El análisis oviedista de la futbolista Laura Díaz: Turbulencias volando con destino a la Real Sociedad
El empate (3-3) fue de los que dejan las defensas con trabajo para revisar y a los delanteros con la certeza íntima de que esa noche dormirían tranquilos: hicieron daño

Fútbol. Partido correspondiente a la jornada 25 de Primera División temporada 2025-2026 entre el R. Sociedad y el Real Oviedo. Reale Arena / Jose Ignacio Unanue / FC9
La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.
El Real Oviedo y la Real Sociedad firmaron un 3-3 que no se explica solo con números, sino con la sensación de que el partido se jugó en dos escenarios paralelos: el césped del Tartiere y la cabina de un avión, sin poder ver un solo minuto, pero esperando que ese deseo al soplar las velas de cumpleaños apenas unos días antes se hiciese realidad. Un empate con sabor a relato, de esos que se te pegan a la memoria aunque llegues a ellos en diferido, con la batería al 12% y las piernas entumecidas tras el aterrizaje. Mientras el árbitro ponía el balón en juego, me ajustaba el cinturón, y el rugido de los motores sustituía al del fondo norte o, en este caso, al de la afición desplazada a Anoeta.
Aunque ahora, una vez visualizado el encuentro, quizá puedo decir que desde el primer minuto el partido tuvo también algo de vuelo turbulento. El Oviedo, empujado por su gente, se lanzó como quien despega con exceso de equipaje: ligero de complejos, pesado de necesidad. Cada ataque azul parecía una maleta a punto de no entrar en el compartimento, forzada, insistida, hasta que el marcador se abrió y el estadio se dio permiso para creer. Del otro lado, la Real Sociedad administraba el balón con la calma de quien ha transitado ya demasiados aeropuertos importantes como para perderse en una escala: cabeza fría, talento, y esa sensación constante de que, si aceleraba un poco, podía cambiar el rumbo del encuentro.
Durante el vuelo, el partido existió solo en forma de conjeturas. Sin notificaciones, sin narradores, sin estadísticas en tiempo real. Solo la imaginación rellenando huecos: “ya habrán pasado veinte minutos, ahora mismo puede estar llegando el primer gol”, “descanso, ojalá vayamos por delante”, “minuto 70, a ver si aguantamos”. En esa ficción aérea, las áreas del Tartiere eran las nubes pegadas a la ventanilla, y cada pequeño bache en el aire se sentía como una ocasión fallada, un disparo que se marchaba desviado por centímetros.
Abajo, en la ciudad, el partido seguía su propia lógica. El resultado se estiró, se encogió, se tensó hasta llegar a ese 3-3 final que habla de intercambio de golpes, de errores y virtudes a partes iguales, de un Oviedo que no se resigna y de una Real acostumbrada a vivir en el alambre competitivo. Un empate de los que dejan las defensas con trabajo para revisar y a los delanteros con la certeza íntima de que esa noche dormirán tranquilos: hicieron daño.
El pitido final coincidió, casi por capricho del destino, con las ruedas del avión tocando pista. No sonó ninguna ovación, solo la voz neutra de la tripulación dando la bienvenida y recordando que tengan cuidado al abrir los compartimentos superiores. El verdadero veredicto estaba en una pantalla de 6 pulgadas. Desbloquear, buscar la cobertura, ver cómo las barras suben, las notificaciones entran como un aluvión y, entre todas ellas, el marcador: Real Oviedo 3–3 Real Sociedad.
Hubo un segundo de suspensión, una pequeña pausa en la respiración: no hubo derrota, pero tampoco la perfección de una victoria que habría convertido el cumpleaños en postal. Lo que quedó fue algo más humano: un punto ganado, tres goles celebrados en la distancia y la sensación ambivalente de que la vida, como el fútbol, casi nunca se escribe en términos absolutos.
Y no, no puedo contar qué pedí al soplar las velas –guarda el secreto el viento que las apagó–, porque si no no se cumpliría, pero de momento sólo queda aferrarse a ese latido, que nos mantiene tocados pero no hundidos, y pensar en el siguiente objetivo: Atlético de Madrid en casa y, quién sabe, igual de aquí a final de temporada se cumple...
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