Opinión
El Oviedo cumple un siglo de orgullo, valor y garra: 1926 razones para creer
Con el regreso a Primera, volvió una parte de la ciudad, una parte de la infancia de muchos, una parte del orgullo que el tiempo había ido dejando en suspenso. Y tal vez por eso duele más que este centenario, que es el de miles de fidelidades anónimas, haya llegado entre tanta tensión

Fiesta celebración del ascenso del Real Oviedo a Primera División / Miki López / LNE
La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.
Todos tenemos un lugar al que volvemos incluso cuando ya no estamos allí. A veces es una persona, una calle, una voz, una costumbre. A veces es un olor. Y a veces, para los que aprendimos demasiado pronto a agarrarnos a algo para no perdernos, ese lugar es un escudo, es el Real Oviedo. Porque hay amores que no se eligen, se reconocen, y cuando los reconoces, ya no te sueltan nunca.
Un siglo. Quién iba a decir entonces —cuando en 2003 el Oviedo cayó al abismo del descenso administrativo y cuando en 2012 hubo que pelear hasta el último aliento para que la ampliación de capital evitara su desaparición— que este club iba a llegar a los cien años vivo, en pie y además en Primera División. Era, en cierto modo, el guión perfecto: convertir el centenario en la celebración definitiva de una resistencia, en la prueba de que después de tanto barro también había derecho al cielo. Pero el fútbol, a veces, no entiende de simbolismos. Y así, lo que debía ser una conmemoración llena de luces, se ha ido llenando de sombras: el Oviedo alcanza su semana grande último en la clasificación, con 21 puntos en 29 jornadas, todavía herido por la derrota ante el Levante y atrapado en una pelea angustiosa por seguir en la élite. A eso se suma una gestión de la temporada y del club que ha dejado demasiado ruido alrededor, demasiado desencuentro, demasiada sensación de oportunidad mal acompañada. Por eso el centenario emociona y duele a la vez: porque recuerda todo lo que costó llegar hasta aquí, pero también obliga a mirar de frente una realidad que empaña el mejor final posible para esta historia.
Y quizá por eso, con 25 años, sigo sin saber explicar del todo por qué soy del Real Oviedo. No, al menos, de una manera razonable. Porque si una intentara ordenar este vínculo desde la lógica, desde la calma o desde la conveniencia, seguramente no encontraría argumentos suficientes. Ser del Oviedo, al menos para muchos de mi entorno, ha sido aprender a querer, incluso en la incertidumbre, acercarse cuando todo invita a alejarse. Y tal vez ahí esté la respuesta: en que no se trata de entenderlo, sino de reconocerse en ello.
Yo tenía once años cuando el verano de 2012 dejó de ser una noticia para convertirse en una lección. El club estaba al borde del precipicio y la afición reunió casi dos millones de euros en la ampliación de capital para evitar su desaparición. Hay rescates financieros y hay rescates sentimentales. Aquel fue las dos cosas. Y también en certeza: que al Oviedo lo sostuvo su gente cuando parecía que ya no quedaba nadie más para sostenerlo. Luego llegó el 31 de mayo de 2015. Cádiz. David Fernández. El ascenso a Segunda. Esas fechas pertenecen a una clase de memoria distinta. No se recuerdan: se reviven. Porque después de tantos años de barro, de decepción y de espera, aquel ascenso no fue solo una alegría deportiva. Fue la sensación de que el club empezaba, al fin, a parecerse otra vez a sí mismo. No hay espacio suficiente para contar todos los acontecimientos que han marcado la historia reciente del Oviedo, ni seguramente una sola crónica bastaría para hacer justicia a todo lo vivido, pero entre todas esas tardes de frío en el Tartiere, desplazamientos, amigos que se han convertido en familia... si tengo que quedarme con algo, hay una imagen que para mí resume mejor que ninguna otra lo que este club ha sido para muchos de nosotros: el ave fénix. Aquel tifo no fue solo una imagen poderosa. Fue una definición. El Oviedo era, es y será eso. Caerse, arder, resistir y volver.
