Una asturiana en el epicentro del terremoto de Venezuela: saqueos en el "desespero" de La Guaira, muertos, gente gritando el nombre de sus desaparecidos
Arantxa Villar, nieta de llaniscos de Porrúa, acudió a la playa con dos amigas en un día de fiesta y los dos terremotos la pillaron en la playa: "La arena saltaba, era impresionante el ruido bajo el piso, era como si se hubiera encendido un motor. No podías aguantarte de pie"

Por la izquierda Dali López. Arantxa Villar y Julieta Wills, en un selfie que se tomaron poco antes del terremoto.
La venezolana Arancha Villar Tarazona tiene 23 años, es nieta de asturianos de Porrúa (Llanes). Estudia cuarto curso de Odontología, pero como estos días son feriados (festivos) en Venezuela bajó desde Caracas a La Guaira para disfrutar de la playa. Y allí, en la zona más castigadas por los dos terremotos que ha sumido el norte de Venezuela en la destrucción, vivió en carne propia la fuerza con la que la Tierra puede golpear al ser humano. Su relato, por lo bien contado, merece ser transcrito en su integridad:
“El día de ayer (por el miércoles) era feriado acá, feriado nacional en el país. 24 de junio, se celebraba el aniversario de la batalla de Carabobo. Salí de la universidad el martes con dos amigas, Julieta Wills y Dali López, y nos fuimos a La Guaira, a la playa que queda como a 45 minutos acá de Caracas. Fuimos a un club de playa, el Playa Azul, nos quedamos ahí en la noche y estuvimos todo el miércoles en la playa disfrutando. Cuando ya era la tardecer, a eso de las seis de la tarde, estábamos comiendo en la orilla justo con los pies en el agua. Empezó a temblar y eso fue escalando hasta que nos dimos cuenta que era un terremoto”.
“Yo estaba bastante asustada por el mar. Nunca había vivido un terremoto la costa y lo que más me fijaba era en el mar. Pero el mar, sorpresivamente, nunca cambió, nunca se retiró, nunca tuvo un oleaje más fuerte, siempre se mantuvo igual. Desde donde yo estaba podía ver un rompeolas, un malecón. O sea, esas piedras que salen al mar y cortan el oleaje. Lo tenía enfrente y podía ver que cómo el rompeolas subía y yo bajaba. Después yo subía y él bajaba. Una de mis amigas tuvo una reacción un poco más alarmante. Había vivido experiencias no tan buenas en México y le dio un ataque de pánico. Se paralizó. Cuando me levanté para ayudarla no me pude mantener de pie. Tuve que volver a sentarme por el movimiento tan fuerte que había. La arena saltaba como si le hubieran puesto debajo un reproductor de música o una corneta (altavoz). Lo más impresionante fue el ruido que hacía el piso. Era como un motor debajo de ti, como que si estuviera prendido un motor”.
“Cuando comenzó el temblor, nos dimos cuenta que no teníamos señal en los teléfonos. Se había ido la electricidad en el club donde estábamos. Nada, tocaba esperar. Nos reunimos con la gente que estaba en el club. Se escuchaba el escándalo en la calle, la gente corriendo, el desespero. Nosotros estábamos adentro, reunidos, tranquilos, esperando a ver si llegaba la señal (cobertura) o la electricidad. No llegó. Pasamos prácticamente todo el tiempo sentadas en la arena esperando a tener más noticias. Obviamente éramos tres jóvenes que no pensábamos agarrar el carro de vuelta a Caracas, porque hay que pasar por viaductos y montañas, y no íbamos a tomar el riesgo sino había señal de teléfono”.

La foto que se tomaron las amigas, instantes antes que se desatasen los terremotos. / A.V.
“Estuvimos toda la noche sentadas afuera, en la playa. Mi amiga tiene el departamento en un piso diez del edificio, pero no nos sentíamos muy confiadas de esperar arriba, porque además toda la noche siguió temblando. Toda la noche hubo réplicas. Era como si pasara por debajo de ti el metro, sentías como una ráfaga”.
“Como a medianoche llegó el padre de mi amiga. Bajó en moto hasta La Guaira, porque por supuesto no había paso en carro de afectadas que estaban las calles y por los escombros y los edificios que habían caído. Pero el padre de mi amiga logró pasar en moto. Le costó bastante: se cayó, se llevó cables, fue bastante difícil llegar. Pero llegó porque obviamente no tenían conexión con nosotras y querían saber que estuviéramos bien. Volvimos esta mañana muy temprano (en la tarde ya en España). El padre de mi amiga subió de nuevo a Caracas a avisar a todo el mundo de que estábamos bien y volvió a las cinco de la mañana en su camioneta a buscarnos".
“Donde estábamos nosotras, te digo que era una burbuja bastante privilegiada porque no hubo un gran suceso, nada más el temblor. Pero al momento de salir, vimos que de cada dos edificios había uno hecho escombros completamente. Vimos a la gente en la calle, los supermercados siendo saqueados, la gente metiéndose a sacar cosas, comida, desesperados. Vimos gente gritando en la calle los nombres de las personas que buscaban, gente descalza, gente sucia, gente tirada en el piso con colchones, durmiendo en la calle porque, claro, nadie quería dormir dentro de las casas o de los edificios. Las habitaciones estaban por la acera. Había hasta fallecidos en los derrumbes, se podían ver. Yo iba en el carro de mi amiga, un carro bastante pequeño, y con la camioneta del papá atrás. Los carros pasaban, pero muy lentico, porque lograron resolver algunos pasos que no estaban cortados por árboles o postes de electricidad”.
“Ahora las tres estamos en shock. No lo creemos. Creo que si no hubiésemos visto lo que vimos al salir de allí, seguiríamos sin creerlo, la verdad”.
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