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El análisis del sportinguista volador: un madrugón para una derrota infumable

Quedan todavía cuatro jornadas para terminar una temporada que se está haciendo larguísima: el club tendrá que hacer mucho más que fichajes para reenganchar a una afición que ahora tiene sensación de hartazgo

Un momento del encuentro entre el Sporting  y el Ceuta.

Un momento del encuentro entre el Sporting y el Ceuta. / Ángel González / LNE

Diego Álvarez Bada

Diego Álvarez Bada

Diego Álvarez Bada trabaja como sobrecargo de aviación en la línea bandera de México. Es fundador y presidente de la peña "La villa de Quini", la primera y la única peña sportinguista oficial en México y fuera de España. Hasta diez veces al año vuela a España para ver los partidos del Sporting.

Otro partido en domingo a las ocho de la mañana en México para ver al Sporting. Y otra vez la misma sensación: ¿madrugar para ver esto?

El partido ante el Ceuta fue una tortura desde el inicio. Un primer tiempo desastroso, sin alma, sin ideas y sin respuesta. En apenas unos minutos, al Sporting le hicieron dos goles, superado en todo y dejando una imagen preocupante. Solo el gol de Gaspar Campos permitió maquillar un poco el golpe y abrir una mínima esperanza. Un 2-1 que invitaba, al menos, a pensar en una reacción.

Pero fue un espejismo.

La segunda parte, salvo un gol bien anulado a Dubasin, fue directamente un bodrio. Un partido soporífero, plano, sin ocasiones, sin intensidad y sin la sensación real de que el empate pudiera llegar en algún momento. El tiempo fue pasando sin que ocurriera absolutamente nada. Ni empuje, ni rebeldía, ni fútbol. Nada. Otro partido infumable.

Se rompe así la racha en casa y, lo que es peor, se rompe también cualquier atisbo de ilusión. Porque ya no es solo perder, es la forma. Es no transmitir absolutamente nada. Y quedan cuatro torturas más.

Cuatro jornadas para terminar una temporada que se está haciendo larguísima. Cuatro madrugones más, cuatro capítulos más de un equipo que no ilusiona, que no compite como debería y que parece deambular sin rumbo por la categoría.

A las ausencias de larga duración se sumaban las de Olivan y Otero, que no llegó a tiempo. Pero más allá de nombres propios, el problema es mucho más profundo. La gente está cansada, desanimada, desconectada. Y aún queda un mes de competición para cerrar otro año más en tierra de nadie.

Mirando hacia adelante, cuesta encontrar motivos para el optimismo. El último partido en casa será ante el Almería, un equipo que seguramente llegará jugándose el ascenso, mientras el Sporting afrontará el encuentro sin objetivos reales. Y aun así, ahí estaré, cruzando medio mundo por trabajo, enlazando Madrid con Asturias, casi sin dormir, para ver un partido intrascendente. Porque esto también va de eso: de una fidelidad que a veces roza el masoquismo.

El club tendrá que hacer mucho más que fichajes para reenganchar a una afición que este año volvió a responder hasta llegar a los 24.000 abonados. Ahora mismo, la sensación es de hartazgo. Este equipo no genera ilusión, ni expectativas, ni futuro.

No debería ser así para un equipo, una ciudad y una afición como la del Sporting. Suena mal, irreal y conformista decirlo, pero el objetivo parece ser simplemente no sufrir. Evitar sustos mayores. Porque hasta miedo da que pueda llegar a pasar; ahí están los ejemplos recientes: el Zaragoza o el Cádiz, peleando por no caer, equipos históricos que hace nada estaban en otra realidad. Y no hace tanto otros como el Deportivo, Racing o el Málaga tocaron fondo y pelean por subir. Mientras tanto, el Sporting sigue igual.

Pasan los años, pasan las temporadas, y el equipo continúa atrapado en la mediocridad de Segunda, sin dar ese paso adelante que nunca llega. Porque lo preocupante ya no es perder. Lo preocupante es no sentir nada. Y cuando un equipo deja de transmitir, lo pierde todo. Ahí es donde está hoy el Sporting.

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