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La tempestuosa Radis y el atractivo Gabino: esplendor, caída y resurgir detrás de un elegante palacete indiano de Somao

Hijo de un emigrante que se enriqueció en Cuba, Gabino Álvarez se convirtió en un "docto y elocuente" abogado-procurador que trabajó para los March y los Fierro; en verano, en compañía de su culta y excéntrica esposa, Radisgundis Alonso, disfrutaba de la hermosa casona terminada en 1908, que hoy se conserva en perfecto estado gracias a la familia García Alonso, que la adquirió en 1988

Villa Radis.

Villa Radis. / Alejandro Braña

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Virginia Casielles

Virginia Casielles

Virginia Casielles, historiadora del arte y especialista en el fenómeno migratorio de los indianos, firma esta serie de artículos sobre la huella en piedra que dejaron en Asturias los emigrantes que triunfaron en América. Esta especialista contará periódicamente para "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA, la historia constructiva y familiar que tienen algunas de las más señeras casas de indianos que hay en la región. Virginia Casielles es autora del libro “Una saga de maestros de obra”, sobre la familia Posada Noriega, que edificó numerosas casa de este tipo en el Oriente, y también de “El pequeño indiano”, la exitosa versión infantil del libro anterior. También ha escrito la obra de teatro "Ana emigra", galardonada en el I premio "María Luisa Castellanos", de obras literarias vinculadas con la emigración.

En ocasiones, una sola vida parece contener muchas vidas. Eso fue lo que pasó con la de Gabino Álvarez, quien, en primeras nupcias, se había casado con su prima Antonia Menéndez Grande, con la que se instaló en Caibarién, Cuba, donde había triunfado en los negocios. De ese matrimonio nacieron cinco hijos: José, Antonio, Gabino, Néstor y Ángel Tomás, de los que, desafortunadamente, solo sobrevivió uno: Gabino Álvarez Menéndez. Y es precisamente su historia y su palacete indiano en Somao, Villa Radis, lo que articulará estas líneas.

Gabino Álvares y Antonia Menéndez en su casa de Caibarien.

Gabino ÁlvareZ y Antonia Menéndez en su casa de Caibarien. / Arnaldo De Castro, Caibarien, Cuba

Gabino nació en Cuba en 1880 y allí vivió sus primeros años, en el seno de una familia muy unida y acomodada, que residía en uno de los mejores barrios de la ciudad, en la calle Fundador Justa, en la Colonia de Vives. Sus días transcurrían en ese entorno privilegiado, frente a la ferretería Evaristo Bergnes y los grandes almacenes de Martín Zozaya y Mendiberri, eminente comerciante vasco. Sus juegos en la plaza central, junto al edificio del gobierno municipal; sus misas de domingo en la parroquia; y sus días en la sociedad de instrucción y recreo Sociedad Liceo y Colonia Española, a tan solo cincuenta metros de su casa, hicieron de la suya una infancia feliz y burguesa, de la que nadie imaginaba que pudiera verse truncada.

Pero, con apenas siete años, la vida lo golpeó con toda la fuerza con la que se puede golpear a un niño: su madre falleció durante un parto. A pesar de la dureza de la situación, Gabino continuó con una vida relativamente estable, aunque ya trasladado a España. Junto a su padre regresó a Somao y se instaló de manera permanente en la península.

Villa Radis.

Villa Radis. / Foto Arturo García Alonso, propietario.

En ese momento comenzó una segunda vida, una vida que ya no iba a detenerse. Una vez en Somao, pasó mucho tiempo con sus abuelos y sus tíos, siendo para él la tía Encarnación Menéndez Grande, hermana de su madre, una figura de referencia muy importante, con la que pasaría el resto de su infancia. A Caibarién volvería, pero ya solo en viajes de ida y vuelta, como ocio en períodos estivales.

