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Opinión | De ambos hemisferios

El dedo invisible y la conjunción astral del acuerdo UE–Mercosur

El acuerdo UE–Mercosur no es un gesto de solidaridad romántico; es incentivar que las estructuras sociales y empresariales funcionen.

Líderes de Mercosur y la UE en la firma del acuerdo el pasado 17 de enero en Paraguay

Líderes de Mercosur y la UE en la firma del acuerdo el pasado 17 de enero en Paraguay

Dos siglos y medio años después de la publicación del ensayo «La riqueza de las naciones», de Adam Smith —sí, el escocés de la "mano invisible" del mercado económico—, la geohistoria nos regala una curiosa coincidencia. Mientras celebramos al genial pensador del libre mercado, Argentina y Uruguay ya aprobaron el tratado de comercio UE-Mercosur; Brasil, Paraguay y Bolivia apuran la ratificación del antedicho gran pacto.

A su vez, "la Comisión" (digamos, una especie de ejecutivo de la UE) posibilita que dicho acuerdo entre en vigor provisional. Parece una conjunción astral. Y, si afinamos la vista, casi puede verse el dedo índice de la mano invisible señalando el mapa del Atlántico.

Smith no hablaba de magia. Hablaba, en su caso, del poder de los intangibles de los mercados para la prosperidad. Mercados ampliados con reglas claras y división del trabajo. Divulgaba que la productividad —y "la tarta social”— crece cuando el intercambio se expande y cada sociedad se especializa en lo que hace mejor. La riqueza no es un pastel fijo: aumenta cuando los incentivos funcionan y el comercio fluye.

Y, para mejorar el mecanismo, los mercados debían ampliarse con sensatez. El Imperio británico entendió pronto esa lógica. Y, más tarde, Estados Unidos. Ampliar mercados, garantizar contratos, fomentar competencia y especialización: esa fue la receta que transformó economías insulares en potencias globales. No era altruismo; era “realpolitik”. Era sentido moral y no muy “común” para la época del Leviatán absolutista desaforado.

Robin Hood no robaba a los ricos para dar parte del botín a los pobres; asaltaba y robaba a un recaudador de impuestos de un Estado basado en la arbitrariedad legitimada, en esa época, por una corona de sangre y sin pacto con sus “súbditos”.

Hoy, en un mundo tensionado por el bilateralismo de China y Estados Unidos, Europa y América Latina no pueden permitirse el lujo de la fragmentación. Sin escala no hay competitividad. Sin integración no hay poder negociador ni coordinación. Sin división del trabajo entre bloques afines, solo queda la irrelevancia en todas sus variantes geoestratégicas.

El acuerdo UE–Mercosur no es un gesto de solidaridad romántico; es incentivar que las estructuras sociales y empresariales funcionen. “El cambio es que LatAm y la UE funcionen mejor”, remedando y rememorando al gran político español, expresidente del Gobierno, Felipe González; es un movimiento estructural de gran alcance. Ampliar el mercado a 720 millones de personas profundiza la especialización, multiplica oportunidades en agroindustria, energía, servicios digitales, transición verde y economía del conocimiento, y demás claves de progreso de la sociedad. Es economía política en estado puro. Más comercio para generar más productividad compartida.

Smith también advirtió algo incómodo: el mayor enemigo del mercado no siempre es el extranjero —el foráneo competidor—, sino el monopolio doméstico, el lobby empresarial astuto, el político “de un nacionalismo trasnochado” que captura el Estado con su interesada legitimidad patriótica. Un pensador inglés llegó a decir que “el patriotismo es el último refugio de algunos canallas”.

El Estado-nación (ya muy pequeño en diversas cuestiones de alcance internacional) debe saber ceder competencias a organismos supranacionales, sobre todo si esas instancias e instituciones comparten nuestros valores esenciales. Curiosamente, muchos que hoy invocan la “soberanía” para oponerse a esta integración terminan dependiendo —económica o estratégicamente— de otras potencias o de sus propias élites cerradas y seudomafiosas. La soberanía real no es aislamiento; es capacidad de competir en equidad de condiciones, de manera coordinada y sostenible.

En tiempos de incertidumbre global, esta ampliación de mercados es una afirmación de confianza mutua entre dos espacios civilizatorios que comparten lengua, historia e instituciones jurídicas compatibles.

La mano invisible no prometió milagros; descubrió realidades de la profunda naturaleza humana donde el interés individual favorece al general, con incentivos de gratitud que se suelen llamar dinero. Exige reglas, seguridad jurídica y disciplina fiscal. Pero, cuando esas condiciones existen, coordina millones de decisiones individuales hacia un resultado colectivo más próspero.

Dos siglos y medio después, el defensor más afamado del libre comercio sigue teniendo razón: la prosperidad no se decreta; se produce. Y se intercambia.

Hoy, su dedo invisible, en Europa, y con la que está lloviendo internacionalmente, apunta al Mercosur y a LatAm.

Y nos recuerda que el futuro se construye ampliando horizontes, entre bloques culturales afines —en libertades, democráticos, de derecho e históricos—, no levantando muros.

Aprovechemos nuestra oportunidad como bloque cultural. Cacemos nuestro futuro con esos vientos de cola del destino geopolítico.

¡Viva Iberoamérica, carajo!

Javier Pertierra Antón

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