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Gonzalo Fanjul, experto en políticas migratorias: "No solo caben todos los emigrantes que se regularizarán; si no vienen más, tendremos un problema grave para que el arzobispo de Oviedo cobre su pensión"

El economista ovetenses dirige el área de políticas y análisis del ISGlobal de Barcelona y a través de la Fundación Porcausa, lucha para desmontar el discurso de odio en torno a la emigración

"Vox ha conseguido convencer a la sociedad de que los menas son una amenaza existencial. Y ha conseguido que la sociedad olvide que son niños".

"Las migraciones son el canario en la mina. Lo que se está haciendo con los migrantes es algo que le puede ocurrir a otros grupos de población más adelante, ya lo estamos viendo en Estados Unidos"

Gonzalo Fanjul

Gonzalo Fanjul / Jairo Vargas

Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

El economista Gonzalo Fanjul Suárez (Oviedo, 1971) dirige el área de políticas y análisis del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), fundado por Pedro Luis Alonso, epidemiólogo y premio “Princesa” de Cooperación Internacional, que fue además su primera director. Gonzalo Fanjul es parte fundamental también en la Fundación porCausa, una organización sin ánimo de lucro que se dedica a la investigación, al periodismo y a la comunicación en temas relacionados con los movimientos migratorios. Fanjul, especialista en políticas de lucha contra la pobreza y la desigualdad, comenzó su carrera laboral en Oxfam Intermón y realizó sus estudios postgrado en la prestigiosa Kennedy School of Goverment de la Universidad de Harvard (EEUU). Desde la Fundación Porcausa trabajan para reconducir el relato sobre la emigración que la ultraderecha está tratando de imponer apoyándose en la difusión digital de mentiras.

-Usted ha dicho, al hablar de la emigración, que hoy muchos ya se sienten con permiso para odiar en público.

-Aquí tienes dos problemas, dos realidades. Primero ha habido una revolución tecnológica que ha inundado a las audiencias de información. Esa información, en parte, es falsa. Hay un problema de mentiras en el debate público. En ocasiones, el problema no es la mentira, es simplemente el exceso de información, la incapacidad de discriminar lo que tiene calidad y lo que no. Usted eso lo sabe muy bien: el papel del buen periodismo, de la buena intermediación, sigue siendo absolutamente imprescindible. El buen periodismo es el que discrimina no solo lo que es verdad de lo que no es verdad, sino la información que tiene calidad de la que no tiene calidad y, por lo tanto, vincula a las audiencias con una información transformadora en la medida en que las dota de la capacidad de intervenir en el debate público, en la democracia. Todo ello les permite formarse una opinión de calidad y tomar decisiones que van desde la más solemne, su voto, hasta lo que compramos o lo que dejamos de comprar. La tecnología ha hecho eso mucho más complicado porque ahora la gente ha renunciado al intermediario tradicional. El modelo de negocio de los medios tradicionales se desmorona y se desmoronará todavía más con la inteligencia artificial. Ya ni siquiera Google puede beneficiarse de eso como se beneficiaba antes. Por lo tanto, tenemos que intervenir de otra manera en el debate público.

-¿Y el segundo problema?

-Es que esa herramienta tecnológica está siendo utilizada por una parte de la sociedad para generar odio, para mentir, para intervenir en el debate con discursos que, en cuestiones como la migración, se ha convertido casi en la avanzadilla de toda esta batalla. Se convierte en un discurso destructivo, absolutamente mentiroso, cruel, anticientífico. Esto es algo que vemos, por ejemplo, con un grupo particular, el de los niños no acompañados, identificados con ese acrónimo de los menas. Vox ha conseguido convencer a la sociedad de que los menas son una amenaza existencial. Y ha conseguido que la sociedad olvide que son niños. Con los problemas y con las virtudes de otros niños. Entonces, tienes agentes que son tóxicos en el debate, Vox es uno de ellos, y además tienes un fenómeno que está cada vez más concentrado, el de los “tecnoligarcas” que controlan el discurso público de una manera peligrosa. Por todo ello, las democracias sufren. Las democracias se van debilitando.

-¿Por qué les preocupa especialmente la conversación pública en torno a la emigración?

