Luis García Montero, director del Instituto Cervantes: "Lamento que algunas dinámicas de izquierdas caigan en la trampa del fanatismo ruidoso"
"Si alguna vez la inteligencia artificial hace buena literatura estaré encantado, pero todavía no he leído un buen poema escrito por las máquinas", afirma el catedrático de Literatura Española

Luis García Montero, en una imagen tomada en Roma
Luis García Montero (Granada, 1958), creció en la ciudad impregnada por la obra de Federico García Lorca. Estudió Filosofía y Letras y se doctoró con una tesis sobre Gabriel Celaya. En las aulas universitarias comenzó su militancia en el Partido Comunista de España durante la Transición. Desde 2018 es el director del Instituto Cervantes y el viernes, 10 de julio, hablará de cultura y compromiso en el Club LA NUEVA ESPAÑA, acompañado por su gran amigo, el político Gaspar Llamazares.
Usted ha defendido durante décadas la idea de una "poesía de la experiencia". En una sociedad dominada por la inmediatez, las redes sociales y la fragmentación del discurso. ¿Esa propuesta poética sigue siendo una forma de resistencia o se ha convertido, en un nuevo canon que también corre el riesgo de agotarse?
La poesía de la experiencia se fundó en conceptos que elaboraron algunos maestros de la poesía de los años 50, como Jaime Gil de Biedma y Ángel González. Además de un esfuerzo de comunicación, la poesía era una apuesta de conocimiento, un modo de meditar sobre las experiencias individuales y colectivas para entender sus razones últimas, sus motivos profundos. En una época de prisas, cuando las redes invitan al decir sin pensar y a los populismos apresurados, me gusta defender que la poesía es un ejercicio de conciencia, una manera de preguntarse qué decimos al decir soy yo o a qué responde un sentimiento. Escribir poesía no es hacer culturalismo, ni inventarse un lenguaje diferente al de una comunidad, sino el tratamiento personal y pensado de la lengua común. Ya lo dijo el maestro de Ángel González, Antonio Machado, la poesía no habla de "los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa", sino de "lo que pasa en la calle". Y está bien en estos tiempos mantener abierta esa tradición.
Como director del Instituto Cervantes representa institucionalmente a la lengua española, también es un poeta acostumbrado a cuestionar los discursos oficiales. ¿Cómo conviven en una misma persona el creador que desconfía del poder y el responsable de una institución del Estado? ¿Ha sentido alguna vez que uno limita al otro?
Mi compromiso político nunca me invitó a desconfiar del poder en abstracto, sino a desconfiar de los usos del poder que hacen los discursos autoritarios. Los que pensamos en la política como una reivindicación de las sociedades libres, creemos en el poder de un Estado que asegure la libertad y la igualdad en una democracia social dentro de la mejor tradición ilustrada. Hoy el pensamiento reaccionario está muy interesado en que desconfiemos de la política, de las instituciones, porque quiere convertir la libertad en la ley del más fuerte. Así que mi compromiso político se lleva muy bien con las instituciones que creen en la cultura, en el respeto a la igualdad y en los valores de un poder democrático. Me gusta que el Instituto Cervantes defienda el valor del español y al mismo tiempo respete la diversidad lingüística sin ninguna tentación de convertir en imperialismo una lengua mayoritaria. Y me gusta que busque valores culturales que apoyen la igualdad entre hombres y mujeres, o el respeto a la diversidad que late en la poesía de Lorca, Cernuda o Gloria Fuertes.
Su biografía está atravesada por la política, desde su militancia comunista hasta la gestión cultural. ¿La izquierda española ha sabido construir un relato cultural sólido o ha cedido demasiado terreno a las batallas de la comunicación y la polarización?
Empecé a militar en los años 70, como estudiante. Se acaba de cumplir el cincuentenario del primer homenaje que se le pudo dedicar a García Lorca en Granada, en Fuente Vaqueros, después de su asesinato. Era 1976. El entonces ministro Fraga Iribarne nos dejó sólo media hora de homenaje, antes de ordenarle a la policía que disolviera el acto. Allí conocí a Blas de Otero y poco después regresó Rafael Alberti del exilio para participar en las primeras elecciones democráticas. Se fue con el puño cerrado y volvió con la mano abierta. Así lo dijo.
¿Se agota el gobierno de coalición que aglutina a las izquierdas?
