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El mundialista volador: el diario de un asturmexicano siguiendo a la selección española (y luciendo los colores del Sporting)

Un Mundial fuera de Europa cambia la perspectiva: todo es más global, más abierto, más diverso. Aficiones de todo el mundo compartiendo espacio: Estados Unidos, México, España, Cabo Verde y otros países mezclados en las gradas

Diego Álvarez Bada, con el poncho del Sporting delante del estadio de Atlanta.

Diego Álvarez Bada, con el poncho del Sporting delante del estadio de Atlanta.

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Diego Álvarez Bada

Diego Álvarez Bada

Diego Álvarez Bada trabaja como sobrecargo de aviación en la línea bandera de México. Es fundador y presidente de la peña "La villa de Quini", la primera y la única peña sportinguista oficial en México y fuera de España. Hasta diez veces al año vuela a España para ver los partidos del Sporting.

Este Mundial no empieza cuando el árbitro pita el primer partido. Empieza mucho antes. Empieza en los aeropuertos, en las escalas, en los vuelos que se encadenan uno tras otro y en las ciudades que se van transformando lentamente para recibir el evento.

En mi caso, este Mundial también ha sido eso: trabajo, aviación, traslados constantes y una Ciudad de México que ha vivido un año entero de obras, reformas y cambios alrededor de la ciudad y el aeropuerto. Para quienes vivimos o transitamos de forma habitual por allí, ha sido un año pesado, con desplazamientos complicados, tiempos más largos de lo normal y una sensación constante de adaptación forzada a un entorno que estaba preparándose para algo grande.

Pero ese “algo grande” ya está aquí.

Diego Álvarez Bada en el encuentro entre Estados Unidos y Paraguay.

Diego Álvarez Bada en el encuentro entre Estados Unidos y Paraguay. / .

La inauguración en el Estadio Azteca marcó el inicio del torneo. México, como era de esperar, respondió con su propia identidad futbolera: pasión, intensidad y un ambiente que solo se entiende estando allí. El 2-0 ante Sudáfrica fue más que un resultado; fue una declaración de intenciones del país anfitrión, que lleva este Mundial como el más futbolero de los tres organizadores.

Y a partir de ahí, el torneo empezó a desplegarse por diferentes ciudades.

Casualidades de la vida, me tocó viajar a Guadalajara ese día y tuve la oportunidad de recibir una invitación al partido y asistir al Corea del Sur–República Checa. Un partido que dejó muy buenas sensaciones, con remontada incluida y un ambiente curioso: con un apoyo muy fuerte hacia Corea, muy influido por la buena acogida de la cultura coreana en México. Fue una de esas experiencias que te recuerdan que cada sede tiene su propia forma de vivir el fútbol.

Para mayor casualidad, al día siguiente tenía que volar a Los Ángeles y pude y de última hora, comprar una entrada a un precio alto, pero razonable dentro del contexto y los precios que se manejaban antes del partido para el debut de la principal anfitriona, Estados Unidos, ante Paraguay. Un 4-1 contundente. Un partido donde los norteamericanos se vieron realmente muy potentes. Más allá del resultado, lo significativo fue el ambiente: Estados Unidos viviendo su Mundial, con una afición que empieza a integrarse de verdad en el fútbol internacional, dejando claro que el “soccer” ya no es algo secundario. Incluso con nombres conocidos en el rival, como Tony Sanabria, con pasado en el Sporting de Gijón, el partido tenía ese punto de conexión personal inevitable.

El presidente de la peña La Villa de Quini antes del comienzo de un encuentro de la selección española.

El presidente de la peña La Villa de Quini antes del comienzo de un encuentro de la selección española. / .

Y entre todo eso, también está la otra parte del Mundial: la logística.

Los precios de las entradas, especialmente en México, han sido un tema polémico. No es sencillo moverse en este torneo sin notar que estamos ante un evento de escala global también en lo económico. Aun así, el esfuerzo por estar presente compensa cualquier dificultad.

Después llegó Atlanta.

Un viaje complicado, con escala en Houston, retrasos por mal tiempo y una llegada ya de madrugada, cuando la idea inicial era poder conocer la ciudad con algo de calma antes del partido. No fue posible. El Mundial, como siempre, no espera.

Dormir apenas unas horas y volver a levantarse temprano para el partido. El estadio techado de Atlanta me pareció uno de los mejores estadios que he visto en todas mis experiencias futbolísticas. Y el ambiente previo también fue una de las cosas más importantes de este Mundial: la diversidad.