-La intervención en el debate migratorio es importante en sí misma porque las migraciones son muy relevantes para la economía, para la sociedad, para el Estado de derecho. Pero, además, siempre he dicho que las migraciones son el canario en la mina. Lo que se está haciendo con los migrantes es algo que puede ocurrir a otros grupos de población más adelante. Lo estamos viendo en Estados Unidos. El Gobierno se siente con la capacidad de odiar y de ejercer ese odio directamente sobre los migrantes, pero es el conjunto de la democracia la que se ve perjudicada.

-Ya que habla de Estados Unidos... Las cacerías del ICE empiezan a parecerse a la de los judíos en los años 30 en Alemania.

-Completamente. Hay en este momento una policía política al servicio de una causa política extrema que está dispuesta a pasar por encima del Estado de derecho. Los que seguimos este debate de cerca lo veíamos desde hace tiempo, pero se ha puesto de manifiesto cuando las víctimas del ICE no son solo migrantes, sino una señora con nacionalidad estadounidense que va subida en su coche y a la que pegan tres tiros y matan; o un enfermero, como pasó el otro día en Minneapolis. La población estadounidense empieza a ver y se empieza a revelar contra eso. Empieza a entender lo que está ocurriendo con la población migrante. Con los migrantes que estaban en situación de irregularidad en el país y con todos los demás. Porque lo que hay son controles de tipo racial. Incluso a ciudadanos norteamericanos, que tienen que ir prácticamente con el pasaporte en la boca. Ese es exactamente el camino por el que se construye una autocracia. Hacemos comparaciones con la Alemania los años 30 pero, en realidad, las autocracias y las dictaduras nunca empiezan con el ejército en la calle o con Goebbels pegando voces en una tribuna, empiezan con cosas como ésta. Es una destrucción continuada hasta que cruzas un punto de no retorno, hasta que las instituciones se han debilitado lo suficiente para que cuando quieras dar marcha atrás ya no sea posible.

-Eso que dice muy interesante. Es el destino de la rana que va cociéndose en la olla y no se da cuenta hasta que está hervida y ya no puede saltar.

-Ese el paralelismo exacto. En Estados Unidos, la rana se está escaldando y es muy evidente. Pero en Europa también se está cociendo la rana.

-¿Hasta qué punto lo que vemos con el ICE nos va a llegar y vamos a asumirlo como algo normal?

-Europa ya lo está haciendo. Las fronteras europeas son el Salvaje Oeste a todos los efectos. Tenemos ya una policía migratoria, Frontex, que en fronteras como la de Bielorrusia con Polonia está incumpliendo el derecho europeo de manera flagrante en materia de protección internacional. Los gobiernos de la Unión Europea no necesitan estar en manos de la ultraderecha para comportarse como la ultraderecha. Esto está ocurriendo con gobiernos de centroderecha en muchos países. Pero está ocurriendo también con gobiernos de centro izquierda. En Dinamarca, el partido socialdemócrata, es el primer partido que empezó a negociar lo que se llama la “dispatriación” del derecho de protección de los refugiados. Es decir, llegar a un acuerdo con un país como Ruanda para mandar allí a sus refugiados. El gobierno de Starmer en el Reino Unido está aplicando políticas migratorias propias de países de ultraderecha. Pero es que el gobierno de Pedro Sánchez, que aplica una de las políticas migratorias más progresistas de toda la UE en materia de movilidad laboral, en frontera está comportándose de una manera salvaje. Estamos construyendo cárceles para migrantes. La policía española participa en operaciones en las que se deposita a los migrantes en el desierto. Por ejemplo, en la frontera entre Mauritania y Mali. Esta es una investigación que hizo Porcausa y que se publicó en medios como “El País”, “Le Monde”, “Der Spigel”, o “The Washington Post” hace ahora dos años.

-¿Todo esto a qué responde?

-Responde a una especie de histeria colectiva, a un estado de autosugestión en el que hemos llegado a convencernos de que los migrantes son esa amenaza existencial y, por lo tanto, se justifica todo lo que hagamos con ellos. Hay un estado de excepción, cruzamos las líneas rojas del Estado de derecho de manera constante.