La izquierda debe buscar el mejor modo de defender sus valores. Yo tengo todavía el carné de Izquierda Unida. Mi militancia política más activa se identificó con figuras como Gaspar Llamazares, que ha sabido mantener ideas progresistas y matices diversos, distintos a los del PSOE, pero sin convertirse por soberbia y ganas de llamar la atención en un aliado estratégico de la derecha. Celebro que, en vez de un PSOE cercano al PP, las circunstancias hayan facilitado en los últimos años un gobierno de coalición en la izquierda. Mucho del ruido actual se debe a la estrategia de la derecha, que quiere ocultar muchas de las cosas que ha conseguido este Gobierno de coalición. La realidad española podría ser mejor, pero está mejor que nunca y defendiéndose de circunstancias neoliberales muy hostiles. La polarización no se debe a la política del Gobierno, sino a las estrategias de una derecha crispada que quiere volver al poder por medio de bulos y fanatismo. Y sí, es verdad, siento que algunas dinámicas que se llaman de izquierdas caigan en la trampa de los fanatismos ruidosos.
Tras la muerte de Almudena Grandes, se percibe en su poesía una transformación del dolor privado en memoria colectiva. ¿Existe un límite ético entre convertir una experiencia íntima en literatura y convertirla en patrimonio emocional de los lectores?
Algo que me enseñó la poesía, junto a la necesidad de ser dueño de la propia conciencia, fue la necesidad de asumir que los sentimientos son históricos. Pertenecemos a una educación sentimental y transformar la historia supone transformar los sentimientos, ¿qué digo cuando digo soy yo?, ¿qué digo cuando digo te quiero? Por eso la poesía amorosa forma parte de mi compromiso ético desde los años 70. Luchar por la democracia no era sólo querer votar, era también intentar que mi pareja y mis hijas no sufrieran el machismo que vivió mi madre en la sociedad franquista. El pensamiento democrático tiene que ver con la palabra "nosotros". Y por eso el amor, el deseo de formar un nosotros basado en el respeto y la convivencia del amor, se carga de sentido. Frente a la prepotencia individualista, el amor nos recuerda la necesidad de cuidar y ser cuidados. Cuando murió Almudena, se partió en mí la palabra nosotros y le pedí a la poesía que me ayudase a interpretar lo que me ocurría. Hay que huir del impudor y la cursilería, dos enemigos del poeta, pero no puede olvidarse la ética del nosotros que se da en las historias poéticas de amor, desde Garcilaso hasta nuestros días.
En una época en la que proliferan discursos que cuestionan el valor de las humanidades, ¿le preocupa más que se lea menos poesía o que se pierda la capacidad de leer críticamente cualquier tipo de texto?
La poesía representa un modo de entender la cultura que se parece mucho a la buena narrativa, al ensayo o al teatro. El peligro está en separar la cultura del pensamiento crítico, convirtiendo la comunicación artística en una sociedad del entretenimiento y el espectáculo. Se favorece por igual la venta numerosa de muchas novelas superficiales y los espectáculos basados en el entretenimiento más simplón. El consumismo intenta romper los lazos que hay entre progreso y conocimiento. Para que el progreso esté al servicio del bienestar humano, y no al servicio de los negociantes y especuladores, debemos intentar que ciencia, técnica y humanidades caminen de la mano. La poesía me enseñar a distinguir entre el desarrollismo y el progreso, entre la comunicación falsificadora y la información, entre las algarabías y la cultura.
¿Hay alguna actuación o reacción que hoy haría de otra manera?
El compromiso ético supone no esconderse. El deseo de pasar desapercibido te hace cómplice de aquello que consideras injusto. La historia de la literatura que yo he seguido desde Ovidio a García Lorca, pasando por Jovellanos, está protagonizada por escritores que no aceptaron la cobardía y se enfrentaron a los que intentaban callarlos. La sonrisa de los sometidos es incompatible con mi idea de la libertad y de la responsabilidad intelectual. No se me puede pedir que baile con los cortesanos.
¿Ha alcanzado la paz con el director de la RAE?
Bueno, sigo opinando lo mismo. Yo me limité a opinar y defender una obviedad. Después de declarar mi admiración por Víctor García de la Concha, Fernando Lázaro Carreter o Darío Villanueva, dije que prefería que el director de la Academia de la Lengua fuese un filólogo y no un representante del mundo de los despachos de abogados que se dedican a los negocios. Y lo sigo pensando por respeto a la Academia. Y me traicionaría a mí y a mi dedicación a la filología y la literatura si no dijese lo que pienso. La templanza no es incompatible con la libertad. Después de que el director actual de la RAE promoviera su indignación entre la derecha y la extrema derecha, con sus perritos falderos, no he querido armar bronca, no he citado a los muchos escritores y académicos que me han llamado para darme la razón.
La inteligencia artificial ya escribe poemas, traduce, resume novelas e incluso imita estilos literarios.