En 1895, su padre, Gabino Álvarez Menéndez, contrajo segundas nupcias con Encarnación Valdés, sobrina suya y, por tanto, prima hermana de su hijo. Con ella mantenía una excelente relación, lo que permite pensar, pese a la distancia en el tiempo, que entre ambos existió siempre un vínculo cercano y natural. Gabino no debió de verla como una figura severa ni como un relevo afectivo de su madre, quizá también porque Encarnación apenas le llevaba cuatro años.

Gabino Álvarez y Antonia Menéndez.

Gabino Álvarez y Antonia Menéndez. / Ignacio Sandoval de las Heras.

Encarnación y Gabino padre, ya casados, viajaron a Cuba, donde pasaron una temporada y donde nació su primer hijo en común, Alfonso. Poco después regresaron, construyeron la Casona de Somao y toda la familia se instaló en Madrid, en el número 18 de la plaza de Santo Domingo, donde también viviría Gabino hijo.

Allí pasó sus años de adolescencia y primera juventud, hasta que se trasladó a la Universidad Literaria de Valladolid, una de las más antiguas y prestigiosas de España, para cursar la carrera de Derecho, de la que se licenció el 9 de septiembre de 1903. En torno a 1898, los estudios universitarios seguían siendo un privilegio reservado a unos pocos: un ambiente eminentemente masculino, frecuentado por hijos de familias opulentas, que se movían en círculos eruditos y donde los debates políticos y culturales del Ateneo de Valladolid constituían una cita obligada.

Gabino Álvarez, hijo, con el indiano Fermín Martínez en Caibarien.

Gabino Álvarez, hijo, con el indiano Fermín Martínez en Caibarien. / Ignacio Sandoval de las Heras.

Tras finalizar los estudios, realizó la obligatoria pasantía con un abogado de prestigio, como era habitual en la época, hasta que pudo ejercer por cuenta propia, abriendo su bufete en el número 1 de la plaza de Isabel II de Madrid, hoy más conocida como plaza de Ópera. Allí ejerció el resto de su vida como abogado-procurador, administrando bienes y tramitando testamentarías y abintestatos; es decir, especializándose en herencias y testamentos, así como en la legalización de documentos en España. Además, siempre trabajó cuidando los intereses de sagas familiares dedicadas a los negocios, como los March y los Fierro.

Gabino Álvarez, hijo.

Gabino Álvarez, hijo. / Ignacio Sandoval

De Gabino hijo, las fuentes orales y los testimonios gráficos dejan constancia de que, además de docto y elocuente, era un hombre atractivo, elegante y distinguido. No resulta extraño, por tanto, que terminase casándose, en 1906, con una mujer muy acorde a él: Radisgundis Alonso Menéndez, natural de Malleza, en Asturias, también culta y distinguida, y recordada, además, por la gran determinación de su carácter. Incluso su nombre parecía responder a aquella personalidad singular y refinada. De origen germánico, Radisgundis —o Radisgunda— puede interpretarse como “la que combate con sabiduría” o “guerrera consejera”, una etimología tan poco común como el propio nombre y que encajaba bien con aquella mujer instruida, perteneciente a un ambiente culto y acaudalado.

Radisgundis y Gabino.

Radisgundis y Gabino. / Ignacio Sandoval.

El matrimonio tuvo siete hijos: José Antonio, María Luisa, Gabino, Carlos, Guillermo, José Luis y Fernando. Toda la familia se afincó en Madrid, pero pasaban sus veranos en Somao, donde Gabino padre, antes de morir, le había dejado a su primogénito parte de la finca familiar en la que levantó su villa estival: Villa Radis, terminada de construirse en 1908. Aunque tradicionalmente, se ha considerado una villa indiana, responde, en realidad, a un contexto más próximo al de la burguesía acomodada de comienzos del siglo XX, pues, a pesar de haber usado capital americano, el verdadero indiano había sido su padre. Por lo que tanto Gabino como Radisgundis, hijos de familias enriquecidas en América, ya pertenecían a una segunda generación plenamente integrada en los círculos profesionales y urbanos peninsulares; él, abogado establecido en Madrid y titular de un bufete, representa bien ese tránsito desde la emigración y el capital ultramarino hacia una identidad burguesa consolidada.

