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Asturianos en Chile

Manuel Corrada Corrada, siempre con la conversación al frente: la vida y los mil amigos de un intelectual chileno que amó a Asturias

Matemático y profesor de la Universidad Católica de Santiago, Manuel Corrada fue también un prestigioso crítico literario en los medios chilenos más relevantes. Al morir, dejó una cuantiosa herencia al Muséu del Pueblu d'Asturies , que servirá para incrementar los fondos de la gran institución etnográfica de Asturias

Corrada en un acto de reconocimiento en la última etapa de su vida.

Corrada en un acto de reconocimiento en la última etapa de su vida. / Muséu del Pueblu d'Asturies

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Gonzalo Puga Larrain

Manuel Corrada Corrada (Santiago de Chile, 8 de agosto de 1953–Donostia, 18 de junio de 2022) fue un intelectual chileno hijo de emigrantes asturianos de Amieva. Matemático de formación, fue un admirado profesor en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Santiago, además de un reconocido crítico literario en los principales medios periodísticos chilenos. Corrada fue también un enamorado de Asturias, donde veraneaba asiduamente. Y ese amor lo convirtió en un compromiso contante y sonante: legó al Muséu del Pueblu d'Asturies una herencia valorada en 1,3 millones de euros con una finalidad: destinar "los citados bienes y derechos a la compra de bienes de patrimonio cultural material relacionado con el mundo rural de Asturias, con el fin de salvaguardar y conservar la memoria de los campesinos asturianos», dice su testamento. Gracias a su legado, el museo etnográfico de referencia en Asturias podrá ampliar sus fondos. En este artículo, uno de sus mejores amigos, el diseñador chileno Gonzalo Puga, traza un amplio perfil sobre la vida, obra y carácter de Manuel Corrada

"Escribir cuesta un ojo de la cara. Domesticado por la sintaxis y vigilado por el estilo, salir de ese infierno provoca susto, mucho susto. En esa franja, sin embargo, Barthes sitúa las páginas que valen la pena. Aunque, en realidad, dicho corsé paga el precio del cambio de soporte. Hablamos. Hablamos en un lenguaje. Hablamos. En el globo de la tierra se navega, se vive, se camina. No en los mapas, apenas unos papeles. La curiosidad mató al gato, el rock and roll sonoro aterra al poder. Nada de hablar. Formalizarlo, es decir, escribir. Para lo cual resulta imprescindible emplear una codificación. Puntos, comas, signos, esto y lo otro. Por si fuese poco, una gramática para ojos lesos. Suma y resta. En los mapas perdemos las arenas finas y gruesas, el olor que proviene de las algas que arrastra el océano sobre la tierra. En la página escrita la brutal fuerza de hablar queda descafeinada, amononada, suavizada, un elenco de gorgoritos. Hay maneras mucho más dulces de combinar letras. Erasmo sugiere hornear galletas con la forma de las letras del alfabeto. Se devoran en un santiamén. Formalización apetitosa. Calma".

Abro estas notas sobre mi amistad con Manuel Corrada con una cita suya, que sitúa lo que agrego luego.

Conocí a Manuel como matemático de la Universidad de Chile, investigador en lógica, teoría de clases, métodos de aritmetización de Gödel y máquinas de Turing, y en su ejercicio como docente de la Facultad de Matemáticas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Lo vi transitar entre los cursos de álgebra y geometría, propios de la introducción a múltiples carreras, y otros en que él revelaba la presencia de la matemática en el arte. Iluminaban la sala poemas geométricos de la tradición china, fotocopias del Pop neoyorkino, análisis topológicos de planos y geometrías oblicuas del constructivismo soviético. Él exploró así una forma ultraleve de destape, al tiempo en que cayó el muro de Berlín, colapsó el bloque soviético y comenzó el tránsito de la dictadura de Augusto Pinochet a la democracia en Chile.

