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El análisis azul de la futbolista Laura Díaz: El último nudo

El Oviedo terminó la Liga como quien llega al final de una bajada larga, con los frenos calientes, el paisaje ya gastado en el retrovisor y esa sensación amarga de haber conocido cada curva demasiado tarde

Almaa, durante el partido ante el Mallorca

Almaa, durante el partido ante el Mallorca / FC9

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Laura Díaz González

Laura Díaz González

La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.

Hay carreteras que no llevan a ninguna parte y, aun así, explican un viaje entero. En Mallorca está la de Sa Calobra, esa cinta de asfalto que baja hacia el mar retorciéndose sobre sí misma, con curvas de herradura y un punto casi teatral, el Nudo de la Corbata, donde la carretera parece arrepentirse del camino tomado y se cruza con su propia sombra. A una le hablaron de ella antes del partido, como se habla de las cosas que conviene ver cuando se llega a la isla: la catedral, el puerto, la luz de la tarde, las calas. Pero al final, para entender el cierre de temporada del Oviedo, no hizo falta conducir hasta allí. Bastó con mirar a Son Moix.

El Oviedo terminó la Liga como quien llega al final de una bajada larga, con los frenos calientes, el paisaje ya gastado en el retrovisor y esa sensación amarga de haber conocido cada curva demasiado tarde. No hubo épica, ni orgullo maquillado de remontada, ni una última postal para guardar en la maleta. Hubo un 3-0 del Mallorca, hubo una noche espesa, hubo ese silencio de los partidos que se juegan cuando casi todo está dicho. Pablo Torre abrió la herida antes del descanso; Morlanes la hizo más grande en el 83; Muriqi la cerró en el 88 con la contundencia de quien golpea una puerta que ya estaba vencida.

Y aun así, qué difícil es escribir de este descenso sin acordarse de lo que costó llegar hasta aquí. Porque el oviedismo no entró en Primera como entra cualquiera. Entró después de demasiados años mirando desde fuera, con la nariz pegada al cristal, contando jornadas, play-offs, disgustos, lunes de barro y domingos de transistor moderno. Entró con una ciudad entera haciendo memoria, con el Tartiere convertido otra vez en un sitio donde pasan cosas grandes y con una generación descubriendo que aquello que le contaban en casa no era un cuento antiguo, sino una herida abierta. Volver fue una fiesta. Permanecer ha sido otra cosa.

En Son Moix, la noche tuvo algo de despedida compartida. El Mallorca ganó y también bajó. Curiosa escena: un equipo goleando sin poder salvarse y otro perdiendo sin poder hundirse más. Dos descensos en el mismo césped, dos maneras de mirar al suelo. La grada local celebró los goles con ese impulso inevitable que tiene el fútbol, pero el marcador de otros campos iba enfriando la alegría. Los azules, mientras tanto, jugaban con el gesto de quien sabe que el examen terminó hace días y aun así debe entregar la hoja.

Santi Cazorla se marchó en el minuto 63 y en ese cambio hubo más crónica que en muchas jugadas. Hay futbolistas que son una estadística y otros que son un argumento. Cazorla pertenece a los segundos, pero Primera no tuvo piedad. Nunca la tiene. Es una categoría que no espera a nadie, que no perdona las nostalgias, ni las plantillas a medio hacer, ni los meses de adaptación y que te cobra cada pérdida, cada despiste, cada área mal defendida y cada tarde en la que crees que con competir un rato alcanza.

El Oviedo tuvo días de fe, sí. Tuvo ratos reconocibles. Tuvo partidos en los que pareció que la permanencia no era una quimera sino una conversación posible. Pero la temporada fue haciendo su propio nudo, curva tras curva: pocos goles, demasiados encajados, demasiadas urgencias, demasiadas veces llegando tarde a la misma conclusión. El fútbol, a veces, tiene una crueldad administrativa: coloca fechas, jornadas y clasificaciones para ordenar lo que en realidad es desorden emocional.

Y aun así, conviene no escribir el punto final con demasiada tinta negra. El Nudo de la Corbata no es solo una curva de bajada: también es una forma de volver a subir. La misma carretera que te deja junto al mar te obliga luego a trepar, despacio, curva a curva, hasta recuperar altura. El Oviedo sabe bastante de eso. Sabe de descensos, de años torcidos, de orgullo reconstruido sin focos. Sabe que los caminos que merecen la pena rara vez son rectos.

La temporada se cerró en Mallorca, lejos del Tartiere, con una derrota limpia en el marcador y sucia en el ánimo. Pero quizá ahí esté la imagen. Una isla, una carretera que se enreda consigo misma, un equipo que regresa al punto de partida sin ser exactamente el mismo que salió. El Oviedo baja, sí. Pero no vuelve a la nada. Vuelve con cicatrices, con una afición que ya probó otra vez el aire de Primera y con una obligación inmediata: deshacer el nudo sin romper la corbata.

Porque hay descensos que son un final. Y hay otros que, aunque duelan igual, son sólo una curva.

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