Como me gusta la literatura, si alguna vez la inteligencia artificial hace buena literatura yo estaré encantado. Pero todavía no he leído un buen poema escrito por las máquinas, quizá algún día… Los avances tecnológicos deben ser vigilados por la conciencia humana, porque hay tecno-oligarcas y programadores interesados en regularizar sesgos que tengan que ver con el machismo, el racismo, la ridiculización del pensamiento crítico, el engaño, la descalificación de la diversidad.
¿Cuando vuelve a Granada, regresa a su hogar, tal como canta su buen amigo, Miguel Ríos?
Mis padres murieron y tres mis hijos viven en Madrid. Me gusta vivir junto a mis hijos y mis nietas. Así que vuelvo a Granada, pero la palabra hogar tiene ahora otra dimensión, otros lazos. Por ejemplo, en 2028 cumpliré 70 años, la edad de jubilación forzosa de los catedráticos. Y yo volveré a Granada en el curso 2027/ 2028 para jubilarme como profesor de literatura. Me despediré muy orgulloso de que mi compromiso político me haya invitado a dirigir una institución como el Cervantes y a participar de los proyectos de un Gobierno de izquierdas. Creo en el valor cívico de la palabra política. Pero volveré a Granada para despedirme laboralmente como catedrático de una Universidad de la que soy profesor desde 1981. En mi vida, eso es más lógico que jubilarme de Secretario de Estado. Aunque la izquierda vuelva a ganar las elecciones.
¿Lo cree así?
Es algo que espero por el bien de nuestra comunidad.
Granada es con Oviedo, una de las cuatro finalistas a la Capitalidad Cultural Europea en 2031, está claro cual es su favorita, es usted comisario de la candidatura granadina…
Me alegré mucho de que Granada y Oviedo pasaran el corte. No voy a mentir, asumo que votaría por Granada. Tampoco miento si digo que me alegraré por Oviedo si es elegida, debido a mi amistad con Ángel González, Emilio Alarcos, Josefina Martínez, Gaspar Llamazares, con mis compañeros de Izquierda Unida o con poetas como Miguel Munarriz a Martín López Vega o Rocío Acebal, incluso García Martín. Y que la Virgen de Covadonga me perdone, quiero mucho a Oviedo. Así que seguiré en el conflicto, sentiré que Granada pierda, pero me alegraré mucho si gana Oviedo.
La presentación de la candidatura de Granada en el Instituto Cervantes fue vista con cierto recelo.
La candidatura de Granada fue la única que nos solicitó el auditorio del Instituto Cervantes para hacer la presentación. Tiene buenas condiciones y está muy cerca del Ministerio de Cultura. Hubiéramos aceptado cualquier otra petición, incluida la de Oviedo.
¿Entonces no pesó el hecho de que su hermano, Juan García Montero, sea el impulsor de la candidatura y coordinador general de Cultura y Turismo de Granada?
Por supuesto que no. Ya ve, mi hermano es del PP. También podrían haberme criticado quienes están más cercanos a mi en ideología.
Mantuvo una relación especial con Ángel González. ¿Cuando viene a Oviedo vuelve a verlo a través de sus ojos?
Ángel González fue un maestro en la poesía y un hermano mayor en la vida. Me ayudó a preparar el homenaje que hicimos en Granada a la generación del 50, "Palabras para un tiempo de silencio", en los años 80, y después se convirtió en una presencia familiar cuando se vino a vivir a Granada para dirigir los cursos españoles de su Universidad de Nuevo México. Yo admiraba al poeta que me enseñó a distinguir, a través de la conciencia íntima y la melancolía, el compromiso político de los malos panfletos y las consignas, el poeta que unía la conciencia del dolor a la esperanza. Y después se convirtió en el hermano mayor, en Granada, Madrid, Oviedo, Gijón o Rota, del grupo de amigos que formábamos con Chus Visor, Joaquín Sabina, Benjamín Prado y Almudena. Tuvimos largas conversaciones sobre su infancia, los años de la guerra, su familia, su amistad con Manolo Lombardero y Paco Ignacio Taibo. Yo quise hacer un ensayo biográfico, pero al escribir en el tono de un ensayo académico se me perdía la emoción de los recuerdos vivos de Ángel, su manera de sentir presente el pasado a lo largo de los años. Así que acabé convirtiendo el ensayo en una novela, "Mañana no será lo que Dios quiera". Conté con él una parte significativa de la historia de España y de Asturias, pero puede también expresar en el libro mi admiración por el poeta. Sus lecturas de Antonio Machado o de Gabriel Celaya, sus libros de poemas, su ética, son partes decisivas en mi formación. Los amigos todavía brindamos en su recuerdo cuando nos reunimos, está con nosotros, cantamos sus canciones asturianas, "Río verde, río verde..."
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