Opinión
Messi y los asturianos de la Argentina: cómo el fútbol enseñó a nuestros emigrantes a amar la tierra que los acogió
Los asturianos llegaron con la memoria de las montañas y. con el paso de los años, las alegrías y las heridas de Argentina se mezclaron con las propias; por eso, cuando la selección argentina levanta una copa, algo se conmueve también en las casas y centros asturianos dispersos por Buenos Aires, Rosario o Mar del Plata

LEO MESSI / VALENTI ENRICH / SPORT
El periodista Fernando R. Miranda, un profundo conocedor de los movimientos migratorios asturianos, y de las comunidades asturianas en América en especial, reflexiona en este artículo, a raíz de la concesión a Leo Messi del premio “Princesa” de los Deportes, sobre el significado que el fútbol tiene en Argentina como elemento de cohesión social, también para los que llegaron del otro lado del mar y vibran con cada victoria de la selección argentina
Hay personas que pertenecen a un país y otras que, sin dejar de pertenecer al suyo, terminan formando parte del imaginario del mundo. Lionel Messi es una de ellas. Su nombre ya no designa únicamente a un futbolista extraordinario: es una metáfora de la perseverancia, del talento cultivado con humildad y de la silenciosa victoria del esfuerzo sobre la adversidad. Como los grandes mitos, ha dejado de ser solamente un futbolista para convertirse en un relato compartido por millones de personas.
Hace años asistí con mis hijos a un partido en La Bombonera. Sobre el césped transcurría el juego, pero en las gradas sucedía algo aún más profundo. Los cánticos, los abrazos, las lágrimas contenidas y la emoción desbordada transformaban el estadio en una especie de catedral laica donde el fútbol adquiría la dimensión de un lenguaje común. Comprendí entonces que Argentina no se entiende únicamente a través de su historia o de sus paisajes, sino también a través de esa pasión colectiva que convierte cada partido en una celebración de pertenencia.
Los asturianos que echaron raíces en Argentina conocen bien ese sentimiento. Llegaron con la memoria de las montañas, el sonido de la lluvia sobre la piedra y la nostalgia del Cantábrico prendida en el corazón. Pero aprendieron también a amar la tierra que los recibió. Con el paso de los años, las alegrías y las heridas de Argentina se mezclaron con las propias, hasta formar una sola corriente de afectos. Por eso, cuando la selección argentina levanta una copa, algo se conmueve también en las casas y centros asturianos dispersos por Buenos Aires, Rosario o Mar del Plata.
Las grandes figuras deportivas suelen arrastrar consigo la tragedia de los héroes antiguos. Maradona encarnó esa dimensión épica y desgarrada: fue un genio capaz de desafiar los límites humanos y, al mismo tiempo, una persona perseguida por sus propias sombras. Su vida estuvo marcada por una lucha constante entre la gloria y la fragilidad.
Messi, en cambio, parece haber recorrido otro camino. El suyo no es el fulgor tormentoso del relámpago, sino la luz constante de una estrella. En una época fascinada por el ruido, eligió el silencio; en un tiempo que premia la exhibición, cultivó la discreción. Ha demostrado que la verdadera grandeza no necesita proclamarse. Cada triunfo suyo parece recordarnos que el talento alcanza su plenitud cuando camina acompañado por la sencillez.
Quizá por eso despierta una admiración que trasciende el fútbol. No solo por los títulos conquistados ni por las hazañas que ya pertenecen a la historia del deporte, sino porque encarna una forma de estar en el mundo que resulta cada vez más rara y, precisamente por ello, más valiosa. Messi nos recuerda que el éxito no consiste únicamente en llegar a la cima, sino en conservar intacta la humanidad durante el ascenso.
Cuando en otoño acceda al Teatro Campoamor, no será únicamente un campeón quien se haga presente. En cierto modo, estarán también las generaciones de emigrantes que cruzaron el Atlántico persiguiendo un futuro incierto; los hombres y mujeres que construyeron su vida lejos de Asturias sin renunciar nunca a ella; quienes aprendieron que la identidad no es una frontera, sino un puente.
Y tal vez, detrás de su silueta bajo las bóvedas del teatro, Asturias reconozca en Messi algo más profundo que un deportista excepcional. Identifique la nobleza discreta de quien alcanza la cima sin olvidar el camino, la dignidad de quien vence sin humillar y la humilde grandeza de quien, aun convertido en leyenda, sigue pareciendo un hombre común. Porque hay triunfos que llenan estadios y otros que iluminan generaciones. Los primeros pertenecen al tiempo; los segundos, a la memoria. Y es en esa memoria donde Messi ya ocupa un lugar perdurable.
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