La cuestionada permanencia del Oviedo en Primera
El análisis azul de la futbolista Laura Díaz: un 1% de probabilidades y un 99% de fe
Perder contra el Elche no fue sólo perder; fue cómo se perdió, contra un rival directo: fue mirar la clasificación y ver que los números se ponían crueles; pero la esperanza está todavía en la grada

Oviedo. Estadio Carlos Tartiere. Real Oviedo - Elche / Juan Plaza / LNE
La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.
Hay derrotas que no terminan cuando pita el árbitro. Se quedan en la garganta, van contigo por la escalera del Tartiere, por la calle, están el primer semáforo en rojo y en ese silencio raro al llegar a casa. La del Elche fue una de esas. Una de esas que te hacen salir del campo diciendo barbaridades con toda la convicción del mundo: “Ya está. Estamos en Segunda. Se acabó. No quiero saber nada más del Oviedo”.
Y en ese momento lo crees de verdad.
Lo dices enfadada, quemada, con esa mezcla de rabia e impotencia que solo entiende quien ha mirado al césped buscando una explicación y solo ha encontrado más preguntas.Veníamos del empate con el Villarreal, de aferrarnos a un punto que sabía a poco pero todavía dejaba una rendija abierta. Y entonces llega el Elche, en casa, en tu casa, en el partido señalado en rojo desde que empezó la cuenta atrás, y te recuerda con crueldad que la permanencia ya no se escapa por centímetros: se escapa por los dedos. Porque no fue sólo perder. Fue cómo se perdió. Fue perder contra un rival directo. Fue mirar la clasificación y ver que los números se ponían crueles. Fue saber que, según las probabilidades, el descenso ya no es una amenaza: es casi una sentencia. 99'4% dicen algunos modelos. Noventa y nueve coma cuatro. Como si el fútbol fuera una hoja de cálculo. Como si el Tartiere cupiera en un porcentaje. Como si alguien pudiera medir lo que significa seguir creyendo cuando todo invita a soltar.
Pero el Oviedo tiene algo que no entra en ninguna estadística.
Te vas del campo jurando que no vuelves a sufrir. Que se acabó mirar resultados. Que no vas a hacer más cuentas. Que bastante tienes con lo tuyo como para que once tíos te arruinen el domingo... y la semana. Llegas a casa, cenas mal, contestas peor, miras el móvil cada cinco minutos aunque digas que no quieres saber nada. Y unas horas después, sin darte cuenta, ya estás otra vez ahí: abriendo la clasificación, mirando el calendario, calculando puntos, desempates, rivales, jornadas, milagros. Pensando:
“Si ganamos al Betis…”
“Si el Getafe viene relajado…”
“Si en el Bernabéu rascamos algo…”
“Si el Alavés…”
“Y Mallorca…”
Mallorca. Ahí está la trampa. Porque cuando una persona normal ve Mallorca, piensa en playa, maleta, sol y desconexión. Un oviedista ve una última jornada, una combinación imposible y una pregunta que es enfermedad y motor al mismo tiempo: ¿y si sí?
Y entonces pasa lo de siempre. Que aquello que hace tres horas era “no quiero saber nada de ellos” se convierte en “ya tengo vuelos”. Que la impotencia se transforma en calculadora. Que el cabreo se convierte en plan. Que el “estamos en Segunda” se va deshaciendo poco a poco hasta quedarse en una frase mucho más peligrosa: “todavía no”. Desde fuera, el Oviedo puede parecer una contradicción. Un equipo último, con 28 puntos, con cinco finales por delante y la permanencia a una distancia que obliga a ganar casi todo y rezar bastante. Desde dentro es otra cosa. Desde dentro, el Oviedo es exactamente eso: pasar del luto absoluto a comprar billetes para Mallorca. Es odiarlo durante veinte minutos y volver a defenderlo al veintiuno. Es saber que probablemente no salga y aun así preparar la bufanda.
El 1% de probabilidades no está en las casas de apuestas. Está en la grada. Está en quienes se fueron del Tartiere diciendo que ya no podían más y por la noche estaban haciendo cuentas. Está en quienes han visto demasiadas veces al Oviedo caer, levantarse tarde, sufrir de más, complicarse la vida, pedir perdón con un gol en el 76 y aun así dejarte con ganas de otra jornada. No hay que maquillar la realidad: la derrota contra el Elche fue un golpe durísimo. Pero tampoco hay que entregarse antes de tiempo. Porque si algo tiene este club es que nunca permite una emoción limpia. No te deja rendirte del todo. Siempre aparece una combinación absurda, una cuenta pendiente, un rival que también tiembla, una última bala.
Y ahí estamos otra vez. Con un 1% de probabilidades, que igual ni siquiera es exacto. Con un 99% de fe, que igual tampoco alcanza. Pero con los billetes a Mallorca comprados, que es la forma más oviedista de decir que una todavía cree. Porque el Oviedo es así: te rompe, te enfada, te deja sin palabras… y unas horas después te encuentra haciendo cuentas. Solo lo entiendes si estás dentro.
La fe la ponemos nosotros.
Ahora que los jugadores pongan vergüenza, carácter y fútbol, y demuestren que están a la altura del escudo que llevan en el pecho.
¿Y si sí?
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