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El análisis azul de la futbolista Laura Díaz: El Oviedo ante Mordor

El empate ante el Getafe mantiene con vida al conjunto azul, aunque el descenso ya asoma como una condena pendiente del Girona

Un momento del encuentro entre el Real Oviedo y el Getafe.

Un momento del encuentro entre el Real Oviedo y el Getafe. / Miki López / LNE

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Laura Díaz González

Laura Díaz González

La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.

El Real Oviedo saltó al Tartiere contra el Getafe como quien contempla, desde las ruinas de una fortaleza, el resplandor rojo de Mordor. No hubo épica luminosa ni caballos blancos descendiendo por la colina, ni trompetas anunciando una salvación improbable. Hubo barro, ansiedad y una clasificación que aprieta como un anillo al cuello. El 0-0 ante el Getafe no fue una victoria, pero sí una última barricada: el equipo resistió con nueve jugadores tras las expulsiones de Javi López y Sibo, sostenido por Aarón Escandell y por una grada que entendió que, a veces, el orgullo es lo último que se defiende.

Pero el punto, por heroico que parezca, llega tarde. La temporada del Oviedo ha sido una travesía hacia el Monte del Destino sin mapa ni pan élfico suficiente, con demasiados orcos aguardando en cada curva. Hubo semanas en las que pareció asomar un camino: abril dejó una pequeña luz, tres partidos sin perder y la sensación de que aún había margen. Después llegaron los golpes ante Elche y Betis, dos derrotas que devolvieron al equipo al borde del abismo.

El empate antes el Getafe tiene más de despedida digna que de salvación real. El descenso es ya casi un hecho, pendiente solo de lo que ocurra mañana con el Girona para prolongar su agonía una jornada más.

Y aun así, el Tartiere aplaudió. Porque cuando un equipo se queda con nueve y sigue en pie, cuando el portero se convierte en Gandalf ante el Balrog y parece gritar sin palabras “no pasarás”, cuando cada despeje es una piedra más en la muralla de Minas Tirith, el resultado deja de ser solo un número. El Getafe tuvo superioridad, campo y una oportunidad inmejorable para acercarse a Europa, pero no encontró la grieta. El Oviedo, en cambio, encontró algo más triste y más noble: la forma de no rendirse cuando el reino ya está casi perdido.

Esta temporada deja una lección cruel. La Primera División no perdona las dudas, ni las sequías de gol, ni las derrotas que se acumulan cuando el invierno se vuelve sentencia. El Oviedo ha competido muchos días como Frodo, exhausto, pero demasiadas veces sin un Sam que lo sostuviera en los metros finales. Hoy cargó el anillo un poco más. El Girona decidirá si aún queda una página por escribir o si el viaje termina, otra vez, con la mirada puesta en el largo regreso desde la Segunda División.

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