Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Francisco Llera Ramo, nuevo académico de Ciencias Morales y Políticas: "Pedro Sánchez es un riesgo democrático y el PSOE es ya un partido populista"

"Los problemas del rey Juan Carlos, que era el campechano, no fueron por meterse en política, sino por una cuestión de ejemplaridad; la monarquía no puede sobrevivir sin la confianza pública de los ciudadanos y Felipe puso un cordón sanitario", afirma este catedrático emérito de la Universidad del País Vasco nacido en Caravia

FRANCISCO LLERA RAMO, CATEDRATICO DE CIENCIAS POLITICAS. CURSOS DE LA GRANDA

FRANCISCO LLERA RAMO, CATEDRATICO DE CIENCIAS POLITICAS. CURSOS DE LA GRANDA / RICARDO SOLIS / LNE

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Xuan Fernández

Xuan Fernández

Francisco Llera Ramo (Caravia, 1950) ingresó esta semana en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Vive entre Bilbao, Caravia y Madrid, es catedrático emérito de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco, asturianista, «monárquico pragmático» y en su toma de posesión pronunció un discurso sobre la Corona y sus retos en una sociedad que, lamenta, cada vez está más polarizada. Fundador y director del Euskobarómetro, reflexiona en esta entrevista sobre la monarquía, la izquierda y Asturias.

-¿España es un país monárquico?

-España, históricamente, es un país monárquico, no hay ninguna duda. La monarquía, como la cristiandad, forma parte del ADN español. Quien dota de continuidad a la nación es la Corona, con sus idas y venidas. Otra cosa es la forma política que adquiere la Monarquía y los desajustes que sucedieron, tanto en Europa como en España. No es casualidad que España sea la única democracia europea que, habiendo perdido la Monarquía, la recupera y la vincula, precisamente, a su recuperación democrática.

-¿Hay una falta de estudios previos sobre el nivel de aceptación de la Monarquía?

-No, no lo creo. Hay dos planos. Uno es el análisis profundo de lo que significa la monarquía, los sentimientos monárquicos y su aceptación. Otro son los datos de opinión, que pueden ser más superficiales o simples. Datos de opinión tenemos muchos; podrían ser más y mejores, sí. La mayor parte de la opinión pública apoya a la Corona y es crítica cuando tiene que serlo, como ocurrió en la parte final del reinado de Juan Carlos. La Corona no es una institución electiva, no se vota; se sostiene por la confianza permanente de la ciudadanía. Ese vínculo entre la Corona y los ciudadanos es fundamental. Hay muchos tipos de monarquía. Las más estables son las siete monarquías europeas, que son democracias parlamentarias. Es una especie de «monarquía republicana», diferente a otros modelos

-Sostiene que una monarquía parlamentaria puede ser la mejor garantía ante la recesión democrática, ¿pero la monarquía es democrática en sí misma?

-¿Por qué no iba a serlo? ¿Porque no se vota? La mayor parte de las democracias, en los rankings de evaluación institucional, están por debajo de las monarquías parlamentarias. En los primeros puestos aparecen unas treinta democracias que cumplen todos los estándares. Tenemos grandes democracias republicanas y, sin embargo, padecen serios problemas de regresión democrática. La monarquía será democrática si tiene legitimación social o confianza ciudadana; eso es lo que le dota de condición democrática. La democracia no es únicamente un plebiscito en una urna. Eso puede hacerse de forma cotidiana. La Corona y la monarquía viven en un plebiscito permanente: tienen la exigencia de estar a pie de calle. Cuando la ciudadanía compara a la monarquía con el resto de las instituciones es cuando le otorga valor. Hay que tener cuidado: las urnas las carga el diablo.

-¿Ser demócrata implica ser conservador?

-Absolutamente no, pero nada es blanco o negro. Es lógico que el sentimiento monárquico tradicional y más adulto tenga mucho que ver con la tradición; tiene un componente tradicionalista en el buen sentido de la palabra. Pasa lo mismo con la religión, que es conservadora de unos principios y de una tradición.

-¿Se puede ser de izquierdas y ser monárquico?

-Sí, y también ser de izquierdas y totalmente totalitario. El 40% de las repúblicas son autoritarias. Ser de izquierdas y ser monárquico no es incompatible.

-Da la sensación de que la izquierda no se identifica mucho con la monarquía...