-Entonces, los difusores de la mentira ya han ganado: el emigrante viene a delinquir, a reemplazarnos…

-Exactamente. Aquí se están produciendo dos corrientes enfrentadas. España es un laboratorio de esa bipolaridad. Por un lado, estamos aplicando esa política de frontera. Por otro lado, este Gobierno, prácticamente en solitario, le está diciendo al mundo que la migración es imprescindible para un país que se asoma el invierno demográfico, que necesitamos mano de obra extranjera que apuntale nuestra pirámide demográfica, que garantice el futuro de nuestro Estado de bienestar, de nuestras pensiones y que es posible hacer eso de una manera ordenada, con una regularización como la que ha propuesto el Gobierno español. Es un proceso que ordena el sistema. No sólo garantiza derechos para los migrantes que están aquí. También responsabilidades. Esto supone que el Estado empieza a generar ingresos por la vía de impuestos directos y de contribuciones a la Seguridad Social. El presidente español va por Europa contándole a la gente que esto es perfectamente normal y que es un ejercicio de sentido común y parece que lleva un sombrero de frutas en la cabeza. Prácticamente parece un extraterrestre.

-¿Por?

-Porque en este momento todo el mundo va en dirección contraria. Pero la regularización no es una victoria del Gobierno. Es una victoria de la sociedad española que durante cinco años ha estado promoviendo una iniciativa legislativa popular con la coalición más diversa que ha habido en nuestro país en muchos años.

-¿Entonces sociedad española es una excepción europea frente a la acogida de los emigrantes?

-Lo creo. No es que el resto de los europeos sean una pandilla de canallas, creo que Europa está derrotada por el miedo. Y en España todavía esa derrota no se ha producido. Aquí la regularización fue apoyada por 900 organizaciones. Siempre digo que desde el "soviet de Getafe" a la conferencia Episcopal, prácticamente todo el espectro político. En realidad, representa algo que la sociedad española ha entendido muy bien: que estamos hablando de nuestros vecinos, de los compañeros de nuestros hijos en el colegio, de la persona a la que le compramos la fruta todas las mañanas. Y esa vinculación emocional es una victoria de la sociedad.

-¿Esa empatía se debe a nuestro pasado emigrante?

-Creo que ese elemento es fundamental. Es muy difícil encontrar una familia en Asturias, por ejemplo, que no tenga algún familiar reciente, y no estamos hablando de los años 60, que no haya tenido que marchar para buscar oportunidades. Pensamos en la migración como alguien que se va muy lejos, pero en realidad un asturiano que se tiene que desplazar a Madrid o a Cataluña para trabajar es una forma de migración interior. Es exactamente la misma lógica: una necesidad o una aspiración de prosperar te lleva a un lugar en donde tienes más oportunidad. Eso es la migración. El desplazamiento forzoso de los refugiados es una parte muy pequeña de quienes se mueven. El 90 por ciento de quienes se mueven son trabajadores y trabajadoras y sus familias. Aquí, con la regularización, se ha generado algo muy capilar, muy vinculado al día a día de la de la sociedad. Creo que es un motivo de orgullo. Esto no debería ser un patrimonio de ningún partido. Es un patrimonio de la sociedad.

-Habla de una regularización apoyada desde el “soviet de Getafe” hasta la Conferencia Episcopal. Pero el arzobispo de la diócesis de Oviedo es la muestra de que no en toda la Conferencia Episcopal hay la misma opinión. ¿Qué le pareció su intervención pública?

-Fundamentalmente, me entristeció. La Iglesia, que ha estado en el disparadero por tantas razones en los últimos años, en este asunto ha dado el do de pecho, se ha posicionado a favor desde el principio y durante todo el proceso, e incluso empujando al Partido Popular. La posición del PP, que ahora está atrapado por la posición de Vox, en realidad durante la mayor parte del proceso ha sido partidario de la regularización. Entienden las razones éticas y prácticas. Me entristece lo que dijo el arzobispo de Oviedo. No sé muy bien de dónde saca eso de no cabemos. No solo caben todos los que se van a regularizar, sino que más nos vale que quepan muchos más porque España tiene un problema grave de envejecimiento de la población. En los próximos 15 años se va a jubilar prácticamente uno de cada siete trabajadores. En los próximos 25 años será uno de cada cuatro trabajadores que están en este momento en el mercado de trabajo. A menos que vengan mucha más gente que apuntale esa pirámide de población vamos a tener un problema grave para que el arzobispo de Oviedo cobre su pensión. Pero no es sólo una cuestión utilitarista. Es que nuestras sociedades se transforman. Tendemos a pensar que nuestras sociedades siempre han sido iguales, pero no es cierto. La España de mis padres o la Asturias de mis abuelos era completamente diferente a la Asturias que tenemos. Era mucho menos diversa, más pobre, más desigual. Las sociedades cambian y nos vamos adaptando con naturalidad. Quienes vienen de fuera se adaptan a esas circunstancias y nosotros, en parte, nos adaptamos también a quienes vienen de fuera. Eso forma parte de un nuevo contrato social. Por supuesto que los aspectos fundamentales no vamos a cambiar: vamos a seguir respetando los derechos de las mujeres y vamos a estar frente a quien quiera venir a imponer unas costumbres contrarias a los derechos de las mujeres. Pero más vale que nos vayamos adelantando a las sociedades que seremos en el futuro.

