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La ejemplar historia de cómo tres asturianos alojaron al dios del viento de Moctezuma en su hotel de México

El negocio de estos empresarios asturianos junto a la catedral de México protagoniza una de las operaciones más destacadas de recuperación de patrimonio mexica, al acoger los restos del templo dedicado a la divinidad Ehécatl, que formaba parte del recinto sagrado de Tenochtitlan

Francisco Santoveña, padre e hijo, con el presidente Barbón y la catedral de México al fondo.

Francisco Santoveña, padre e hijo, con el presidente Barbón y la catedral de México al fondo. / E.L.

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Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

Con 18 años de edad, Francisco «Pancho» Santoveña emigró desde el pueblo llanisco donde nació, Los Callejos, y comenzó una nueva vida en México. Allí entró a trabajar desde abajo en el céntrico hotel Catedral de la capital mexicana –fue telefonista, entre otras ocupaciones-. Fue progresando hasta que, junto a sus socios Kiko Morán y Joaquín Valle, también de raíces asturianas, se convirtió en el propietario de este negocio de 185 habitaciones. Cuando se le pregunta cómo lo consiguió, Santoveña se limita a decir, con cierta timidez: «La vida te va dando oportunidades». Quizá estaba en el lugar oportuno. Aunque él no lo supiera hasta 2010, el edificio donde soplaron para él las brisas de una vida más próspera se asentaba sobre el templo del dios mexica Ehécatl, la deidad del viento, cuya misión es hacer el bien: puso al Sol en movimiento durante la Creación, también barre los cielos para que Tláloc, el dios de la lluvia, germine luego la tierra. Hoy, el hotel que regenta Santoveña «envuelve» con una estructura de vigas de acero y cristal los restos del templo dedicado a Ehécatl, de tal manera que los vestigios están conservados y se pueden visitar. Después de 16 años de obra casi quirúrgica, Santoveña muestra orgulloso el resultado que unos trabajos contribuyó a financiar. Motivos tiene: ha sido una de las operaciones de recuperación arqueológica más interesantes y elogiadas de la capital mexicana.

Hasta hace dieciséis años nadie sabía con certeza que, a unos seis metros bajo el nivel de la calle, estaba la «casa» de Ehécatl. Pero algo podía sospecharse. El Hotel Catedral no tiene una ubicación cualquiera. El nombre ya da una pista pues se encuentra a pocos metros del ábside de la Catedral Metropolitana de Ciudad de México. Y ese fabuloso templo católico que preside la plaza del Zócalo se levantó en la misma explanada que, antes de la llegada de Hernán Cortés, acogía el recinto ceremonial de Tenochtitlan, la capital del Imperio Mexica; era el epicentro de la Venecia americana que «flotaba» sobre el lago Texcoco y cuyos canales, templos y bullicio (unos 200.000 habitantes) deslumbraron a los conquistadores españoles, que luego la destruyeron. A pocos metros del hotel están los restos del Templo Mayor, el «kilómetro cero» simbólico de aquel Imperio Mexica que encontró su final en 1521.

El hotel Catedral tenía una entrada por la calle Donceles 95 y los propietarios del negocio decidieron habilitar aparcamientos para los clientes en el predio que da a la calle Guatemala número 16, la paralela que da justamente a la Catedral. Lo único que se conservaba en ese lado era la fachada histórica. El resto del solar estaba vacío, el edificio había colapsado en los terremotos de 1985 y había sido demolido. Entonces fue cuando aparecieron los vestigios aztecas. Tras unos primeros sondeos en 2009, las primeras señales de que allí había un templo se detectaron en 2010. Los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) se pusieron a trabajar, con la colaboración de los propietarios de este hotel «asturiano» ubicado sobre el corazón de la antigua Tenochtilan.

Al frente de los trabajos estuvo el arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez que, junto a la arqueóloga Lorena Vázquez, es el autor del descubrimiento del templo. Barrera, que también trabajó en coordinación en otras zonas con el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma (premio «Princesa» de Ciencias Sociales en 2022 por su trabajo en el Templo Mayor), se ha convertido en un entrañable amigo para la familia Santoveña, como así quedó de manifiesto en la última semana de abril, cuando el presidente del Principado visitó el hotel y el emplazamiento arqueológico que está en su subsuelo.

Tras retirar los escombros, provenientes de la destrucción de Tenochtitlan, las excavaciones dieron con unos muros circulares datados entre el año 1.400 y el 1.500 de nuestra era. Tenían forma circular porque, en los templos dedicados a Ehécatl, así se simboliza «el movimiento del viento sin obstrucciones». Ehécatl, que se representa con una máscara con una boca en forma de pico de pato (por donde salía el viento), es una de las manifestaciones de Quetzalcóatl, la «serpiente emplumada», una deidad central en las civilizaciones de Mesoamérica; es el dios de la vida. En el hotel han colocado un gran mural de Quetzalcóatl. Está en la pared vista que cruza varias plantas. Es una obra del conocido artista mexicano Jorge Cejudo, «El Cejas».

Lo que desvelaron en aquellas excavaciones es una cuarta parte del templo de Ehécatl. Una plataforma rectangular de 34 metros medida de norte a sur a la que está adosada, en su parte posterior, la mencionada estructura circular de 18 metros de diámetro. El templo formaba parte del corazón espiritual de Tenochtilán (donde había unas 70 edificaciones) y está orientado al oeste, alineado en eje con el Templo Mayor, que estaba dedicado al dios Huitzilopochtli (dios de la guerra) y también Tláloc, el dios de la lluvia, para quien Ehécatl trabajaba como «ayudante», abriéndole paso para que envie la lluvia.

Pero había algo más

A los cuatro años de iniciar las excavaciones, los arqueólogos encontraron más evidencias de una construcción de la que ya tenían indicios anteriores: una plataforma de unos 9 metros de ancho que sería una de las «tribunas» pertenecientes al juego de pelota que había en la capital del imperio de Moctezuma y donde presumiblemente habría jugado el propio emperador. La cancha estaba ubicada bajo la calle Guatemala, donde ahora se encuentra una de las entradas al hotel y también el acceso a los restos arqueológicos. La otra «tribuna» quedaría al otro lado de la calle, pero ya bajo la Catedral.

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El arqueólogo Raúl Barrera muestra al presidente Barbón los restos conservados del templo dedicado al dios Ehécatil / E.L.

En las excavaciones hallaron también un muro cercano al juego de pelota y que correspondería a una de las primeras casas de la ciudad colonial, levantada con las mismas piedras de la arrasada Tenochtitlan. La vivienda correspondía a Juan Engel, de origen alemán, fundidor, uno de los primeros pobladores españoles que tuvo la Nueva España, como entonces se conocía a lo que luego fue México.

El hallazgo de todos estos restos supuso que los dueños del hotel cancelasen la idea de hacer un estacionamiento y, a cambio, decidieron construir nuevas habitaciones. Y todo ello con una nueva estructura arquitectónica de vigas de acero que sirviera para proteger los restos de aquel templo de Tenochtitlán, que después de excavados fueron restaurados y ahora se pueden contemplar. Hoy, además de turistas de todas partes del mundo, en el hotel Catedral también se aloja el dios del viento, el buen Ehécatl.

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