Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

El análisis oviedista de la futbolista Laura Díaz: Un año en el reloj de arena

El oviedismo tiene derecho a recordar el 21 de junio de 2025 como uno de los días más felices de su vida reciente, pero también tiene la obligación de mirar al futuro con los ojos abiertos, sin anestesia, entendiendo que la emoción no basta para sostener un proyecto

Fiesta celebración del ascenso del Real Oviedo a Primera División

Fiesta celebración del ascenso del Real Oviedo a Primera División / Miki López / LNE

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Laura Díaz González

Laura Díaz González

La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó la pasada temporada a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo compitiendo con los mejores del fútbol español.

¿Sabes dónde estabas hace un año? Un año. Cuántas cosas pueden pasar en un año. Cuántas vidas caben en doce meses, cuántas certezas se rompen, cuántas alegrías cambian de forma, cuántos abrazos se convierten en memoria antes de que uno aprenda siquiera a soltarlos. Hace poco más de un año, el 21 de junio de 2025, el oviedismo tocaba el cielo con las manos. Un año después el club prepara otra vez una temporada en Segunda División. La misma fecha en el calendario, dos mundos distintos. El mismo escudo, dos estados de ánimo.

El fútbol, a veces, se parece a un reloj de arena. Todo lo que un día sube, todo lo que parece quedar suspendido arriba, empieza tarde o temprano a caer. Grano a grano. Punto a punto. Jornada a jornada. La felicidad también tiene su gravedad. Aquella noche del ascenso fue la parte alta del reloj: luminosa, llena, casi imposible. La arena azul se acumulaba arriba como si el tiempo se hubiera detenido para compensar tantos años de espera. Nadie quería mirar hacia abajo. Nadie pensaba aún en la caída. Nadie podía imaginar que, justo un año después, habría que volver a darle la vuelta al reloj y empezar de nuevo.

Porque el 21 de junio de 2025 no fue un día cualquiera. Fue una fecha de esas que dejan marca en la memoria colectiva, una contraseña sentimental que cada aficionado guarda a su manera. Unos lo vimos en la grada, otros en un bar, otros en casa, otros lejos de Asturias, pegados a una pantalla y a una fe que llevaba demasiado tiempo resistiendo. Hubo lágrimas que no eran solo por un partido. Eran lágrimas por los años perdidos, por los que nunca dejaron de ir, por los que enseñaron a sus hijos a ser del Oviedo cuando serlo era, muchas veces, un acto de terquedad. Lágrimas por los que estaban y por los que faltaban.

Aquel ascenso fue felicidad en estado puro, pero también fue algo más profundo: fue reparación. Durante años, el oviedismo había caminado con una sed antigua, acostumbrado a ver el oasis siempre un poco más lejos. Y de pronto, allí estaba. La Primera División volvía a aparecer en el horizonte, no como un recuerdo contado por otros, sino como una realidad presente, tangible, celebrada.

Pero la parte baja del reloj también existe. Y esta temporada, grano a grano, fue llenándose demasiado pronto. Faltó regularidad. Faltó contundencia. Faltó gol en días en los que una ocasión podía valer media permanencia. Faltó oficio para cerrar partidos, calma para sobrevivir a los malos tramos y acierto para corregir a tiempo lo que la clasificación iba señalando cada semana con menos piedad. En Primera, los detalles no son detalles: son fronteras. Un despeje tarde, una ocasión fallada, diez minutos de desconexión, una mala racha que se alarga. Todo pesa. Todo cuenta. Todo cae.

El descenso no borra el ascenso, pero lo obliga a madurar. Esa es quizá la gran dualidad de este aniversario. El oviedismo tiene derecho a recordar el 21 de junio de 2025 como uno de los días más felices de su vida reciente. Y también tiene la obligación de mirar al futuro con los ojos abiertos, sin anestesia, entendiendo que la emoción no basta para sostener un proyecto. La alegría fue verdadera. La caída también. Una cosa no cancela la otra. Las dos forman parte de la misma historia.

Así es el fútbol: capaz de sentar a la felicidad y a la tristeza en la misma mesa, con apenas doce meses de diferencia. Un año antes, la ciudad celebraba una puerta abierta. Un año después, revisa planos para volver a levantarla. Un año antes, el futuro parecía una avenida ancha. Un año después, vuelve a parecer una cuesta. Pero quizá ahí esté la verdad más incómoda y más hermosa de este club: que nunca ha sabido vivir sin empezar otra vez.

El reloj de arena se ha dado la vuelta. Otra vez. Y el oviedismo, que conoce demasiado bien el sonido de cada grano al caer, vuelve a mirar hacia arriba. No con la inocencia de hace un año, sino con una fe más áspera, más adulta, más consciente. Porque el ascenso fue felicidad. El descenso fue herida. Y entre una cosa y otra queda una verdad que nadie podrá borrar: durante un día, el 21 de junio de 2025, la arena dejó de caer. Y toda una ciudad creyó, con razón, que el tiempo también podía vestirse de azul.

Tracking Pixel Contents