-Antes hablábamos de la normalización del odio. ¿Le preocupa que ese odio al emigrante esté prendiendo entre las nuevas generaciones, su derechización?

-Nos debería de preocupar mucho. No la derechización porque voten a partidos conservadores sino la radicalización. La vinculación de una parte creciente de los jóvenes con el nacional-populismo es francamente preocupante. La ultraderecha y los movimientos nacional populistas entendieron mucho antes que nosotros cómo funciona el debate público. En este momento saben que el debate público es fundamentalmente emocional y lo que han hecho es ir a las tripas. Han ido al miedo, a la frustración, han conseguido dividir, han generado sociedades parceladas en donde han alimentado los miedos de unos frente a otros. Y han generado chivos expiatorios. El migrante es un chivo expiatorio muy fácil en ese sentido.

-¿Qué problemas de la juventud expían los emigrantes?

 -Aquí hay dos problemas diferentes. Uno es objetivo, tenemos un problema de vivienda y un problema de precariedad en un sector de nuestro mercado de trabajo que castiga a los jóvenes que quieren tener una familia. Tenemos un problema fundamental en este sentido. Además, España sigue teniendo un 33% de niños que están en situación de pobreza o de riesgo de pobreza. Por supuesto, no es una pobreza africana. Pero es una vulnerabilidad fundamental de nuestra sociedad. Seguimos teniendo una sociedad que se desangra por eso. Esto es una responsabilidad del Gobierno central y de las comunidades autónomas y es el sentimiento de agravio de esa población es muy legítimo. Pero, a partir de ahí, creo que hay un miedo artificial generado por esta política del odio de la ultraderecha que tenemos que combatir con armas más eficaces.

-¿Cuáles?

-Armas que también sean emocionales. Donde ellos hablan de miedo, de frustración, de agravio, de odio, tenemos que colocar sentimiento de comunidad, de pertenencia, de esperanza. En Porcausa hablamos de las narrativas del amor. Y el amor puede parecer un poco “flower power”, pero cuando hablamos del amor hablamos por ejemplo de la canciller alemana Angela Merkel o de Jacinda Arden en Nueva Zelanda en su momento. Liderazgos que consiguieron, sobre la base de creación de comunidad, hacer sus sociedades mejores. Tenemos un desafío que funciona en un nivel muy capilar. De nuevo tenemos que trabajar en el ámbito de los barrios, de las aulas. Este no es un discurso de las tertulias de la televisión, es un discurso mucho más afectivo y más directo. Nosotros estamos trabajando en esa vía. Yo soy muy optimista, estoy convencido de que lograremos vencer eso, de que pasaremos esta etapa. Desgraciadamente, creo que las cosas se van a complicar mucho antes de que empiecen a mejorar. Creo que Europa todavía va a vivir un episodio muy oscuro de ultraderecha en muchos países de nuestro entorno. Desgraciadamente, creo que Vox llegará al gobierno en España. Pero yo creo que depende de nosotros. Esto no es una cuestión de la izquierda, esto es una cuestión de la de la comunidad, de quienes seguimos pensando que el interés público está por encima de todo eso.

-Parece que se da por hecho que la ultraderecha va a gobernar. Pero el futuro siempre está por decidir, ¿no?

