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El Mundial en México del sportinguista volador: "Es una locura, una fiesta que no necesita estadio"

La competición futbolística está en todos, gente de todos lados se mezcla mezclada en las calles y en los campos: el Mundial que se siente global de verdad en México. No ordenado, no controlado, vivo

Seguidores de la selección mexicana en el último encuentro contra la selección de Sudáfrica.

Seguidores de la selección mexicana en el último encuentro contra la selección de Sudáfrica. / Mario Guzmán/Efe

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Diego Álvarez Bada

Diego Álvarez Bada

Diego Álvarez Bada trabaja como sobrecargo de aviación en la línea bandera de México. Es fundador y presidente de la peña "La villa de Quini", la primera y la única peña sportinguista oficial en México y fuera de España. Hasta diez veces al año vuela a España para ver los partidos del Sporting.

Yo ahora estoy en Estados Unidos, entre Atlanta, Memphis y Nashville, pero la verdad es que el Mundial que más estoy sintiendo no es el de aquí… es el de México. Y me llega por todos lados: por lo que veo, por lo que me cuentan, por lo que veo en las noticias y redes sociales, y por lo que se está viviendo allá.

Y lo que está pasando en México es una locura. Allá el Mundial no es solo fútbol. Es la vida diaria. Los boletos están imposibles, carísimos, fuera del alcance de muchísima gente. Pero eso no ha frenado nada. Al contrario. La gente se ha ido a la calle. Fanfests llenos, plazas llenas, cantinas reventadas, bares, restaurantes, centros de eventos… todo.

Y cuando juega México, el país se para.

No es una forma de decirlo. Se para de verdad. Hay muchísimo tráfico en el día, pero previo al partido todo desaparece. No hay ritmo normal de ciudad. La gente deja el trabajo, se organiza todo alrededor del juego. Es como si el país entero respirara al mismo tiempo durante 90 minutos.

Y luego viene lo más fuerte. Termina el partido… y todo explota.

Paseo de la Reforma (principal avenida de la capital) convertido en un río de gente. Guadalajara igual, la Minerva llena, todo el mundo en la calle como si fuera una final. Entre semana, da igual. Si gana México, da igual el día que sea.

Es una fiesta que no necesita estadio.

Eso es lo que más me está llamando la atención desde lejos: que el Mundial en México no depende de entrar o no entrar. Es que está en todos lados.

Y además está el ambiente con la gente que ha venido de fuera. Corea, República Checa, Sudáfrica, Suecia, Túnez, Colombia, Uzbekistán y otros países que se acercan por lo que hay aquí… gente de todos lados mezclada en las calles. No solo en los estadios, también fuera. Es un Mundial que se siente global de verdad en México. No ordenado, no controlado… sino vivo.

Y lo curioso es que el fútbol de México tampoco ha sido brillante. Ha ganado a Corea, ha competido, pero no ha enamorado. Y aun así la ciudad está desbordada. Dos victorias y ya parece que el país está como si fuera campeón del mundo. Y no sé hasta dónde puede llegar esto si por fin el Tri es capaz de superar ese muro de octavos de final que lleva desde 1986. Porque si ahora ya está así, imagínate si se logra… o más allá. Sería una locura total (pensar cosas chingonas).

A mí lo que me transmite es que en México el fútbol no es racional. Es emocional puro. No depende de cómo juegues, sino de lo que estás viviendo en ese momento. Y todo esto me llega mientras yo estoy aquí en Estados Unidos, moviéndome por el sureste de la Unión Americana.

Diego Álvarez Bada en Graceland, en Memphis (EEUU)

Diego Álvarez Bada en Graceland, en Memphis (EEUU) / .

Pasando la semana entre los partidos de la Roja, aproveché para conocer los alrededores. Empezando por Memphis, una ciudad más tranquila, casi con sensación de pueblo grande. Muy marcada por la música, por el blues, y sobre todo por Graceland, la casa de Elvis Presley. Es una ciudad interesante, pero el Mundial ahí prácticamente no existe.

Nashville es distinto. Nashville, desde donde viví al calor de la música country la victoria de México ante Corea, con música en directo en cada esquina, bares llenos, gente en la calle, un ambiente mucho más vivo. No es sede del Mundial, pero sí se nota algo más de movimiento, más mezcla de gente, más turistas futboleros. Incluso se ha visto por aquí algo de ambiente mundialista porque España está concentrada relativamente cerca, en Chattanooga.

Pero aun así, el contraste es enorme. Porque lo de México es otra cosa. Allí el Mundial no es un evento. Es un estado del país. Y mientras tanto, aquí en Estados Unidos el torneo se vive más repartido, más tranquilo, más por ciudades. Y en medio de todo esto, empiezas a darte cuenta de otra cosa: que este Mundial no es nada fácil.

Con 48 selecciones parecía que iba a haber partidos cómodos, pero no. Es todo lo contrario. Ya no hay rivales sencillos. Ya no hay partidos controlados. Todo está más igualado de lo que parecía. Y eso también se está viendo desde el inicio.

Pero lo que más me queda, lo que más me está llegando desde lejos, es México. Ese Mundial que no cabe en los estadios. Ese Mundial que está en la calle, en la gente, en el ruido, en la fiesta. Ese Mundial que no necesitas ver… porque lo escuchas aunque estés a miles de kilómetros.

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