Las crónicas del mundialista volador: El sueño del "Y si sí" logró unir a todo México
Durante este Mundial, México consiguió algo que va mucho más allá del fútbol: consiguió unir a un país entero, durante unos días desaparecieron las diferencias, quedaron a un lado los problemas cotidianos y más de 130 millones de mexicanos compartieron una misma ilusión

El paseo de Reforma, en Ciudad de México, con el Ángel de la Independencia en primer término, atestado de seguidores de la selección mexicana.
Diego Álvarez Bada trabaja como sobrecargo de aviación en la línea bandera de México. Es fundador y presidente de la peña "La villa de Quini", la primera y la única peña sportinguista oficial en México y fuera de España. Hasta diez veces al año vuela a España para ver los partidos del Sporting.
Van pasando las semanas y el Mundial va entrando en esa fase en la que cada partido pesa más. En México ya solo quedaba un encuentro por disputarse y, conforme desaparecen los aficionados de otras selecciones, el ambiente ha dejado de ser el de un país anfitrión para convertirse en el de un país completamente entregado a su selección.
Todo comenzó el martes con una noche inolvidable. México derrotó 2-0 a Ecuador, completó una fase de grupos y dieciseisavos perfecta con pleno de victorias, ocho goles a favor y ninguno en contra, y llegó a los octavos de final con una ilusión que hacía mucho tiempo no se respiraba. El primer tiempo ante Ecuador fue probablemente el mejor de la selección en muchos años y confirmó que el equipo había dejado atrás las dudas con las que aterrizó en el Mundial.
La Ciudad de México y el país entero eran una auténtica fiesta. La fe y la confianza en el Tri estaban por las nubes. A partir de ese momento comenzó una semana que México difícilmente olvidará. La expectación fue aumentando día tras día y México entero vivía pendiente de una sola cosa: que llegara el domingo, que llegara la hora del partido. Durante la semana parecía que el país se había detenido. Una frase se apoderó por todos lados: “¿Y si sí?”. ¿Y si esta vez sí era posible? ¿Y si por fin se rompía una barrera que llevaba cuarenta años persiguiendo al fútbol mexicano? La espera se hizo eterna, pero también alimentó una confianza pocas veces vista alrededor de la selección.

El paseo de Reforma, en Ciudad de México, lleno durante las celebraciones del mundial. / .
El rival era Inglaterra. El famoso quinto partido —que ahora, con el nuevo formato, se ha convertido en el sexto— volvía a cruzarse en el camino de México, cuarenta años después de la última vez que logró alcanzar unos cuartos de final. Salvando las distancias, recordaba aquella barrera psicológica que durante tantos años persiguió a España con los cuartos de final.
La ciudad llevaba días preparándose para una cita histórica. Era imposible caminar por Paseo de la Reforma, el Centro Histórico o cualquier plaza importante sin encontrarse una auténtica marea verde. Millones de personas salieron a las calles. Los fanfests se llenaron desde horas antes del encuentro y las pantallas gigantes instaladas en calles y plazas congregaron a millones de aficionados. Y, por unas semanas, el fútbol consiguió que México olvidara todos los problemas que atraviesa como país.
Más de un millón
1.350.000 personas Todos vestidos con la camiseta de la selección en Paseo de la reforma informa el gobierno de la ciudad. Ni siquiera la tormenta que obligó a retrasar el inicio del partido durante una hora frenó el entusiasmo. La gente esperó bajo la lluvia con impermeables o completamente empapada. Nadie quería perderse el que muchos consideraban el partido más importante en la historia reciente del fútbol mexicano.
La locura también llegó a la reventa. Conseguir una entrada era prácticamente imposible. Los boletos superaban con facilidad los 3.500 euros y algunos palcos para cinco personas llegaron a ofrecerse por cifras cercanas a los 150.000 euros. Aun así, quienes no pudieron entrar hicieron suyo el partido desde las calles.
Y cuando por fin llegó la hora de la verdad, México respondió.