-Sí creo que hay una especie de fatalismo, de determinismo. Y hay una desmemoria evidente. Toda esta gente son muchas cosas: mentirosos desde luego, anticientíficos en asuntos de los que depende el bienestar de la sociedad, como las vacunas o el cambio climático. Pero son algo que, probablemente, es lo peor de todo: son crueles. Me parece intolerable cebarse con la población más vulnerable de nuestra sociedad. El otro día había un artículo de Pablo Ordaz hablando de esta chica marroquí que escapó de su secuestrador y en él se preguntaba qué hubiera pasado si el secuestrador, en vez de español, hubiera sido marroquí. Si hubiese sido el contrario, se hubiera incendiado este país. No es posible que seamos capaces de tener empatía y compasión por una mujer española atacada por un musulmán y que, al contrario, eso no ocurra. Esto es lo que tenemos que cambiar.

-¿Cómo?

-Yo soy un feroz detractor y voy a pelear hasta al final contra los líderes de Vox y contra lo que están haciendo, pero quiero entender mejor y acercarme a quienes les votan. Creo que tenemos que hacer ese ejercicio para tratar de entender qué es lo que hace que una persona joven, o no tan joven, no perciba que existe un peligro fundamental en este sentido.

-Quizá porque los instrumentos digitales que median en la comunicación actual están alimentados por el odio, que es la gasolina de los algoritmos.

-Completamente, pero aquí de nuevo tenemos un problema de gestión de lo común. Yo trabajo en el ámbito de la salud global y quienes estuvieron en los primeros pasos de la batalla contra el tabaco saben que el primer estudio que se publica sobre las consecuencias cancerígenas de tabaco es de los años 50. Y las primeras regulaciones para restringir el tabaco llegan en los años 80 y en algunos casos en los años 90. O incluso después. Hay un período larguísimo. Creo que estamos en esa primera etapa. Somos perfectamente conscientes del daño que una tecnología o unas redes sociales no reguladas pueden tener en la población más joven y, sin embargo, estamos tardando mucho en intervenir. Eso no es una restricción de la libertad de expresión, eso es proteger a los jóvenes y a la sociedad frente a algo que es objetivamente dañino. Cuando el algoritmo fomenta el odio, tenemos un problema con el algoritmo. Estamos obligados a que la sociedad en general, pero sobre todo los poderes públicos, intervengan para regular eso. Hay todo tipo de propuestas sobre la mesa. No es que no sepamos lo que se puede hacer.

-Pero todavía miramos al móvil y a una cajetilla de tabaco de manera muy diferente.

-Siempre recuerdo un documental en Netflix donde entrevistan a estos tecnócratas, que van dando todo tipo de matices (sobre esas tecnologías), y al final les preguntan si las quieren para sus hijos y todos dicen: no, no, de ninguna manera. En fin, verde y con asas. El problema es que no solo hay una generación de gente más joven que ya está teniendo problemas de salud mental directamente derivados de este asunto, el problema es que esto está teniendo consecuencias estructurales para nuestra democracia, para la convivencia social…

-Le hago una última pregunta. ¿Cómo ha visto la evolución de Asturias? En sus veraneaos en Colunga la habrá visto cambiar.

-No soy solo visitante ocasional, tengo mucha familia y amigos que están trabajando en Asturias. Creo que Asturias siempre ha tenido peor opinión de sí misma de lo que en realidad es. Cuando voy, veo a una tierra trabajadora, positiva, acogedora que, sin embargo, muchas veces no se ve a sí misma tal y como es. Y eso que siempre se hace con mucho sentido del humor. Afortunadamente, Asturias es una de las regiones de España y del mundo que se puede beneficiar de una economía más deslocalizada, más digital, más tecnológica; algo que está suponiendo la transformación de nuestro país en muchos ámbitos. Si conseguimos como sociedad encontrar los mecanismos para que esa economía realmente se enraice en regiones fuera de los polos económicos tradicionales, creo que hay una oportunidad enorme más allá del turismo. Desgraciadamente, y espero que se me entienda, Asturias va a tener muchas oportunidades con el turismo como consecuencia del cambio climático. La gente huye al Norte porque el Sur se está haciendo invivible. Pero, además, creo que Asturias está en la avanzadilla de algunos debates como el derecho a la salud pública y creo que tiene que encontrar un discurso más poderoso. Por ejemplo, necesitamos una manera diferente de proteger al medio rural. La Política Agraria Común sigue siendo muy similar a lo que era en el pasado y perjudica a medios rurales más complejos más diversos como el de Asturias, que no es una gran productora de cereal, como en el centro de Francia, o de ganado, como en Alemania.

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