El inicio de nuestra amistad fue también el inicio de mi trabajo junto a él y el arquitecto Smiljan Radić (premio "Priztker" de Arquitectura 2026) cuando ambos me encargaron la puesta en página de los libros "Tristán" en 1987 y "Arp" en 1988. Smiljan y su esposa, la artista Marcela Correa, llamarían Tristán a su hijo, que fue ahijado de Manuel y hoy es matemático. Entonces yo era su ayudante en los cursos de geometría, junto a Philippe Benoit. Poco después hice maquetas e ilustraciones para sus artículos científicos y él escribió la presentación de mi tesis de grado. La amistad que forjó con Smiljan Radić les permitió formar una simbiosis, que fomentó su creación disruptiva.

Corrada, en una imagen escolar.

Corrada, en una imagen escolar. / Muséu del Pueblu d'Asturies

Recuerdo su atención, en esa época, a los sesgos discriminatorios en la vía de admisión a la carrera de arquitectura, de la prueba especial para sus postulantes, diseñada por arquitectos, que, según decía, medía capacidades que favorecían a quienes tenían arquitectos cercanos. En la misma línea, en la carrera de diseño, junto a su director, el diseñador catalán Alex Blanch, buscó aumentar la eficacia del protocolo de titulación de los estudiantes, cuidando la excelencia académica, con estándares globales, al tiempo que reducir los años de estudio requeridos, y así el costo final de la carrera para sus familias, dada la brecha social chilena. En las clases a las que asistí mostraba ser amante de las parábolas, sin embargo, creía en evaluaciones directas y justas.

Hijo de la emigración

Los padres de Manuel fueron inmigrantes asturianos. Belarmina Corrada Viego, de La Roza (Parres) y Tomás Corrada Alonso, de Eno (Amieva). Él cruzó el Atlántico y desembarcó en Buenos Aires, para llegar a Chile después de atravesar la cordillera a pie. Las personas que venían de allí le parecieron alegres y bien comidas. Él llegó a instalarse en San Vicente de Tagua, a más de cien kilómetros al sur de Santiago. Ella, veinticinco años más joven, viajó a Chile junto a Tomás, que fue a España a buscarla cuando ya estaba establecido. Ambos se instalaron en Santiago y vivían en un hotel.

A Tomás lo conocí ya muy mayor. Según Manuel, Tomás podía distinguir las fabas del año de las de la cosecha anterior, con solo tocarlas. Sus cumpleaños eran el evento más relevante del año para la familia. Completábamos varias mesas en la terraza y era servida una gran cena, preparada por Manuel y Belarmina con delicadeza, para familiares y amigos. Los otros días, sentado en el comedor amarillo, participaba de nuestras conversaciones con Manuel y Belarmina, quienes se alternaban en la cocina contigua. Unas hojas de lechuga, el congrio con sus papas fritas y el tocinillo del cielo fueron mis favoritos. En la deriva de los largos almuerzos, observaba las manos de Manuel al menear la ensalada y servir el vino, el limonero del frondoso y húmedo jardín y una serigrafía de Roberto Matta.

Corrada, con su madre Belarmina

Corrada, con su madre Belarmina. / Muséu del Pueblu d'Asturies

Casa Cibeles, la tienda familiar en el elegante Portal Bulnes

Los fines de semana, Belarmina cosía con su máquina Necchi las prendas femeninas que vendían en la Casa Cibeles, la tienda familiar de lencería abierta en 1930 en el elegante Portal Bulnes de la Plaza de Armas de Santiago, en la que trabajaban ambos. Eran Tomás y Belarmina los que cerraban las grandes ventas, atendiendo a los mejores clientes que retornaban cada año desde la provincia.

Después, Manuel se hizo cargo de la tienda, honrando la historia familiar, aunque su actividad docente y la escritura copaban su agenda. Cuidando la identidad original, renovamos los pavimentos y definí la iluminación y la paleta de colores para la pintura de sus muros. Diseñé entonces la identidad visual de la tienda, las bolsas y las cajas de los aparadores, además de algunos de los exhibidores para pantis y ropa interior del local. Los proveedores se sorprendían al comprobar que, en su mejor momento, la Casa Cibeles vendía más que las secciones de lencería de las tiendas de gran superficie. Manuel manejaba personalmente las decisiones de compra, gestionaba el stock y definía las estrategias comerciales y los precios. Adaptó los productos y las franjas de precio a la realidad del barrio y a su competencia, apelando a la fantasía de quienes sostenían el negocio cada día.