Con el tiempo también entendí que al Oviedo no se le sigue solo desde Oviedo. Se le sigue desde donde toque vivir. Desde una residencia, desde un aeropuerto, desde una madrugada absurda, desde la pantalla de un móvil. También desde Hong Kong. Y allí comprendí algo que solo se entiende de verdad cuando una está lejos: que hay cosas que no te acercan a casa, sino que te la reconstruyen. El Oviedo me salvó en Hong Kong porque me devolvía una rutina, una emoción y una identidad cuando todo alrededor era nuevo. Me seguía diciendo quién era yo cuando la distancia amenazaba con desordenarlo todo. La casa, a veces, no es un sitio. A veces es saber a qué hora juega tu equipo.
Por eso el 21 de junio de 2025 no fue solo un ascenso a Primera. Fue una reparación. El club regresó a la élite 24 años después y lo hizo en una noche que quedó prendida para siempre en la memoria oviedista. “Hemos vuelto”, escribió la entidad entonces. Y costaba encontrar una frase más exacta. Porque no volvió solo un equipo a una categoría. Volvió una parte de la ciudad, una parte de la infancia de muchos, una parte del orgullo que el tiempo había ido dejando en suspenso.
Y tal vez por eso duele más que este centenario haya llegado entre tanta tensión. Porque un club no cumple cien años todos los días, y sin embargo el Oviedo ha llegado al 26 de marzo de 2026 con la celebración atravesada por la angustia. Con problemas deportivos, con una temporada agrietada, con el ruido institucional estropeando lo que debería haber sido una conmemoración limpia. El centenario tenía que ser un abrazo, y en cambio a ratos se ha parecido a una discusión familiar: de esas en las que uno sigue queriendo mucho, pero ya no puede fingir que no pasa nada.
También por eso este aniversario debería servir para recordar bien. No solo para celebrar a las grandes leyendas ni para rescatar las imágenes más vistosas. También para mirar hacia esa parte de la historia que no siempre se cuenta. Porque el Oviedo no lo levantaron solo los nombres que todos sabemos. Lo levantó también mucha gente de la que apenas se habla. Gente que hizo muchísimo por el club y cuya memoria no ocupa el lugar que merece. Personas que estuvieron cuando no había focos, ni épica, ni campañas bonitas. Personas que sostuvieron al Oviedo en silencio, que lo empujaron cuando parecía agotado, que lo cuidaron como se cuida algo frágil y querido.
Yo quiero que este centenario sea también para ellos. Para los que salvaron al club sin pedir nada. Para los que hicieron oviedismo desde sitios invisibles. Para los que no figuran en los carteles, pero están en los cimientos. Porque un siglo no se construye solo con goles, ni con presidentes, ni con noches grandes. Un siglo se construye también con fidelidades anónimas.
Yo sigo sin saber por qué soy del Oviedo. No sé de dónde salió ese vínculo en una casa donde nadie me lo enseñó. No sé por qué mi padre, al que no le gustaba el fútbol, terminó llevándome tantas veces a un estadio que no era suyo. No sé por qué me eligió este escudo y no otro. Pero tal vez las cosas más verdaderas no se explican: se reconocen. Lo que sí sé es que mi padre, sin entenderlo del todo, me llevaba al Carlos Tartiere. Y que en ese gesto hay algo que se parece mucho a la historia de este club: una lealtad que no siempre necesita lógica. Un amor que a veces empieza sin motivo claro, pero acaba quedándose para siempre. Y en el fondo, cuando pienso en estos cien años, en todo lo que el Oviedo ha perdido, recuperado, sufrido y vuelto a conquistar, no me sale hablar solo de fútbol. Me sale hablar de regreso. De pertenencia. De esa extraña forma de hogar que una encuentra sin haberla heredado de nadie. Porque al final, después de todo, el Oviedo es eso: el lugar al que vuelvo incluso cuando nunca supe del todo por qué era mío.
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