Opinión
Cuando los estadounidenses descubren la Semana Santa (y sobreviven para contarlo)
El desconcierto que invade a un estudiante de EE UU que ve por primera vez a los encapuchados durante una procesión se convierte en fascinación y conexión con la emoción colectiva de estos días

La procesión de los sanjuaninos de Avilés
Paula Álvarez Tamés, aunque madrileña de nacimiento, es asturiana de familia llanisca y también de corazón. Todos los veranos retorna, sin falta, a la casa familiar en Asturias. Vive en Estados Unidos. Es la Secretaria del Consejo de Españoles Residentes en el Extranjero del consulado de Nueva York. Trabaja como directora de programas internacionales en el Ursinus College de Pennsylvania (EE UU). Es máster en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, licenciada en Derecho Internacional Privado por la Universidad Complutense de Madrid y máster en Marketing Internacional por la Confederación Empresarial de Madrid.
Hay dos tipos de estudiantes estadounidenses: los que nunca han oído hablar de la Semana Santa… y los que la han vivido una vez y ya no vuelven a ser los mismos.
Todo empieza con una mezcla de emoción y desconcierto. “¿Una semana entera de procesiones?” preguntan, con esa curiosidad tan característica. Uno intenta explicarles que no es solo religión, que es cultura, tradición, arte, historia, emoción… pero es difícil competir con lo que ocurre después: la primera procesión.
Y entonces llegan los encapuchados.
Ese momento merece ser estudiado por antropólogos. El estudiante americano promedio, que venía preparado para iglesias bonitas y pasos impresionantes, se queda completamente paralizado. Sus ojos se abren como platos. Se gira lentamente y susurra:
“Is this… is this allowed?”
Porque claro, desde su perspectiva, ver a cientos de personas caminando solemnemente con túnicas y capirotes puntiagudos en silencio es, cuanto menos, impactante. Algunos intentan mantener la compostura. Otros empiezan a hacer preguntas en voz baja. Y siempre, siempre hay uno que inevitablemente dice:
“This looks like something from a movie…”
Pero lo fascinante es lo que ocurre después.
Pasan los días, y lo que al principio era desconcierto se convierte en fascinación. Empiezan a notar detalles: la música de las bandas, el peso de los pasos, la coordinación casi coreográfica de los costaleros, el olor a incienso que se queda impregnado en la ropa y en la memoria.
Descubren que no es un espectáculo cualquiera. Es algo que se siente.
Se sorprenden emocionándose en silencio. Sacan menos fotos. Caminan más despacio. Observan más.
Y entonces llega el momento clave: cuando dejan de preguntar “what is happening?” y empiezan a decir “this is beautiful.”
También descubren el otro lado de la Semana Santa, claro. Las torrijas. Las tapas después de horas de procesión. Las conversaciones interminables. La mezcla de solemnidad y vida cotidiana que, para ellos, resulta casi incomprensible al principio… y absolutamente irresistible al final.
Al regresar a Estados Unidos, algo ha cambiado.
Intentan explicarlo a sus amigos:
“So there are these processions… and people wear these… hoods… but it’s not what you think… and it’s actually amazing…”
Y ahí es cuando se dan cuenta de que no se puede explicar del todo.
Porque la Semana Santa no se entiende; se vive.
Y aunque al principio pensaban que lo más impactante serían los encapuchados, terminan llevándose algo mucho más profundo: una nueva forma de experimentar la tradición, el tiempo y la emoción colectiva.
Eso sí, una cosa es segura: nunca volverán a ver una procesión (ni una capucha puntiaguda) de la misma manera.
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