Hoy, la tienda familiar de la Plaza de Armas ya no existe. Ya no daba para mantenerla. El negocio de la competencia ya no era la venta de productos tangibles, sino el crédito con los intereses asociados. Fue reemplazada por un restaurante, como parte de un proyecto de recuperación del casco antiguo de la ciudad. Sus muebles, que eran los originales desde su apertura en 1930, se dispersaron. Paradojalmente, hace pocos días, recibí de nuestro amigo Francisco Díaz la foto de uno de sus espejos decorando La Vinoteca, un restaurante de aspecto nostálgico. El espejo desarraigado, pintado a mano reza «Fajas, Casa Cibeles, Medias», ahora en el barrio alto de la capital.

El tiempo de las rosas

En su tiempo libre, Belarmina asistía a las exhibiciones de rosas y cultivaba diversas variedades en su jardín. Además de las rosas, Manuel, que compartía con ella la pasión por las plantas, creó un paisaje complejo, de apariencia descuidada, sombrío y húmedo. Una amplia variedad de especies sorprendía con sus colores al paso de las estaciones. En nuestro jardín de Santiago conservamos las rosas de Belarmina y, junto a mi hijo Cédric, de once años, usamos su máquina Necchi, para coser peluches que diseñamos juntos. Ambos fueron regalos de Manuel.

Corrada, de niño, con sus padres y su hermana.

Corrada, de niño, con sus padres y su hermana. / Muséu del Pueblu d'Asturies

Bable, pero no frente a las visitas

En casa de los Corrada se hablaba el bable, pero nunca frente a las visitas, no los escuché hablarlo, tampoco los escuché hablar sobre sus dos hermanos, Tomás y Balbina, que perdieron la vida temprano. Era un duelo silencioso con el que convivíamos.

Manuel y sus padres viajaban cada año a la casa que construyeran sus abuelos en Arnaño, en Amieva. Esa casa fue legada por él al Muséu del Pueblu d'Asturies. Sentían un gran cariño por las tradiciones asturianas y por la vida rural, que Manuel extendía a la vida cosmopolita, la comida sofisticada y el arte. Un par de veces lo acompañé en sus viajes, con centro en la casa familiar de Arnaño, una construcción rural en piedra, mantenida por la familia como la dejaron sus abuelos. Manuel disfrutaba especialmente tomando el desayuno en el corredor del segundo piso, con un café y las bollerías que comprábamos en Cangas de Onís. Frente a la casa, crecían las calas y aún corre agua en la fuente que alguna vez fotografié.

En el primer viaje conocí a su primo, el abogado Tomás Corrada, su vecino, y a su señora Chelo Menéndez, quien poco después tejió como regalo muy lindas prendas para recibir a mi hijo mayor, Santiago. Entonces recorrimos las tierras de la familia y conocí a las filósofas y feministas Alicia Miyares, de Arriondas, y Amelia Valcárcel, madrileña radicada en Oviedo, junto a Lluis Xabel Álvarez, su marido. Ella, calaba bien a Manuel y ambos se divertían mucho en el juego.

Nuestro periplo siguió tensionado por los encuentros con amigos, las playas y particulares restaurantes. Visitamos así Oviedo y otras pequeñas ciudades de Asturias, Bilbao, Donostia y Madrid, donde vivían su querida prima María Luisa Corrada, de Santoveña, viuda del IX Conde de Villagonzalo, Juan Andrés Maldonado y Chávarri, y los arquitectos Salvador Guerrero y Cristina García González. Seguimos camino a Burdeos, para ver la gran exposición Mutations de Rem Koolhaas, Stefano Boeri, Sanford Kwinter y Nadia Tazi, y a París, ciudad en la que viven sus amigos el matemático Max Dickmann y el arquitecto José Luis Fuentes.

Una imagen juvenil de Manuel Corrada.

Una imagen juvenil de Manuel Corrada. / Muséu del Pueblu d'Asturies

Una pérdida y la importancia de los amigos

Un par de años más tarde, en 2003, volvimos a Arnaño, esta vez para enterrar en Cirieño a Belarmina, su madre ya viuda, que al parecer se quedó dormida al volante en una ruta de Asturias.