-Sí, pero allá ellos. Es un sesgo algo trasnochado identificar izquierda con republicanismo y derecha con monarquía. Es un maniqueísmo fuera de lugar.

-En España ha gobernado más tiempo el PSOE, un partido con preferencias republicanas, pero que ha convivido con la Monarquía. ¿Qué le dice eso?

-El PSOE tiene cuatro días en la historia de España. En el PSOE hubo dos almas: una más rupturista y otra más pragmática. A partir de la Constitución, que se hace sobre la base de la reconciliación nacional y de acabar con las dos Españas, todos cedieron para buscar la manera más pragmática de consolidar una democracia de la mano de la monarquía. Eso no significa hacerse monárquico. No renuncias a tus raíces republicanas, pero por pragmatismo aceptas la monarquía. Eso pasó en toda Europa. En España no solo lo hizo el PSOE; también Santiago Carrillo, con el Partido Comunista. La democracia no se improvisó ni la dejó Franco hecha. Eso es una falacia.

-¿Se asocia más a la derecha con la Monarquía?

-Es así y es un sesgo histórico reciente. Son tendencias. Es una lectura populista y simplista, aunque tiene ciertas razones y algún fundamento histórico. Lo que no puede permitirse la monarquía es caer en manos de ningún bando. La monarquía, durante los dos últimos siglos, fue instrumentalizada y cayó en manos de determinadas élites.

-¿Pasa lo mismo ahora?

-No, absolutamente no. Los problemas del rey Juan Carlos no fueron por meterse en política, sino por una cuestión de ejemplaridad, y eso es fundamental. La cuestión ética es esencial. El nivel de exigencia de la Corona es superior al de los políticos. Lo que le exigimos al Rey no se lo aplicamos al presidente del Gobierno, porque a este lo podemos quitar y poner. Al Rey le exigimos que su listón sea incomparable y por eso valoramos más a la institución que a ninguna otra. Los partidos son los últimos de la fila en valoración ciudadana. Eso está en la calle.

-¿La monarquía llegó a estar en riesgo por los escándalos del Emérito?

-No institucionalmente, pero no puede vivir sin la confianza pública de los ciudadanos. En el momento en que la pierde no se desmorona de repente, pero la erosión es brutal. Se corrigió rápido con la abdicación y con lo que hizo su hijo, que le puso un cordón sanitario. No creo que fuese una decisión fácil, lo que indica su nivel de exigencia ética. Él se lo exige a sí mismo porque es un factor de confianza.

-¿Qué pasaría Juan Carlos si volviese a vivir en España?

-Llegará un momento en el que deje de ser un problema y se pueda normalizar. El rey Juan Carlos tiró por la borda gran parte de su autoridad moral. Era el rey campechano y, en cierto modo, el rey republicano. Tenía ese elemento. Él derrochó esa autoridad y eso requiere mantener cierta distancia.

-¿Felipe VI se parece a su padre?

-Cada uno tiene su personalidad. Hay quien dice, simplificando, que Felipe no parece un Borbón. Puede parecer más distante, pero no es así. La cercanía que tenía el rey Juan Carlos era muy especial; a Felipe le cuesta más, aunque cada vez lo está consiguiendo con los años. En todas las familias pasa lo mismo. Se dice que Felipe se parece más a su madre y puede que sea verdad. Además, se casó con una plebeya y eso es una novedad. Quizá no se perciba tanto en el papel que desempeña el monarca, pero sí en la educación de sus hijas y en el papel de la futura Reina.

-¿Cómo debe ser Leonor?

-La expectativa es tan abrumadora como positiva. Todavía no la hemos visto desplegarse plenamente. Está saliendo de su etapa formativa, pero tendrá que entrar en la vida adulta, ejercer funciones institucionales, elegir pareja y formar una familia.

-¿Es usted monárquico?

-Soy un monárquico pragmático, al estilo de Melquíades Álvarez, que fue republicano. Acepto la monarquía en determinadas condiciones, que es lo que ha ocurrido en toda Europa. Estados Unidos es una gran república, pero fijémonos en cómo está. Y la otra gran república es Francia. Son sistemas que se forjan y nacen en la independencia de los imperios.

-¿Cómo define Asturias respecto a la Monarquía?

