no lineales. Pero eso no quiere decir que no convenga seguir haciendo predicciones, porque con ellas se informan las decisiones. Hay que seguir generando datos y estimaciones para calcular en qué medida puede cambiar un sector. No se trata sólo de predecir qué va a pasar, sino qué podemos hacer para mitigar los riesgos potenciales. Si no tratamos de identificar los peligros mediante ejercicios predictivos, va a ser muy difícil prepararse para afrontar esas amenazas. Lo que no hay que hacer es generar discursos apocalípticos tremendistas que paralicen la toma de decisión. Lo que no podemos perder es la capacidad del ser humano para controlar el futuro.

–¿Qué es eso que la tecnología nunca va a poder hacer por nosotros?

–El economista Luis Garicano publicó estas navidades un artículo maravilloso en el que incluía un consejo a los jóvenes: «Go for the messy job». Vete a por el trabajo desordenado. ¿Y eso qué quiere decir? Él lo explicaba distinguiendo dos tipos de trabajo, los de tarea única y los desordenados. Un ejemplo de los primeros sería el cajero de un banco. El cliente llega y le pide dinero, el señor se lo da, le sella el papelito, le pone al día la libreta y se va. Eso es fácilmente automatizable. Los empleos más complicados de automatizar son los que no son de una sola tarea, los que requieren aplicar el pensamiento crítico y toda una serie de habilidades complejas de orden superior. Es lo que sucede en los roles de gerente, donde necesitas percibir lo que está pasando en el equipo y fuera de él, dosificar la información, tomar decisiones… Ahí no puedes decir «X+2=Z» y ya está. En esas tareas hay un nivel de sofisticación y requieren «habilidades anidadas».

–¿En qué consisten?

–Jared Cooney, un neurocientífico estadounidense, sostiene que tenemos que enseñar a los estudiantes las habilidades analógicas antes que las digitales. Esto quiere decir que el alumno tiene que desarrollar primero las competencias transferibles, fundacionales, las que permiten el pensamiento crítico, la comunicación, la negociación, el sentido común o la capacidad de trabajo en equipo… Porque todo eso es fundamental para que luego se puedan adquirir las destrezas técnicas específicas. El profesional que sólo tiene una acumulación de habilidades técnicas es el que tiene menores retornos laborales, en vertical y en horizontal. Las mayores opciones se las lleva el que es capaz de adquirir competencias generales profundas y de ir acumulando las técnicas sobre ellas.

–Y muchas de esas habilidades «desordenadas» son las que se adquieren en la Universidad.

–Claro. O deberían. Cuando me pregunto qué me dio a mí la Universidad, y sobre todo el programa de doctorado, me encuentro con algo incomparable que he ido transfiriendo a los diferentes campos en los que he trabajado: una capacidad analítica superior a la de otras personas. Eso es el pensamiento estratégico. Cuando alguien lee una pieza de información, no la lee en abstracto, sino en un contexto en el que es capaz de anticipar lo que puede pasar y obrar en consecuencia, hablar con determinadas personas, o reconducir a tu equipo o tu agenda en una dirección concreta... Ese pensamiento estratégico no lo tiene la máquina, por lo menos hoy.

–¿Pero la Universidad ha entendido el papel que le toca en este mundo cambiante o sigue anclada en los paradigmas del pasado?

–Yo creo que todavía le falta camino. Ahora más que nunca, la universidad debe entender el rol social y económico esencial que va a jugar en los próximos años. Si la conciencia humana no se levanta desde la universidad, ¿desde dónde se va a levantar? Los filósofos han sido claves en la historia de la humanidad a la hora de repensarnos como seres humanos, y hoy esa tarea es absolutamente necesaria. Por eso es tan importante recuperar las humanidades, que han ido desapareciendo progresivamente de los currículos en la educación básica y superior. Eso es terrible. Nos hemos enfocado en lo aplicado, en lo que es útil para el trabajo, y hay que volver a una formación humanista. Porque claramente la máquina va a tener potencial para reemplazarnos en las tareas más básicas.

–Entonces vamos justo en la dirección opuesta, en lugar de potenciar las humanidades las arrinconamos.