Para Manuel, sus amigos fueron muy importantes. Siendo un gran conversador, prefería la charla mundana a la introspección y podía ser lapidario antes de traicionar su razón. Evitaba hablar de su vida personal y apreciaba establecer vínculos particulares con cada uno de nosotros. Por eso, esta narración resultará incompleta y con omisiones importantes.

María Olga Cumsille conoció a Manuel, y a su familia, desde la década de los años 70. Ella fue muy importante para él, que fue padrino de su hija. Como dentista, junto con su amistad, cuidó de sus dientes, su salud y más. Largas conversaciones telefónicas entre ellos eran parte de su cotidiano. Fue ella quien me propondría que acompañara a Manuel al entierro de su madre en Asturias, lo que acepté de buen grado.

Solía recibirnos en casa y en ocasiones hacer platos muy elaborados. Cuando no era así, en su afán por estar en la movida, manejaba un Ford Corcel color celeste, que reemplazó con los años por una camioneta Fiat Fiorino roja. Recorrimos la ciudad buscando restaurantes. Prefería vivir la civilización y la comodidad. Un almuerzo de cuatro horas, sí; un todo terreno por la tierra, para privilegiar entornos naturales, ni hablar. Prefería ir a una casa bien montada, que funcionase sin pausas, como la casa de Christian Glavic en Olmué o en Viña del Mar, aquella de la abuela de Jocelyn Froimovich, quien le arrendaba su departamento en Santiago.

Manuel Corrada

Manuel Corrada / Muséu del Pueblu d'Asturies

La complicidad infantil con su prima Marisa, María Luisa Corrada, era evidente, así como la incondicionalidad de ambos, a pesar de la distancia. Ella lo acompañó hasta las últimas horas, al igual que su familia y Cristina Sánchez. Su amigo Enrique Iglesias, economista del Banco Interamericano de Desarrollo, reservaba tiempo para encontrarse con Manuel cuando estaba de paso por Chile.

Sus amigos Atilio Campomassi y Diego Molinari fueron muy queridos y admirados en su elegancia y delicadeza por Manuel. A Atilio lo conocía desde los dieciocho años. Por las mañanas los llamaba para saludarlos y acompañarlos en su edad avanzada. Ellos vivían frente al Cerro Santa Lucía en un departamento del edificio El Barco, que diseñó mi abuelo Sergio Larrain para su propia madre. La pintura de un niño solitario en tonos grises y azules, que recibió como regalo de Diego, caracterizaba el comedor amarillo de su casa familiar y luego el acceso a su nuevo departamento, ubicado al sur del mismo cerro.

Manuel admiró y fue amigo también de la artista Lotty Rosenfeld y de las escritoras Eugenia Brito y Diamela Eltit, mujeres asociadas en tiempos de represión a la escena de avanzada. También siguió de cerca la producción del artista Mauricio Garrido, de quien fue amigo. Su casa familiar y su departamento tuvieron altares con sus esculturas y collages.

Fue muy cercano a los arquitectos Paulina Courard y Teodoro Fernández, donostiarra que formó a generaciones de arquitectos jóvenes, incluidos mi hermana Cecilia y Smiljan Radić. Con ellos compartía su pasión por la conversación, la comida y las plantas.

Sus amigos Daniel Talesnik, Francisco Díaz y Pedro Alonso representaron para él arquitectos con un nuevo repertorio académico, del que estaba muy orgulloso. Con Jocelyn Froimovich, se identificaba y era muy cercano, y juntos definían con humor un horizonte mundano como descendientes de inmigrantes. Su hijo con Daniel Talesnik, llamado Gabriel, recibió como apodo Gabo, quizá en un guiño a las raíces de ella y a la pasión por el constructivista soviético Naum Gabo, compartida con Manuel. Tras la muerte de Manuel, ella se haría cargo de su biblioteca, hoy custodiada en la Universidad Diego Portales.