Salió mejor que Inglaterra, la encerró durante muchos minutos y generó varias ocasiones claras. Sin embargo, cuando mejor jugaba, aparecieron tres minutos fatales. Jude Bellingham abrió el marcador y, casi sin tiempo para reaccionar, llegó el segundo tanto inglés. Un golpe durísimo para un equipo que estaba siendo superior.
México reaccionó de inmediato. El 2-1 antes del descanso devolvió la esperanza a un Estadio Azteca convertido en un auténtico volcán en erupción. La sensación era que la altura, el apoyo de la afición y el desgaste físico terminarían pasando factura a los ingleses.
Pero el fútbol no siempre entiende de lógica.
Inglaterra incluso jugó casi todo el segundo tiempo con un hombre menos y encontró un penalti que Harry Kane transformó en el 3-1. Minutos después, el VAR señaló otra pena máxima a favor de México y el 3-2 devolvió la emoción cuando todavía quedaban más de veinte minutos y el añadido por delante. Todo hacía pensar que el empate estaba cerca.
No llegó.
El esfuerzo terminó pasando factura también a México. Inglaterra resistió, defendió con oficio y el sueño volvió a escaparse.
El estadio azteca y todo México lloraron. Pero lo hicieron con la cabeza alta.
Durante este Mundial México consiguió algo que va mucho más allá del fútbol. Logró unir a un país entero. Durante unos días desaparecieron las diferencias, quedaron a un lado los problemas cotidianos y más de 130 millones de mexicanos compartieron una misma ilusión. Probablemente pasarán muchas décadas antes de que este país vuelva a vivir un Mundial en casa.
Merlín, el pato más famoso
Y, como solo podía ocurrir en México, la fiesta también tuvo ese punto de surrealismo que hace único a este país. Desde el partido inaugural comenzó a hacerse famoso Merlín, un pato doméstico que sus dueños paseaban por Paseo de la Reforma, el Zócalo, caminando libremente entre miles de aficionados con su camiseta de la selección y unos diminutos tenis para proteger sus patas del pavimento y en pocos días se convirtió en una de las grandes atracciones del Mundial, apareciendo en noticieros, programas de televisión y miles de publicaciones en redes sociales. Tampoco faltó el ingenio mexicano: hubo aficionados que se colocaban conos de tráfico a modo de armadura y simulaban divertidas batallas en plena calle, mientras otros se subían a semáforos, paradas de autobús o cualquier estructura desde la que pudieran celebrar los goles, llegando incluso a lanzarse sobre la multitud, que los recibía entre aplausos y los atrapaba antes de tocar el suelo. Porque si algo demostró este Mundial es que, cuando México se ilusiona con su selección, la imaginación y la forma de celebrar tampoco conocen límites.
Mientras tanto, España también ha ido creciendo en silencio. Superó con autoridad a Austria por 3-0 en Los Ángeles, demostrando una imagen muy distinta a la de sus primeros partidos, pese a las bajas y a que varios futbolistas no llegaron en su mejor momento físico al mundial. Este partido me tocó verlo o, más bien, escucharlo por la radio, porque la cobertura de internet no era la mejor, como tantas otras veces me ha tocado seguir al Sporting, a 40.000 pies de altura, cruzando el Atlántico en un vuelo precisamente desde Madrid a Guadalajara. Y luego superó el primer gran examen: venció a Portugal y a Cristiano Ronaldo, el mismo rival que hace un año dejó a España sin la Nations League desde el punto de penalti.
Ojalá el Mundial siga teniendo acento español.
Porque hoy México se despide entre lágrimas, pero con el orgullo intacto. Y quienes hemos tenido la fortuna de vivir este ambiente desde dentro sabemos que el verdadero triunfo fue contemplar cómo un país entero se abrazó alrededor de un balón. Ahora volverá la rutina y cada uno regresará a sus problemas. Pero nadie podrá quitarle a México las semanas en las que fue el corazón del fútbol mundial.
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