Aficiones de todo el mundo compartiendo espacio. Estados Unidos, México, España, Cabo Verde y otros países mezclados en las gradas. Un Mundial fuera de Europa cambia la perspectiva: todo es más global, más abierto, más diverso.

Álvarez Bada en el encuentro entre Corea y la República Checa.

Álvarez Bada en el encuentro entre Corea y la República Checa. / .

En el partido de España también pude percibir cierta presencia de aficionados del Sporting de Gijón. Se veían camisetas del Real Madrid, del Barcelona y del Atlético de Madrid, pero las únicas otras que camisetas que vi dentro y en los alrededores del estadio eran del Sporting. Al acercarme a ellos pude comprobar que se trataba de miembros de la peña hermana Quini de Barcelona, peñistas del Sporting que se encontraban allí representando al club con el mismo orgullo de siempre.

España partía como gran favorita.

Y se reflejaba: mayoría clara en las gradas, alrededor de un 95 % del estadio teñido de rojo. Pero en medio de eso, Cabo Verde sorprendía. No por número, sino por presencia. Una afición pequeña, pero muy ruidosa, muy unida, muy reconocible.

El partido, sin embargo, no fue el esperado. Cabo Verde planteó un encuentro exactamente como debía hacerlo: bloque bajo, orden táctico absoluto, líneas juntas y cero espacios. Un planteamiento que España ya había sufrido en otros Mundiales recientes, ante rivales como Irán, Marruecos o Japón, donde el problema no es el talento del rival, sino la dificultad de romper estructuras muy cerradas.

España no encontró soluciones. Salió sin extremos puros, sin desequilibrio claro por banda. Con jugadores importantes que venían de lesiones largas, como Lamine Yamal y Nico, que llegaban uno de los mejores estadios que he visto en todas mis experiencias futbolísticas. Lamine entró en el 70, demasiado tarde para cambiar el ritmo del partido. Dani Olmo y Nico tuvieron también una participación con pocos minutos.

Los cambios llegaron tarde. El equipo no ajustó a tiempo. El juego se volvió previsible, sin claridad en los últimos metros. Cabo Verde, mientras tanto, crecía en confianza.

Y apareció la figura del partido: su portero. su portero, Vozinha, de 40 años, guardameta del Chaves, un equipo de media tabla de la segunda división portuguesa. Salvando las distancias, y poniendo un ejemplo cercano, es como si en un equipo de perfil menor dentro que Sporting, por debajo de los grandes focos habituales, su portero acabara siendo la gran estrella del encuentro ante una selección como España en un Mundial.

Una actuación sobresaliente, de esas que sostienen resultados históricos. Cada parada tenía el peso de una clasificación emocional para su país. Porque para Cabo Verde, este empate no es solo un punto: es un momento histórico. Para España, en cambio, es un aviso.

El Mundial no iba a ser sencillo. Ni lo es ahora, ni lo será más adelante. El nuevo formato con más selecciones no implica partidos fáciles, sino más escenarios incómodos, más equipos ordenados y más partidos cerrados.

El empate deja sensación de que no será tan fácil como se pensaba, por lo menos en la primera ronda. España tenía el control del contexto, del estadio, del balón, pero no seguridad ni confianza.

A pesar del resultado, lo vivido fuera del campo después del partido fue completamente distinto.

Al terminar el encuentro, el ambiente era festivo. Cabo Verde celebrando como si hubiera ganado —porque para ellos lo es— y España asimilando el empate sin dramatismo. Y entre ambos, una mezcla de aficiones compartiendo el momento, cantando, haciéndose fotos y vídeos, viviendo el Mundial como lo que es: un encuentro entre culturas.

Y ahí aparece lo personal. Porque en este viaje no solo se representa a una selección. También se lleva algo más. En mi caso, además de la camiseta de España, estaban Asturias y Gijón presentes. Banderas del Sporting, símbolos de identidad que viajan siempre conmigo. Porque incluso en un escenario global como este, uno no deja de ser de donde es.

Álvarez Bada ante el estadio de Atlanta.

Álvarez Bada ante el estadio de Atlanta. / .

La peña Villa de Quini también está ahí, de alguna forma, en cada estadio, en cada crónica, en cada viaje. Y eso convierte este Mundial en algo más que fútbol de selecciones.

Ahora toca Arabia. Un partido que ya empieza a tener sensación de eliminatoria directa. Porque en este Mundial, desde el primer día, nadie regala nada.

Y quizá esa sea la gran lección de todo esto: que los Mundiales no se entienden desde la comodidad, sino desde el camino. Desde los aeropuertos, desde las obras, desde los viajes largos… y desde las gradas donde uno también se reencuentra con su propia historia.

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