Muchos de sus amigos fuimos estudiantes de sus cursos en algún momento. Resultaba gracioso ver como las amistades se estratificaban, mientras Manuel adquiría la imagen de Dorian Gray al trascender las generaciones. Así conocí a Alejandro Valdés y Cristóbal Amunátegui, a Christián Glavic, Felipe Morales y Agustina Labarca, con quién luego trabajé en el equipo de arquitectura del Palacio de La Moneda. Recuerdo los elogios a la obra de Max Núñez, el lujo le apasionaba. Su amistad con el arquitecto Alejandro Aravena fue una declaración genuina de respeto mutuo.

A través de Manuel conocí también a Emilio de la Cerda y a Trinidad Valdés, de quienes fue muy amigo. Trabajando en dos ocasiones para el cineasta Diego Breit me encontré con él: filmando sitios de la memoria incómoda. Por encargo del Consejo de Monumentos Nacionales, que Emilio dirigía, filmamos memoriales de derechos humanos como el Estadio Nacional, el Patio 29, Chuquicamata, Pisagua, Humberstone y Santa Laura. Algunos años más tarde, volví a encontrarme con él, al documentar el concurso de arquitectura para la recuperación del Palacio Pereira como sede del recién creado Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Recuerdo que, entonces, Manuel señaló la importancia de la publicación del concurso, incluyendo todas las propuestas de los arquitectos, como señal de la transparencia del proceso de selección en que había sido premiada la propuesta de mi hermana Cecilia con Paula Velasco y Alberto Moletto.

Loreto Villarroel, por otra parte, tuvo una amistad con Manuel desde que él llegara al campus Lo Contador, mientras ella era la mano derecha de Fernando Pérez, su director. Ella le tenía cariño y ocasionalmente fue su lazarillo al navegar la facultad.

Una casa abierta

Aunque la cocina fue de todo su interés, su libro "Cocina chilena" no trata de eso, aborda con sarcasmo las prácticas propias del oficio de arquitecto en Chile, y su entorno habitual dentro y fuera de la escuela de arquitectura.

Su casa en Santiago estuvo abierta para recibir a los hijos de sus amigos. Recuerdo el paso de Olaya Álvarez, hija de Amelia Valcárcel, y Misha Willmers, hijo de su amigo George, quienes pasaron temporadas conviviendo con él. Manuel, acostumbrado a vivir como hijo único, los recibió con gusto, pero carecía entonces de la cintura requerida para tal empresa. Le resultaba más fácil ser cómplice en conversaciones con los hijos de los amigos, como con Nicolás Benoit, hijo de Philippe, Ricardo González, hijo de su "primo" Ricardo, y Ana, hija de su primo José Manuel Corrada, de Asturias.

Ricardo González fue un gran amigo de Manuel y como médico lo asesoró en sus tratamientos. Manuel le llamaba primo, aunque no tenían vínculo sanguíneo, sino uno de amistad; su padre, Victoriano González, natural de Cazo, un pueblo cercano a Arnaño, era el mejor amigo de Tomás Corrada, el padre de Manuel, a quien conoció ya en Chile. Su mujer, Carmen Jove, de Taranes, a su vez, era muy amiga de su madre, Belarmina. Victoriano fue fundador y presidente durante muchos años de la Colectividad Asturiana de Chile, y como muchos emigrantes españoles  había llegado a Chile evitando el riesgo de ser enviado a pelear en Marruecos, lugar en que su padre sobrevivió.

Un apartamento con vistas al Cerro Santa Lucía

Al término de su carrera docente, dejó la casa familiar, que junto a la casa vecina también donaría al Muséu del Pueblu d'Asturies, y armó para si un pequeño departamento con vistas al Cerro Santa Lucía, una cocina delicadamente estudiada, plantas de tomate en la terraza, sus libros, espejos y muebles, algunos tapizados para él con telas finas, como las sedas italianas de Rubelli, junto a grandes personajes de terracota de Izabel Mendès da Cunha, que Manuel trajo del Brasil. A los pocos días de instalado, el 25 de octubre de 2019, un millón doscientos mil chilenos se manifestaban en la Plaza Italia y la Alameda, a los pies de su celda eremita situada, sin paradoja, en el centro de la metrópoli. Manuel siguió, desde su "platillo volador", con particular interés y cariño el movimiento estudiantil y con optimismo las manifestaciones sociales y el "Chile despertó", que le recordó al Chile de su juventud.