–Claro. Y eso nos lleva a otro asunto muy importante. Yo creo que estamos asistiendo a una polarización de los sistemas educativos que no existía hace dos décadas o tres. Los niños de familias de altos ingresos están yendo a escuelas en las que sí reciben esa formación humanística y esas habilidades fundacionales transversales. Se agranda la brecha. La gente que puede pagar una educación humanista está llevando a sus hijos a las escuelas Montessori, a las Reggio Emilia, a los colegios en los que se pone a los niños a tejer, a hacer punto, a explorar con la naturaleza y con las artes, el baile o la música. Esa es mi gran preocupación desde el punto de vista de la inequidad. Cuando hablamos de tecnología solemos referirnos a una brecha digital en la que los jóvenes de más altos ingresos tienen acceso a las habilidades digitales, pero para mí el peligro no está ahí, sino en que sólo las familias pudientes se puedan permitir esa formación más adecuada que proporciona las competencias analógicas antes que las digitales. Los que tienen menos medios entrarán en contacto con asistentes virtuales y otro tipo de recursos que son más baratos y más fáciles de escalar, pero que proporcionan un retorno mucho más bajo en términos de acumulación de habilidades y formación de capital humano. La brecha se va a acentuar.

–Usted tiene una teoría que explica por qué no se debe sobreexponer a los niños a las pantallas y a la tecnología.

–Estamos empezando a ver evidencia científica sobre los efectos que en los últimos años, casi dos décadas, ha tenido la exposición temprana de los niños a las pantallas. Cuando en los dos primeros años de vida se le somete de forma desmesurada a la tecnología, el cerebro recibe unos estímulos para los que no está preparado e inicia un proceso de maduración acelerada. Eso, que podría parecer bueno, en realidad es altamente contraproducente. Porque para poder procesar tantos estímulos el cerebro se salta etapas básicas de desarrollo y eso en la vida adulta se traduce en menores niveles de resiliencia y falta de flexibilidad mental, dos habilidades fundamentales para el ser humano y para tener éxito en la vida personal y profesional. También está relacionado, por supuesto, con enfermedades mentales como depresión y ansiedad.

–Un padre preguntaría entonces ¿a partir de cuándo? La tecnología tiene que formar parte de sus vidas.

–Yo, y como yo muchas personsa de mi generación, manejamos con soltura Chat GPT, Gemini, Cloud… No fuimos nativos digitales, crecimos en un mundo analógico, y no nos desenvolvemos tan mal en un mundo digital. Esto lo hablo a veces con mis hijos, y ellos me preguntan «¿por qué me dices que no use Chat GPT para hacer un trabajo académico, si tú lo utilizas?» Porque yo me he pasado cuarenta años haciendo los trabajos sin ningún tipo de ayuda y tú no, les respondo. Ellos están en un momento en el que necesitan desarrollar su capacidad de leer un texto, de resumirlo, de encontrar su estructura fundamental y sus mensajes principales. Están desarrollando sus capacidades analíticas y su pensamiento crítico, y eso cuesta, y es necesario. El esfuerzo cognitivo que uno hace para llevar a cabo ese proceso es enorme. El asunto fundamental es que ellos están aprendiendo, y aprender cuesta. Porque para adquirir una habilidad el cerebro necesita un proceso lento de aprendizaje, de maduración, de prueba y error…

–¿Ya se ven los efectos de la sobreexposición tecnológica?

–A muchos profesionales de nuestra generación nos está yendo bien en parte porque hemos desarrollado las habilidades analógicas de forma profunda. ¿A quién le está yendo mal? Al joven que lee un texto y no lo entiende. En América Latina, el cincuenta por ciento de los chicos de quince años no entienden un texto después de leerlo… Según el último informe del Programa para la Valoración Internacional de Competencias de Adultos, que elabora la OCDE, por primera vez los adultos que están en el mercado laboral o los jóvenes que se están incorporando a él tienen menos habilidades que las generaciones anteriores. Es dramático. Tenemos un déficit de habilidades, de las analógicas, las fundacionales, las del core, en un mundo en el que son precisamente esas destrezas las que nos van a hacer a nosotros manejar a la máquina para que no sea ella la que nos maneje a nosotros.

–¿La IA viene a sustituir a los profesores o sólo a aquellos que no sepan manejarla?

–Hay un profesor de la Universidad de Yale que sostiene que el mundo va a ser de los managers, o de los profesores, o de los estudiantes que sepan trabajar con la inteligencia artificial. Aquí la cuestión es si la IA nos va a reemplazar o va a aumentar el rol del ser humano, porque no hay nada en medio. O te sustituye o te aumenta. Si no sabes utilizarla, ella te va a utilizar a ti. La única posibilidad de sobrevivir es conseguir emplearla para aumentar nuestra capacidad de impacto, y para eso nosotros tenemos que utilizar la IA, no a la inversa. Porque si es ella la que nos utiliza a nosotros nos reemplaza.

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