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El análisis oviedista de la futbolista Laura Díaz: Desde la cima de la ilusión, de nuevo al vacío

La victoria contra el Valencia fue una ráfaga de fe, pero después llegó el Levante y la caída brusca. Lo más doloroso fue esa familiaridad de la herida.

Un momento del último encuentro entre el Oviedo y el Levante.

Un momento del último encuentro entre el Oviedo y el Levante. / Eduardo Ripoll / LEV

Laura Díaz González

Laura Díaz González

La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.

Marzo fue una montaña rusa para el Real Oviedo. De esas que te suben despacio, con el corazón apretado y los ojos clavados en el cielo, creyendo por un segundo que esta vez sí, que esta vez el viaje termina en un sitio distinto. De esas en las que, cuando alcanzas la cumbre, solo puedes pensar que quieres quedarte a vivir en ese punto exacto en el que la montaña rusa llega arriba, en el que parece que todo va bien, en el que el miedo se calla un momento y la esperanza ocupa todo. Pero luego llega la caída. Y acaba siendo lo mismo de siempre.

Así fue el Oviedo en estos últimos partidos de marzo. Primero, la subida. La victoria contra el Valencia fue ese momento en el que el Tartiere contuvo la respiración y después estalló. Un triunfo de los que no solo valen por los puntos, sino por lo que despiertan. Por unos minutos, por una noche, por una ráfaga de fe, el oviedismo volvió a sentirse vivo. Volvió a creer. Volvió a mirar al equipo y a pensar que quizá todavía había una salida, que quizá esta vez sí se podía torcer el destino.

Pero el fútbol, para el Oviedo, casi nunca permite instalarse en la alegría. Después llegó el Levante. Y con él, el golpe. La caída brusca. El descenso sin frenos después de haber rozado el cielo. Porque incluso cuando el equipo parecía levantarse dentro del partido, incluso cuando encontró fuerzas para responder y empatar, la sensación no terminaba de desaparecer: esa sospecha amarga de que todo podía romperse otra vez. Y se rompió. Como tantas veces. Como si marzo hubiera querido resumir en unos pocos días toda la historia reciente del oviedismo: ilusionarse, apretar los dientes, creer, temblar… y acabar otra vez con el vacío en el estómago.

Lo más doloroso no fue solo perder. Lo más doloroso fue esa familiaridad de la herida. Esa sensación de estar viviendo una escena conocida, de volver a mirar con la esperanza de que el paisaje haya cambiado y descubrir, al caer, que abajo sigue esperando lo mismo de siempre. El mismo golpe. La misma tristeza. La misma pregunta sin respuesta.

Porque eso fue este Oviedo de marzo: una montaña rusa emocional. Una subida preciosa, casi cruel por lo bonita que fue. Un instante en el que parecía que todo encajaba. Y después, la realidad cayendo con todo su peso.

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