Crítico literario en "El Mercurio"

Manuel se interesó en la relación entre ciencia, cultura y sociedad. Escribió columnas de crítica literaria para el diario "El Mercurio" y también escribió artículos para la prensa chilena de izquierdas, recurriendo en ese caso al uso de pseudónimos. En la Pontificia Universidad Católica de Chile trabajó en el comité editorial de la "Revista Universitaria" y colaboró estrechamente con la revista ARQ. Sus artículos sobre la relación entre las matemáticas, la percepción y las artes visuales, fueron publicados en revistas extranjeras como "Leonardo", del MIT, y "The Structurist", con editores como Michele Emmer. También publicó en España en la revista "Leviatán" y en el diario "El País". Junto a Smiljan Radić hicieron las dos autoediciones que mencioné antes, y publicaron en la revista italiana "Casabella", para Francesco Dal Co.

Luego de retirado de la universidad, se interesó especialmente en la obra del arquitecto español Andrés Jaque, sobre la que escribió un ensayo inédito. También estudió y escribió sobre la cultura queer. Y en el último texto suyo que conozco, fuente de las citas de estas notas, declaró también su interés por la conversación y la sensualidad, propios de la vida, contrapuestos a los códigos y la escritura, que asoció a la muerte. Creo que ya escribía su epitafio.

Como un padre

Durante muchos años, al salir a la montaña, era a él a quien le indicaba con quién estaba, mi itinerario y el día de regreso, contando con que dado el caso sería él quien alertaría sobre una emergencia. Al morir mi padre, en el año 2007, mi hijo Santiago de tres años me dijo que no era grave, que ya tenía otro. Quince años más tarde, con la salud esquiva, era él quien partía al Hotel Niza de Donostia para nadar en La Concha y secretamente acercarse a su madre, Belarmina.

Junto a mi prima, la artista Gregoria Larraín, celebraban habitualmente, con nostalgia, la cultura francesa y, con ironía, el pop norteamericano. En su último mensaje a ella, él compartía el exhuberante vídeo de la canción "Murir sur scène", de Dalida.

Mientras Manuel estaba en el Hospital Universitario de Donostia, bajo los cuidados de las doctoras Izaskun Zeberio y Aynara Mais, conocí a la distancia a Cristina Sánchez, querida amiga de Manuel que lo acompañaba. Un par de días después él comentaría «los calores me están matando». Yo ya me había despedido, al dejarlo en el aeropuerto de Santiago de Chile.

La muerte y sus despedidas

"En alguna línea, Clarice Lispector expresa que equis murió 'porque se le acabó la salud'. Pone las cosas en su sitio", escribió Manuel.

Mi tercer viaje a Asturias fue en junio de 2022 para enterrar en Cirieño a Manuel junto a Belarmina, su madre, acompañando a su familia y a nuestros amigos Francisco Díaz, Jocelyn Froimovich, Cristina García-González y Salvador Guerrero.

Al regresar a Santiago, autoridades universitarias, amigos y compañeros de trabajo de Manuel lo despedimos en el campus de Lo Contador. Presentes, mi hermana Cecilia, mi hijo Santiago, Christian Glavic y Felipe Morales, entre otros amigos cercanos. Guillermo Acuña, Emilio de la Cerda y Trinidad Valdés, desde la distancia.

En esa ocasión, el arquitecto Fernando Pérez, exdirector de la Escuela de Arquitectura y exdecano de la Facultad, destacó la relevancia de la llegada de Manuel Corrada como matemático al equipo que dirigía. Fernando compartió entonces los argumentos del arquitecto Isidro Suárez, socio de Juan Borchers, que influenciara profundamente el proyecto educativo de la escuela, y que motivó su incorporación. La base era la exploración con los estudiantes y docentes de la relación entre arte y matemáticas, línea que Manuel asumió como desafío personal, y extendió en la investigación y el diálogo sobre de la relación entre ciencia, tecnología y sociedad.

La cuidada ceremonia organizada por sus amigas Agustina Labarca, Blanca Valdés, Loreto Villarroel y Paulina Courard terminó al plantar en el jardín del campus de la universidad una parkinsonia, un delicado regalo de Paulina, el árbol favorito de Manuel.

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