Interior de la Galería.

Interior de la Galería. / Arturo García Alonso, propietario actual

Villa Radis, elegante y serena, casi suspendida sobre el terreno, conserva, desde el punto de vista arquitectónico, algunos rasgos asociados a la tipología indiana: la posición dominante sobre el paisaje, con impresionantes vistas hacia la desembocadura del Nalón y la costa cantábrica; el jardín con vegetación exótica; y la voluntad representativa propia de estas residencias. Sin embargo, su lenguaje formal y su concepción remiten, sobre todo, a los modelos residenciales de la arquitectura burguesa de la época. En este sentido, algunos de sus elementos permiten establecer vínculos con los planteamientos del movimiento Arts and Crafts, especialmente en la importancia concedida a la relación entre arquitectura, paisaje y vida doméstica. El jardín de inspiración inglesa, concebido como prolongación natural de la vivienda, junto con la presencia de terrazas y espacios abiertos al entorno, refuerza esa idea de integración entre naturaleza y arquitectura, característica de dicho movimiento. A ello se suma la cuidada organización de los espacios interiores, con salones diferenciados para verano e invierno y una sala de música, que revela una concepción de la vivienda entendida no sólo como símbolo de prestigio social, sino también como escenario de la vida cotidiana y del confort.

Puerta del Salón de Invierno.

Puerta del Salón de Invierno. / Alejandro Braña.

La vivienda se articula en torno a un cuerpo central dominado por una torre-mirador, elemento más característico del inmueble. Este vigía aporta verticalidad, mientras que la balaustrada de su remate introduce una marcada horizontalidad, creando un juego de volúmenes que confiere al conjunto un aire elegante y señorial.

La fachada alterna la piedra noble de los remates ornamentales de ventanas, balcones y balaustradas con revestimientos cerámicos en tono marfil y cenefas borgoña, tan propios del modernismo, corriente en la que las fachadas se concebían como auténticos lienzos donde plasmar el estatus social. La cerámica, utilizada de forma orgánica, refleja la luz y genera un sinfín de juegos cromáticos cuando el sol incide sobre ella.

Frente a otras villas de exuberancia ornamental, en Villa Radis se apostó por una decoración contenida que, aún hoy, gracias a un interior perfectamente conservado, permite apreciar la magnificencia de otra época. Su gran escalera monumental, a la que se accede desde el salón de invierno tras cruzar una magnífica puerta de vidrieras emplomadas de inspiración Art Nouveau, no funciona únicamente como elemento funcional, sino también como símbolo de prestigio y refinamiento. Su desarrollo monumental conduce la mirada del espectador de manera ascendente, acentuando la verticalidad del espacio y otorgando al conjunto una notable sensación escenográfica. La composición simétrica y la amplitud del vestíbulo refuerzan la idea de una arquitectura concebida para impresionar al visitante desde el primer instante, convirtiendo el recorrido interior en una experiencia casi solemne.

José Antonio y María Luisa, hijos de Radisgundis y Gabino en el interior de Villa Radis.

José Antonio y María Luisa, hijos de Radisgundis y Gabino en el interior de Villa Radis. / Ignacio Sandoval.

Tras la cuidada composición exterior y la riqueza de sus espacios interiores, Villa Radís deja entrever también aspectos de la personalidad y las costumbres de su propietaria. La presencia de salones diferenciados para verano e invierno, así como de una sala de música, hablan de una vivienda concebida para vivirla y disfrutarla. En este último espacio debió de ocupar un lugar destacado su piano, hoy desaparecido, pero cuya memoria permite imaginar parte de la vida doméstica de la señora Radis, desarrollada entre aquellas estancias.

Salón de invierno.

Salón de invierno. / Arturo García Alonso, propietario actual.

