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Lejos de casa y cerca del peligro: lo que significa ser español hoy en el Golfo Pérsico

Nuestros servicios consulares arrastran una inercia preocupante: con demasiada frecuencia operan como una maquinaria lenta, excesivamente burocratizada y estructuralmente insuficiente para escenarios de crisis reales

Miles de fieles, este viernes en Teherán, rezando en la mezquita de Mosala por el ayatolá Jamenei, muerto durante los bombardeos de EE UU e Israel.

Miles de fieles, este viernes en Teherán, rezando en la mezquita de Mosala por el ayatolá Jamenei, muerto durante los bombardeos de EE UU e Israel. / ABEDIN TAHERKENAREH

Paula Álvarez Tamés es madrileña de nacimiento, pero asturiana de familia llanisca y también de corazón. Todos los veranos retorna, sin falta, a la casa familiar en Asturias. Vive en Estados Unidos. Es la Secretaria del Consejo de Españoles Residentes en el Extranjero del consulado de Nueva York. Trabaja como directora de programas internacionales en el Ursinus College de Pennsylvania (EE UU). Es máster en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, licenciada en Derecho Internacional Privado por la Universidad Complutense de Madrid y máster en Marketing Internacional por la Confederación Empresarial de Madrid.

Vivir en el Golfo Pérsico nunca ha sido exactamente sinónimo de estabilidad perpetua, pero durante años muchos españoles lo hicieron con una sensación razonable de seguridad. Profesionales altamente cualificados, ingenieros, docentes, sanitarios, directivos, trabajadores del sector energético o familias que apostaron por un futuro laboral en expansión. La región ofrecía oportunidades. Y España, desde la distancia, parecía suficientemente sólida como red de respaldo.

Hoy esa sensación se ha resquebrajado.

Cuando las tensiones geopolíticas escalan, cuando los misiles y las represalias dejan de ser análisis de expertos y se convierten en amenazas reales, el español que vive en el Golfo descubre algo incómodo: la distancia ya no es solo geográfica. Es también institucional.

Ser español en el Golfo en un momento de crisis significa vivir pendiente del cierre del espacio aéreo. Significa consultar compulsivamente las recomendaciones de viaje. Significa calcular si hay vuelos disponibles, si conviene salir, si es mejor esperar. Significa preguntarse si, llegado el caso, habrá una evacuación organizada o si cada uno deberá arreglárselas como pueda.

Pero hay algo más profundo.

Significa sentir que uno habita una zona gris de la política exterior. España mantiene relaciones estratégicas en la región. Empresas españolas operan allí. Contratos energéticos, infraestructuras, defensa, cooperación económica. Sin embargo, cuando el escenario se vuelve volátil, la prioridad visible no siempre parece ser el ciudadano individual, sino el equilibrio diplomático.

Y esa percepción importa.

El español en el Golfo no es un aventurero inconsciente. Es alguien que contribuye a la proyección económica y profesional del país. Alguien que paga impuestos, que mantiene vínculos familiares, que vota, que conserva su nacionalidad y su identidad. No es un turista imprudente en un destino exótico. Es parte activa de la comunidad nacional, aunque viva a miles de kilómetros.

En momentos de estabilidad, el Estado se muestra cercano. En momentos de crisis, esa cercanía se pone a prueba.

La pregunta no es si España debe involucrarse militarmente en conflictos ajenos. Esa es una decisión compleja, legítimamente debatible. La pregunta es otra: ¿estamos preparados para proteger a nuestros ciudadanos cuando la estabilidad colapsa de un día para otro?

Porque las crisis no avisan con semanas de margen. No esperan a que los vuelos estén llenos o a que las embajadas organicen protocolos impecables. La realidad geopolítica es abrupta. Y quien vive en ella necesita algo más que comunicados prudentes.

Necesita planes claros. Necesita coordinación eficaz. Necesita sentir que no está solo.

Hay algo especialmente frágil en la experiencia del expatriado cuando el entorno se vuelve inseguro: la conciencia de estar lejos. Lejos de su familia extensa, lejos de su red de apoyo natural, lejos de su sistema sanitario habitual, lejos de su idioma mayoritario. En ese contexto, el Estado no es una abstracción: es la única garantía.

Y si esa garantía se percibe débil o lenta, la angustia se multiplica.

Nuestros servicios consulares arrastran una inercia preocupante: con demasiada frecuencia operan como una maquinaria lenta, excesivamente burocratizada y estructuralmente insuficiente para escenarios de crisis reales. Es cierto que ha habido mejoras puntuales, modernizaciones técnicas y esfuerzos individuales encomiables, pero cada nueva emergencia expone sin piedad los límites de esos avances. No existe una auténtica previsión estratégica, sino reacción. No hay un concepto operativo sólido de lo que significa proteger a los españoles en el exterior, sino una sucesión de comunicados prudentes y recomendaciones genéricas que trasladan la carga de la seguridad al propio ciudadano. Y cuando la protección se reduce a “extremen la precaución”, lo que queda al descubierto no es solo una carencia administrativa, sino una falta de ambición política.

Ser español en el Golfo hoy es vivir en la intersección entre la geopolítica global y la responsabilidad nacional. Es comprobar que la globalización tiene ventajas, pero también vulnerabilidades. Es descubrir que el pasaporte no es solo un documento: es una expectativa de amparo.

Y esa expectativa no puede depender de la suerte.

Un país que aspira a tener presencia internacional debe asumir que sus ciudadanos estarán en lugares complejos. No puede celebrar su internacionalización económica y luego sorprenderse cuando esa presencia implica riesgos.

El verdadero test de una política exterior no es su retórica, sino su capacidad de cuidar a los suyos cuando el contexto se vuelve hostil.

Porque al final, más allá de alianzas, equilibrios diplomáticos o cálculos estratégicos, hay algo elemental: ningún español que viva en el Golfo debería sentir que su seguridad es un asunto secundario.

Y en tiempos de crisis, esa sensación -más que cualquier misil- es la que realmente hiere el vínculo.

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