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El análisis oviedista de la futbolista Laura Díaz: El día que aprendimos a agarrarnos a Primera
El gol de Fede Viñas ante el Sevilla tuvo el valor de una descarga, porque el Oviedo llevaba meses necesitando una jugada así, una acción que no solo alterara el marcador, sino también el ánimo. Ahora, con 24 puntos, el equipo azul sigue siendo colista, pero mira la salvación con algo más que resignación

Fede Viñas celebra el gol que dio la victoria al Oviedo ante el Sevilla. / Irma Collín / LNE
La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.
Hay temporadas que no se juegan: se padecen. Temporadas que no avanzan a golpe de jornadas, sino de estaciones de penitencia. Y la del Oviedo lleva meses pareciéndose demasiado a una Semana Santa larga, áspera y todavía inconclusa: mucho peso a la espalda, demasiadas caídas, un silencio espeso cada lunes y la sensación permanente de caminar con la cruz de la clasificación a cuestas. Por eso el 1-0 al Sevilla no puede leerse sólo como una victoria. Sería quedarse en la superficie. Lo que ocurrió en el Tartiere fue algo más preciso y, a la vez, más frágil: un alivio. Una bocanada de aire. Un pequeño signo de vida en mitad de una procesión que sigue siendo dura.
Y quizá por eso mismo el partido no empieza cuando rueda la pelota, sino mucho antes. Empieza en la decisión de seguir. En el gesto, casi ritual, de subir en autobús aun sabiendo que el cuerpo pasará factura al día siguiente. Empieza en ese viaje que, visto desde fuera, puede parecer excesivo, pero que cobra todo el sentido cuando la temporada aprieta y acompañar al equipo se convierte también en una forma de fe. Empieza, sobre todo, al llegar a Oviedo y reencontrarte en la previa con los amigos con los que compartes estas citas contadas del año, como si el tiempo entre un partido y otro no hubiera pasado. Se habla del equipo, claro, de Almada, de las cuentas, del miedo a bajar, del Sevilla como rival directo. Pero en el fondo se habla de algo más profundo: de seguir aquí.
Y eso, en un curso tan áspero, tiene un valor especial. Porque cuando el fútbol se pone feo, lo primero que se pone a prueba no es el talento, sino la fidelidad. La de los jugadores, la del entorno y la de quienes siguen haciendo kilómetros para no dejar solo a su equipo en lo peor. El oviedismo, en ese sentido, lleva años demostrando que sabe acompañar también en la oscuridad.
La temporada del Oviedo ha tenido mucho de procesión pesada. Cada jornada ha parecido una nueva estación: una derrota inesperada, una ocasión perdida, una ventaja mal defendida, una sensación de impotencia que se repetía. El equipo no solo perdía puntos; perdía pie. Se fue acostumbrando a vivir con la angustia pegada al cuerpo, como si jugara siempre bajo el sonido de un tambor lento y oscuro, más cerca del lamento que de la reacción.
Por eso el partido ante el Sevilla no era una final en sentido estricto, pero sí una frontera anímica. De esos encuentros que no arreglan el campeonato, aunque sí pueden cambiar el clima. De esos días en los que se pone a prueba si el equipo sigue vivo o si ya solo se mueve por inercia.
El Tartiere lo entendió así. No recibió al Oviedo con euforia, sino con algo mucho más serio: esperanza vigilante. La fe de quien ha sufrido demasiado y sigue entregándose del todo, pero que aún necesita una señal para seguir creyendo.
Hasta la media hora, el partido tuvo el tono reconocible de los equipos que juegan con miedo. Hubo tensión, pérdidas evitables, poco vuelo y mucha cautela. Nada nuevo en un duelo con tanto en juego. Pero entonces llegó el córner. Alberto Reina la puso desde la izquierda y Fede Viñas atacó el espacio para cabecear a la red.
Fue el 1-0, sí. Pero también fue algo más: una revelación.
Porque el Oviedo llevaba meses necesitando una jugada así, una acción que no solo alterara el marcador, sino también el ánimo. El gol de Viñas tuvo el valor de una descarga. La grada lo celebró con ese desahogo de quien no canta únicamente un tanto, sino el final provisional de una asfixia. Durante unos segundos, el Tartiere dejó de parecer un lugar de espera angustiosa y volvió a sonar como un estadio convencido de que todavía se puede pelear.
Cinco minutos después llegó la expulsión de Nianzou. La jugada terminó de abrir un escenario que el Oviedo tenía la obligación de saber gestionar. Y ahí apareció quizá la mejor noticia de la tarde. Porque este equipo, durante buena parte de la temporada, se había mostrado incapaz de convivir con sus propias ventajas. Le había costado interpretar los partidos, sostener resultados, jugar sin ponerse al borde del ataque de nervios. Ante el Sevilla, en cambio, supo hacerlo. No con brillo, no con exuberancia, sino con algo más útil en esta clase de batallas: con oficio. El Oviedo se juntó, trabajó las ayudas, concedió poco y entendió que la victoria no exigía un segundo acto brillante, sino una gestión madura del sufrimiento. Escandell respondió cuando hizo falta. La defensa sostuvo bien los centros. El equipo no se partió. En otras palabras: el Oviedo compitió como necesita competir un equipo que quiere agarrarse a la categoría. Eso no resuelve nada por sí solo. Pero sí dice algo importante.
Y llega la vuelta. El autobús otra vez. Lo pienso mientras apoyo la frente en el cristal: quien no lo haya vivido nunca dirá que es una exageración, que nadie en su sano juicio se mete casi doce horas de carretera por un partido de un colista. Pero la cuenta nunca sale si la haces solo con kilómetros. Móvil repasando resultados y calendario y, entre medias, esa conversación de siempre con los amigos, esa en la que se mezclan cuentas imposibles, recuerdos del partido y la pregunta inevitable de si compensa todo esto.
Compensa.
Compensa por el gol de Viñas, por la roja, por el Tartiere empujando. Pero compensa sobre todo por lo que no suele salir en las crónicas: por la previa, por el mágico, por el abrazo con los tuyos, por la sensación de pertenecer a algo que sigue esperándote aunque vivas lejos y tengas que medir el amor al equipo en horas de carretera.
Esta victoria no disfraza nada, pero cambia el tono de la conversación. Antes del parón, el Oviedo llegaba con cuatro victorias en todo el curso, recién vapuleado por el Levante y con la sensación de ir desangrándose jornada a jornada. Ahora, con 24 puntos, sigue siendo colista, pero mira la salvación con algo más que resignación: son siete puntos de distancia —los mismos que le separan de un Sevilla hundido en el drama— y ocho jornadas por delante para intentar la proeza.
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