Radis era una mujer singular, culta y refinada, gran jugadora de cartas y de gustos marcadamente afrancesados, aunque también dada a ciertos cambios de humor, a la impuntualidad y a un carácter no exento de despotismo y excentricidad. Gran aficionada a la ópera, acudía con frecuencia, junto a su marido, al madrileño Teatro Real y, durante los veranos, al Teatro Campoamor, donde disfrutaba de las composiciones de Verdi y Puccini, aunque, adelantada a su tiempo, comenzaba ya a mostrar predilección por Wagner. La ópera constituía entonces mucho más que un espectáculo musical: era un acontecimiento social en el que las joyas, los trajes de gala y el propio hecho de dejarse ver resultaban esenciales para aquella alta burguesía que compartía palco y tertulia con nobles y miembros de la realeza, en unos espacios vedados a las clases populares por el elevado precio de los abonos y localidades. Ese interés por la cultura lo trasladó también a la educación de sus hijos y de su hija, María Luisa, cuya formación estuvo a cargo de las religiosas del Niño Jesús en Madrid, conocidas como las Damas Negras, donde aprendió un francés impecable, acorde con la educación de las señoritas distinguidas de la época, y se familiarizó con la literatura de Flaubert.

Radisgundis y Gabino el día de su boda.

Radisgundis y Gabino el día de su boda. / Ignacio Sandoval

En Villa Radis no había grandes fiestas multitudinarias, sino veladas discretas con un número clauso de amigos, debido al carácter introvertido de Gabino, que prefería la paz de su biblioteca a la ostentación de los grandes fastos y reservaba para ocasiones especiales las cenas y presentaciones en sociedad, pues él siempre fue más de valorar los platos de Mercedes, la guardesa de la casa, con una mano experta en la cocina y un arroz con leche que hacía las delicias de cuántos lo probaban.

Gabino padre y Encarnación Valdés junto a Gabino hijo y su hermano Alfonso.

Gabino padre y Encarnación Valdés junto a Gabino hijo y su hermano Alfonso. / Ignacio Sandoval.

Durante los felices años veinte participaron de una vida desahogada, sostenida por importantes inversiones bursátiles favorecidas por la euforia económica del momento. Sin embargo, el crack de 1929 alteró bruscamente aquella estabilidad y arrastró a la familia hacia una situación de creciente endeudamiento y dificultades económicas. En ese contexto, todas las expectativas se depositaron en María Luisa, cuya unión con José Rodríguez —emigrante asturiano enriquecido en La Habana gracias a sus extensas plantaciones en Pinar del Río— supuso un nuevo punto de inflexión para la familia.

A través de ese matrimonio, el capital procedente de América volvió, una vez más, a convertirse en el revulsivo económico que permitía sostener y recomponer el destino familiar, cerrando así un ciclo que devolvía a los Álvarez al mismo universo indiano del que habían surgido décadas atrás. La propia vida de María Luisa, recogida por Silvia Grijalba en el libro "Contigo aprendí", parece reflejar esa continuidad entre dos mundos: el de la burguesía peninsular y el de la fortuna ultramarina que, generación tras generación, siguió marcando el rumbo de la familia.

Gabino ya en España con su tía Encarnación.

Gabino ya en España con su tía Encarnación. / Ignacio Sandoval.

Radis murió joven, el 27 de enero de 1962 en Alicante, porque su fuerte carácter la llevó a desatender las indicaciones de los médicos. Gabino, en cambio, fue mucho más longevo y falleció el 2 de junio 1978 en Madrid, a los 98 años. Ambos están enterrados en el madrileño cementerio de San Isidro.

Pero, como en efecto, en una vida hay muchas vidas, Villa Radis comenzó una nueva etapa en la primavera de 1988 con la llegada de la familia García Alonso, quienes la han cuidado, restaurado y revestido de nuevo con unas galas profundamente respetuosas con el tiempo y la memoria. Gracias a ello, continúa siendo esa arquitectura escenográfica y elocuente que, desde la sobriedad, sigue mostrando toda su magnificencia.

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