-A grandes trazos, en una pintura necesariamente burda, estamos en el origen de los reinos cristianos. Es interesante ver cómo se despliega el Reino de Asturias hacia el sur, pero no solamente; también hacia Galicia, el País Vasco y Navarra. El Camino de Santiago es la estrategia de Alfonso II. Es un gran invento geopolítico del que no somos suficientemente conscientes. Ese núcleo simbólico de Asturias se proyectó también en la figura del heredero de la Corona, que es el Príncipe o la Princesa de Asturias. Algo así te vincula necesariamente con la institución; es algo simbólico. Y qué casualidad que las élites reformistas españolas fueron, en gran medida, élites asturianas. Ahora se habla del lobby asturiano en Madrid, pero ya existió en su momento y contribuyó decisivamente a la modernización de España. No es grandonismo ni supremacismo, porque otros territorios también tuvieron figuras similares. Jovellanos es un gran ejemplo, pero también lo fue, durante la Transición, Torcuato Fernández-Miranda. Una vez más Asturias y Gijón. Y no nos olvidemos del 25 de mayo, donde no solo actuó una élite minoritaria, sino que también empujó el pueblo. Hubo una élite asturiana con un papel muy relevante.

-¿Los Premios Princesa de Asturias acercaron a la gente a la institución?

-Evidentemente. Prueba de ello es que posteriormente se impulsaron también los Premios Princesa de Girona. Sirvieron como puente. Fue una gran estrategia y un acierto evidente de quien los impulsó. El Premio al Pueblo Ejemplar es otro acierto pleno. Esa competencia sana para ver quién lo hace mejor ayuda a recuperar el tejido social.

-¿Veremos la oficialidad del asturiano?

-Es cuestión de tiempo. Solo necesitamos eso, tiempo. Lo tuvimos al alcance de la mano hace poco y llegará en su momento. Veo un florecimiento impresionante entre la juventud. Basta con observar las redes sociales. Hay una gran evolución cultural de todo tipo y una parte muy importante se expresa en asturiano. Yo lo veo continuamente, lo observo todos los días. Nos falta alguien desde la Universidad que nos ayude a medir y analizar bien ese fenómeno.

-¿Nota la polarización política en su día a día?

-Lo notamos cada día. Cuando hablamos de un escándalo hay una toma de posiciones cerrada. Es dividir el mundo entre buenos y malos. Lo dijo Pedro Sánchez en la sede del Congreso: «Hay que levantar un muro; estos no pueden gobernar». ¿Por qué hay que hacerlo? Defienda usted que su opción es la mejor. Eso es polarizar y demonizar al adversario. A diferencia de lo que ocurría en otros países europeos, hasta 2015 teníamos partidos muy polarizados y ciudadanos moderados. Ahora la polarización se ha extendido mucho más.

-¿Por qué se habla tanto de ETA?

-Porque no se enterró bien, no se cerró bien. Se utilizó políticamente el final de ETA cuando se había planteado como un producto del consenso y del pacto antiterrorista. Zapatero quebró aquello e intentó sacar rédito político. Utilizó atajos y rebajó determinadas exigencias éticas. Los terroristas nunca se han arrepentido. Siguen celebrando lo que hicieron cuando deberían pedir perdón a las víctimas y reconocer que aquello estuvo mal. ETA está mal enterrada porque nunca hubo una asunción plena de la responsabilidad moral por parte de quienes la apoyaron o justificaron.

-¿Bajarán los decibelios en la vida política?

-Difícil. Al Papa le aplaudieron muchísimo y, sin embargo, la siguiente sesión del Congreso daba vergüenza ajena. No nos merecemos la clase política que tenemos, aunque también somos responsables de ella. Cuando un presidente del Gobierno dice que puede gobernar sin Parlamento... ¿qué clase de democracia es esa? Es una afirmación muy grave.

-¿Qué representa Pedro Sánchez?

-Pedro Sánchez representa un riesgo democrático. Forma parte de esa dinámica de degradación que observamos en buena parte del mundo occidental. Es una evidencia. Con Sánchez acabará ocurriendo algo parecido a lo que sucedió con Zapatero. Durante un tiempo fue una referencia para muchos. ¿Lo sigue siendo hoy? Probablemente no. Algo parecido ocurrirá. El PSOE ya no es un partido socialdemócrata clásico; es un partido claramente populista, que se ha dejado seducir e infiltrar por una agenda que en gran medida fue la de Podemos en 2015. Esperemos que el PP no haga lo mismo con Vox, porque sería el fin de ambos.

Tracking Pixel Contents